Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

8

Mar

Me gusto siendo mujer.

“Me gusta ser mujer y odio a las histéricas”

Así comienza Leila Guerriero una de sus crónica en la que narra la forma en que su papá le explicó “de dónde vienen los bebés”.

A mí también me gusta ser mujer.

También odio a las histéricas.

 

Me gusta saber que tenemos historia, más que histeria.

Que este día se celebra en medio de la discriminación positiva que se necesita para que ser reconocidas, ante sociedades en las que los hombres marcan el tono de la ley.

 

Me gusta ser mujer.

Pienso en el resto del mundo, y sufro.

Veo que en China detienen activistas que pelean por más derechos.

A ellas también les gusta ser mujer.

En Rusia no tienen capacidad de decidir demasiado,

y en Medio Oriente sigue siendo, apenas, un objeto para la reproducción.

 

Ellas son mujeres y les gusta serlo.

Me gusta ser mujer.

Pelear por lo justo, con la pasión de una fémina.

Tener el mismo puesto que

puede tener un hombre

porque importa mi eficiencia,

más que mi “sexo”.

 

Me gusta ser mujer porque se hace.

Se nace.

Se construye.

Se destruye.

Porque Simone.

Y Hannah.

Y Krizteva.

Y la Calcaño.

Me gusta ser mujer porque

me planto ante lo que siento.

Y no mido palabra.

Y sano heridas.

Me gusta ser mujer porque sentir es vivir.

Me duele ser mujer por el abuso.

El reproche.

El celo.

La mano que golpea.

El ojo que responde.

La costilla que se rompe.

La niña abusada.

El maltrato y el deseo frustrado.

Me duele ser mujer.

Porque hoy.

Todavía

No todas

Tienen derechos.

Me gusto siendo mujer.

 

26

Feb

Dime si tú también te rompes

Ven a decirme que te duele esto tanto como a mí, que el país no te deja dormir, que de verdad estás ahí porque crees que puedes hacer las cosas bien.

Dime si en el estómago tienes esa misma sensación de vacío que tengo, desde que leí que un joven policía de apenas 23 años mató a otro de 14. Dime si te da la cabeza para entender que eres un asesino de estudiantes.

Dime si esta noche tendrás pesadillas. Si las ganas de llorar son cada vez más incontrolables. Si te duele saber que las balas que hoy serán disparadas conseguirán un cuerpo que detenga el viaje. Ven a decirme que te también te cansaste, que no puedes dar la talla.

Ven a decirme si te ofenden estas palabras, si vas a venir a visitarme en forma de robocop peligroso, si me llevarás a un cuartico a preguntarme “¿Qué pensabas al publicar aquel texto desestabilizador?”

Dime, grítame en la cara que esta vaina te duele tanto como a mí. Que de verdad te importamos, que en algún momento crees que cederás y dejarás que quienes saben, tomen las riendas del país.

Por último, dime cómo te miras al espejo sabiendo que eres una mentira, un error. Porque para matar hace falta más que halar el gatillo.

24

Feb

Todos los muertos duelen por igual

No sé cómo murieron esos cinco, ni los otros quince cuerpos sin vida que entraron a la morgue. No sé si estos eran estudiantes, tampoco lo sé de aquellos. No sé si habían sido detenidos o si solo tienen una voz que hace ruido en Twitter. No sé, pero sé que ya no quiero separarlos.

Sé que no habrá una investigación seria, pero debo pedirla. Sé que no habrá responsables, pero debo buscarlos. Sé que seguirá pasando y no por un tema político, o tal vez sí; sé que pasa, por los 25.000 cuerpos que ya no caminan por el país. Por las armas y balas baratas.

Porque la impunidad reina aquí.

No sé si los sinombres no indignen, no sé si crean que un muerto más tumbará a este gobierno. A ellos, los indolentes, los 50.000 de los últimos dos años no les importan, no hacen la diferencia en votos, no son cercanos, no duelen.

