Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

7

Sep

La camiseta duele.

La primera vez que entré a un estadio de fútbol tenía 15 años, fui con mi noviecito de turno porque le gustaba el fútbol y porque era mejor plan que ir a un centro comercial. Fuimos a ver al Caracas FC con la barra de Propatria. Yo estudiaba allá, así que fue chévere hacer algo diferente. Recuerdo la emoción, fue lindo ver al Caracas y ahí me enamoré.

El siguiente partido al que fui, fue a un juego de Venezuela. Ahora no recuerdo si era amistoso o de eliminatoria, creo que era amistoso. Me enamoré de la pasión de los jugadores, pero me decepcioné al ver los pocos que éramos. El olímpico no se llenaba. Pocos creíamos en la selección.

Mi primera camiseta me la regaló mi mamá en navidad porque yo iba a los juegos, ella no entendía por qué, pero yo iba. Fue un lindo regalo. Mi noviecito y yo éramos felices porque nos íbamos al juego y era un momento diferente. Luego llegó el mundial Corea-Japón, en las eliminatorias nadie nos daba ni medio, pero no importaba porque ahí estábamos los cuatro gatos que comenzábamos a desarrollar amor por la camiseta. Ese año aprendí más de fútbol y claro, disfrutaba de una ventaja: era la única mujer que coleccionaba el Paninni y siempre tuve preferencia a la hora de cambiar barajitas. Recuerdo que imaginábamos el día que nos tocara coleccionar el álbum con la vinotinto.

Pasó el tiempo, entré a la universidad, el país empeoró y dejé de ir al estadio, seguía poco a la vinotinto y me dolía, pero igual mi papá me mantenía informada. Cuando podía me escapaba a ver un partido, lo hice un par de veces mientras estudiaba. Para las eliminatorias de Sudáfrica ya estaba segura que teníamos una mejor selección, sufrí, pero no perdí la fe. Seguía más o menos el fútbol local, porque… La selección se arma con el fútbol local. Sabía que estábamos creciendo.

Cuando no fuimos a Sudáfrica lo entendí, para ese momento ya Andrés y yo éramos mejores amigos y con él podía hablar de la frustración de seguir a la vinotinto y que pocos le presten atención, que nadie viera las Copa América, el fútbol local, la Libertadores. No los juzgo. Pero era lindo ver cómo el fútbol iba tomando importancia.

En la Copa América de 2011, esa en la que nos fue muy bien, la selección comenzó a ganar fans. Una vez lo hablé con Froy: no importa que apoyen solo un día, pero que apoyen con el corazón. Odio el término pastelero, además nunca lo he comprendido. En fin, desde 2011 la selección comenzó a ser tomada más en cuenta por todos.

Par las eliminatorias del mundial ya tenía amigos en varios países de la región, entonces podíamos fastidiarnos a la hora de ver los partidos, hacer pronósticos y ligar que eliminaran al otro. Todo iba bien hasta el partido contra Uruguay. Ese día sufrí, me frustré, me dolió. No porque nos hicieran un gol temprano, para nada, sino porque sentí que toda esa gente que apoyaba de la noche a la mañana a la selección dejaba de hacerlo por un gol en los primeros minutos. Sí los juzgo.

La camisa duele, se suda, se llora y se celebra. El fútbol es pasión, es sentimiento. La copa del mundo, más que un simple torneo de fútbol, es: La copa que une al mundo. Por un mes olvidamos las diferencias y nos sentamos alrededor de uno o varios partidos, el mundo completo se llena de alegría. Los goles de la selección no son solo una pelota dentro de un arco, son la magia que hace posible que un país tan herido sonría en medio de la división, que grite de felicidad y no de odio, que se sienta unido en un solo sentimiento.

Si ustedes van a apoyar a la selección, sepan que el apoyo está en las buenas y sobre todo en las malas. Farías ya pasó su momento, Arango ya se tiene que retirar, pero pasó lo mismo con Richard Páez, con Angelucci, con el Turbo y con otro montón de personajes que tal vez no conozcan. De la derrota de hoy llévense de lección que la camiseta duele.