Todos los muertos duelen por igual, porque mueren en manos de la misma puta: La violencia.

 

 

12

Feb

Jóvenes

Una vez fui de un Movimiento Estudiantil. Fuimos un grupo de jóvenes en 2005 íbamos a la calle a exigirle al gobierno que trabajara por y para todos los venezolanos, mientras que la oposición partidista tenía debates histéricos y estériles. Ese grupo de jóvenes del que fui parte es el mismo que salió cuando asesinaron hace casi 10 años a los hermanos Faddoul. También somos los mismos que llamamos a votar en las presidenciales de 2006, a pesar de que el candidato no nos convencía, pero entendíamos que debíamos ejercer un rol importante.

Esos mismos, con otros miles más, no pensamos dos veces a la hora de salir en 2007 a defender la libertad de expresión y los puestos de trabajos de cientos de venezolanos.

Este Movimiento Estudiantil tenía principios que no se negociaban. En la misma mesa nos sentábamos los que no éramos de partidos con los que sí, los de las públicas con los de las privadas, con los que no tenían un montón de votos que los respaldaban pero que quisieron trabajar de buena onda porque entendían la importancia de todo. Nos sentábamos, incluso, con los chavistas y disidentes. Esa generación creía en la calle con contenido y en la importancia de estar unidos. Era crítica ante los errores y tenía criterio suficiente como para tomar decisiones que marcaran una diferencia de “lo que había”.

Obviamente que esos jóvenes y estudiantes con los que yo gritaba consignas tenían problemas y diferencias de opiniones. Pasábamos horas discutiendo una ruta, el contenido de un discurso, temas de seguridad y la siguiente actividad. Todos tuvimos que ceder en algún momento, todos los reconocíamos como parte de un todo. Teníamos el mismo objetivo. Sabíamos que representábamos los intereses de unos estudiantes que habían votado por nosotros.

En ese 2007 dimos la primera gran muestra de que unidos, organizados, con criterio y opiniones firmes, esto tenía solución. La coherencia era fundamental, lo sigue siendo.  Nosotros decidimos hacerlo bien y lo hicimos.

Este texto no es para mí, es para esta generación, para estos jóvenes que hoy tienen una responsabilidad mucho más grande que la nuestra, nosotros lo tuvimos más o menos fácil: teníamos medios, apoyo, éramos “lo nuevo”, no nos mataron a nadie en ninguna protesta. En los momentos más difíciles es donde nuestros valores se ponen realmente a prueba, yo quiero confiar en el criterio de esta generación, pero deben demostrarnos que sí serán firmes.

Sean firmes en sus convicciones y creencias, no dejen que sus pasiones dominen sus razones. La pasión siempre, siempre pasa. Actúen como los que son: los dueños del futuro.

Hace un año perdimos a jóvenes increíbles y después de eso perdimos a muchos más. A diario nos mata la violencia del país. Sí hay solución a esta crisis, pero debemos ser nosotros los primeros en enseñar con el ejemplo y mostrar la otra Venezuela, esa que no podemos dejar de imaginar.

Y como siempre dice Rafa Bello: No seamos oposición, seamos proposición.

15

Jan

Todos víctimas. Todos cómplices.

Una cadena de farmacias es atacada sin control, a través de una red social, por la sencilla razón de buscar una manera efectiva de garantizar los productos a sus clientes. Cientos de personas afirman que nunca más comprarán en ese lugar porque se arrodillaron al “régimen”. Un supermercado grande es víctima de ataques cuando uno de sus empleados no supo manejar una situación con un fotógrafo que quiso hacer fotos, pero que nunca pidió autorización (al final del día, es un lugar privado con un servicio público, pero privado al fin). Miles de personas atacan al gobernador de un estado porque pronuncia la frase “hablar con nuestros hermanos chavistas que fueron defraudados”. Otras tantas atacan a un diputado que despide a un compañero de “trabajo” después de una muerte muy violenta. Otros miles atacan a la esposa de un preso político por no tener la capacidad de dar en el clavo con el “discurso”, aunque si consiguiera ese martillo… También sería atacada. Todos víctimas. Todos cómplices.

La historia no comenzó hace quince años, tampoco hace dos. Comenzó hace mucho, cuando todos decidieron que estaban por encima de todos por ser venezolanos y tener petróleo. Un día, en medio del “’tá barato, dame dos” nos acostamos a dormir con una borrachera y aún no superamos la resaca. Juzgar sin pruebas, tomar la batuta de la moralidad absurda, la superioridad por encima de todo. Los puristas que jamás han dicho una mala palabra. Todos víctimas. Todos cómplices.

Sin darnos cuenta, caímos todos en el juego… Hasta “ellos”, los que gobiernan, mejor: los que lo intentan. Un sistema macabro de odios sin sentido, de comentarios a la ligera. Todos usamos la palabra “fascistas” como si fuese “casa”, todos decidimos odiar a alguien, sin conocerlo. Todos estamos siendo víctimas. Y también cómplices.

La señora que hace cola para la leche, es criticada y enviada al paredón. Pasa lo mismo con el que no hace cola, con el que protesta y con el que no, con el que se queda y con el que se va. Nadie se pone en los pies de nadie, y peor aún: Pocos le reclaman de forma acertada al verdadero responsable. La prepotencia de una frase como “el lado correcto de la historia” o la barbaridad de creerle a un “profeta” y seguirlo, o poner salsa para “protestar”, son parte de ese macabro sistema donde todos somos víctimas, y también todos somos cómplices.

¿Dónde quedaron las ganas de hacer una política diferente? ¿A dónde se fue eso de “incluir al otro”?  Todos creen tener la razón, todos quieren imponer su posición. Olvidamos el diálogo, peor aún: Lo condenamos. No olvidamos lo que debemos, perdonamos lo que no.

Mientras todos somos víctimas y todos somos cómplices, unos pocos se ríen y se divierten… O tal vez se angustian porque tampoco saben dónde está el foco, la solución. Porque hasta el queso pa’ la tostada, escasea.

En Venezuela, todos somos víctima, pero también todos somos cómplices.

6

Jan

Frágiles

La vida dura un ratico, como dice la canción. Dejar de estar es cuestión de segundos. El corazón se detiene, el cerebro falla, los pulmones dejan de trabajar. Frágiles.

Somos frágiles ante la vida, ante la gente, ante lo que se debe hacer, ante lo que se quiere hacer. Nos rompemos fácilmente. Olvidamos rápido que la vida se acaba pronto, que una sonrisa dura más, y que estar bien es mejor que estar con drama. Nos desviamos del camino, perdemos el foco. Nos rompemos.

Emilio vivía en Uruguay, en la capital del paisito junto a otros venezolanos: Mariangel, Daniel, Greily y Ángelo. A Mariángel la conocí cuando fui con Tefa (uruguaya) y Caro (venezolana) a comer en “Hoy te quiero”. Le reconocí el gentilicio en el tumbao, el color y el acento. A Emilio y a todos los demás, los conocí un día que agarré un taxi y me fui a su casa. Ese día reímos tanto que terminamos pensando en que un stand-up sería buena idea.

Ellos eran como un mito, eran el cuento de “los venezolanos locos que viven todos juntos”, esa fue la primera referencia que tuve de ellos y me la dio Martina, otra venezolana.

En su casa, un espacio chiquito como dentro de una pensión hay mucho color, comida sabrosa, ritmo a Venezuela y calor de trópico aun en invierno. Ellos fueron, para mí, una Bendición.

Con Emilio me reí mucho, un día hicimos una “apuesta” a ver si nos adivinábamos la edad. Otro día nos dimos cuenta de que él (y ellos) trabajaban en el mismo lugar en el que yo pasaba mis vacaciones, en el Lagunamar.

Emilio se enfermó. La última publicación en su Facebook se refería al talento que se va de Venezuela. Emilio amaba la Patria. Soñaba con regresar.

Los pulmones de Emilio colapsaron. Colapsaron mucho y él entró en terapia intensiva. Desde la distancia hicimos todo lo que pudimos. La embajada ayudó. Su mamá también llegó. Pero Emilio no aguantó. Somos frágiles. Nos rompemos.

Emilio bailó todos los días de su vida, se rió a carcajadas de todas las cosas buenas y también las malas. Emilio se durmió con máquinas conectadas a su cuerpo y ya no despertó.

Somos frágiles. Nos rompemos.

Nos rompemos. Somos frágiles.

14

Dec

Y que por favor no olviden a Venezuela

Hace poco más de un mes hice una de las compras más impulsivas y hermosas que he hecho en 2014. Desde diciembre del 2011 había querido escuchar la magia de Rock & MAU. No sé por qué nunca había ido, entre una cosa y otra lo había dejado pasar. Pero como el universo conspira a favor de las cosas lindas, haber ido anoche fue hermoso. Por el lugar, por la fecha, por la situación, por la compañía.

Este año murió Simón Díaz, me fui por seis meses y descubrí que aún no podía vivir afuera porque aún hay mucho para hacer en casa, lloré por nombres en listas eternas de estudiantes detenidos y torturados, conocí gente increíble, respeté más aún el trabajo de los fotoperiodistas, hice cosas de las que estoy orgullosa, otras que no tanto. Este año fue particularmente duro para quienes, como yo, hemos decidido seguir buscando los pedacitos de rayos de sol. No es fácil, obviamente, hay días en los que quiero llorar y quedarme en mi cuarto, pero son muy, muy pocos. La mayoría de los días algo me motiva a seguir: Una persona, un gesto, un cuento, un amigo que quiero que vuelva.

Cuestión que regresar a Venezuela fue fácil, mantenerme probablemente no lo sea tanto. Entonces, busco pedacitos de alegría para recordar por qué soy feliz con el gentilicio. Y eso fue el Rock & MAU en el Aula Magna de la UCV. Fue reconciliarme con lo sabroso del país, fue bailar con canciones que ya conocía, pero con ritmos venezolanos, con gente dándolo todo en un escenario. Gente que siente a este país tanto como yo, como ustedes. Como todos.

Entonces, en este poquitico de letras que decidí escribir, solo quiero pedirle algo a todos los que se van, y miren que sé lo difícil que puede ser esto: Váyanse, fórmense, todo bien, pero no dejen de creer en los venezolanos. No en las montañas, ni en los mares, no. En los venezolanos. En esa gente que sigue aquí echándole pichón para que lo bueno haga más ruido que lo malo, para que recordemos que todos los países tienen cosas buenas y malas, pero que no hay un lugar como casa. Y que sí, que tenemos un mal gobierno, que no nos hace sentir nada orgulloso, pero recuerden que negar el gentilicio es negar que ustedes también son parte de ese talento que anda por ahí recordándole a la gente que tan malos no somos.

La patria no es el espacio físico, es la gente que llena esos espacios. Así que estemos donde estamos, no dejemos de creer en Venezuela, por favor. No somos el mejor país del mundo, pero creo que podemos acercarnos a serlo si miramos más la parte positiva y conseguimos las oportunidades en medio del desastre. Sé que se puede, sino: https://www.youtube.com/watch?v=WRose-VgSNM

Ah, y que por favor no olviden a Venezuela.

13

Dec

El Caribe en forma de metro

En la ciudad donde nadie confía en nadie, donde las sonrisas son escasas, donde ir con buen ánimo es un peligro para el status quo, los viernes de diciembre -por la noche- pueden llegar a ser una experiencia extrema o muy tranquila. En todo caso, siempre dan algo para contar. Un grupo de amigos y yo decidimos que era un buen día para buscar chistorras y ron, así que nos fuimos hasta Chacao; el centro de las tascas del este de la ciudad y lo que nos quedaba más cerca del trabajo. Luego de intentos fallidos en las tascas conocidas, nos fuimos a la tercera opción.

tambores en el metroTerminamos sentados en La Tasca de Amelino donde están los mejores champiñones al ajillo que me he comido (así como La Barrita tiene las mejores chistorras y La Tasca del Abuelo los mejores tequeños, y La Fallet los mesoneros más panas). Obviamente, pedimos chistorras que también estaban buenísimas. Lo curioso es que en el país donde se produce uno de los mejores rones del mundo, las opciones en la tasca se limitaban a una marca.

La tasca, como buen viernes por la noche, estaba llena con gente de una oficina que decidió que ese era el mejor lugar para ir a celebrar el intercambio de regalos y la fiesta de navidad. Antes, probablemente hubiesen tenido una fiesta de verdad, pero si algo hemos tenido que aprender en Venezuela, es que recordar el pasado solo puede ponernos tristes, así que siempre es mejor quedarnos detenidos en el presente. Muy new age el asunto. Entre gritos de “beso, beso” y palabras como “me tocó regalarle alguien que no conozco tanto, pero admiro”, ellos se dieron regalos, comieron, bebieron. A las 8:30 pm comenzaron a despedirse. La inseguridad, el cansancio o capaz la necesidad de silencio les hizo decir: Hasta luego.

Nosotros partimos a las 9:15 pm más o menos. Yo caminé hasta el metro con pasito apurado, pero no tanto. Los viernes por la noche hay gente en la calle, están los que ya van a sus casas y están los que llegan a penas a rumbear. El metro tiene bastante gente, la suficiente como para no conseguir un puesto fácilmente. Mirar alrededor siempre es un ejercicio útil para descubrir lo diversos que somos. La señora muy maquillada y arreglada que mira a todos por encima del hombre, por creerse superior  pero que realmente está llena de miedos. El chamo lleno de aros y zarcillos que abraza a su novia y se nota que ella lo derrite. La muchacha que metió la pata y tiene cara de bebé con uno en brazos. El señor que va molesto a su casa porque debe volver y dejar a la de turno, para encontrarse con una esposa mal humorada por falta de amor. La chama que trabajó todo el día en la tienda y solo sueña con su cama. Y de fondo, cuatro chamos con tambores.

Sonó el cumpleaños feliz en tambores. Miré nuevamente alrededor. La señora se quejaba, el muchacho le subía volumen a su música. La joven bailaba con el niño en brazos, el señor seguía mirando el celular y la chama quería dormir y no podía. Los chamos de los tambores siguieron tocando, una y otra vez, uno y otro ritmo. A mí los pies se me movían, porque me gustan los tambores, porque despiertan mi ritmo caribeño, porque me recuerdan a los momentos felices en la playa, a las bodas donde la que apenas se sabe menear saca a la que baila porque el novio se metió, y así.

El espectáculo se iba a acabar en Capitolio, pero se dieron cuenta que la gente les daba plata. Ellos no estaban tocando por la plata, sino porque les provocó, porque aquí se puede tocar tambores en el metro sin que nadie te diga que le estás interrumpiendo la paz mental. Hasta piden canciones, porque así es el Caribe.

Yo me paré, los vi, les di los únicos 10 bs que me quedaban en la cartera, les tomé un par de fotos, grabé un video, perdí el miedo por unos minutos. Todos regalamos sonrisas. Un pedacito de realidad de locos que se encuentra en Caracas un viernes por la noche. Porque desde que volví decidí que eso de “al mal tiempo, buena cara” tiene que ser la filosofía de vida, que en medio del desastre hay que buscar la florecita y el rayito de sol y que cuando eso no esté cerca, hay que mirar al lado y ver que hay gente como uno, luchando y sonriendo.

1

Nov

¿A dónde fueron las palabras?

“¿A dónde se me habrán ido las palabras?” Me pregunté cuando por décima octava vez me paré frente a la hoja blanca de mentirita, esa que te pinta la pantalla de la computadora y que te invita a plasmar en ella pensamientos, sentimientos, frustraciones, todo. Escribir ha sido, desde que recuerdo, mi mecanismo de enfrentarme al mundo, de ordenarlo, de saber cómo está compuesto.

Así que, en medio de mi desesperación por sacar algo de mi organismo, me fui a la hoja de papel; porque esa siempre me inspira más. Porque el trazo cuidadoso de cada palabra sobre la piel del cuaderno con la fina punta del lápiz, le da un toque de realidad mágica a aquello que se traduce. Tampoco lo logré, no tenía palabras. O mejor dicho, sí tenía pero temía sacarlas de mi organismo.

Y es que un día me pasó eso, dejé de escribir. Dejé de traducir en palabras la indignación diaria de la realidad del país, dejé de poner en papel la mezcla de sentimientos raros que tengo desde antes de volver, paré de contar historias que tuviesen valor para mí o para alguien más. Dejé la poesía de media noche, esa trasnochada que se escribe entre sorbos restantes de una botella que era para dos. Mis palabras se fueron de vacaciones y aún no consiguen el camino de vuelta, el retorno seguro a mi cabeza o a mis manos.

Mi incapacidad de escribir se transforma en una angustia insoportable al descubrirme en medio de una nada sin sentido. Miedo, puede ser. Rabia, también. Pero sea lo que sea, hizo que mis palabras por ahora no volvieran.

¿A dónde fueron las palabras? Si alguien la ve por ahí, díganles que las estoy esperando porque aún queda mucho por escribir.

15

Oct

Quiero ser doctora, pero me da pena

«Quiero ser doctora, pero me da pena», esas fueron las palabras de una niña de 11 años en el metro cuando le pregunté “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Una pregunta cliché que me genera muchísima curiosidad en una Venezuela donde lo bueno es malo y lo malo es bueno.

Eran las 6:30 am y el metro dirección Propatria tenía bastante gente, buen movimiento. En Colegio de Ingenieros entró una señora mayor con tres niños medio dormidos en la mano. Yo también estaba medio dormida así que le dije al más pequeño, 6 añitos, dormido, malhumorado, que se sentara en mis piernas. No quiso. Cuando el tren frenó, los agarré para que no se cayeran, ahí me desperté.

“¿Dónde te bajas tú?” Preguntó la niña; “Plaza Sucre”, respondí. “Yo me bajó en Pérez Bonalde”. Y por ahí comenzó la conversación que nos llevaría la pregunta con la que comencé el texto. Son 4 hermanos. Los dos más pequeños quieren ser policías. El niño quiere ser “de los verdes”, la niña “de la PN”. La hermana mayor también quiere ir a la universidad, como ella, la pequeña doctora.

Cuando le pregunté qué quería estudiar y me contestó con “me da pena decirlo”, pensé por un momento que me diría un disparate relacionado a la realidad país, pero no. Al escuchar la profesión que quiere, le hablé de Ricardo y Ana, de Memé. Le dije que mis amigos eran unos genios que salvaban vidas, y que debía sentirse muy orgullosa. Que tenía que estudiar mucha química y biología.

Me habló de cómo ayudó a la doctora “amiga de ella” cuando su abuela se enfermó. Cómo le preguntaba absolutamente por todo, ¿y ahora qué hago? ¿Cómo se toman las muestras? ¿Qué pasa con esto? Así me la imagino, preguntona.

Sus hermanos se burlan de ella cuando dice que quiere ser médico. Por eso le da pena decirlo. Pareciera que la norma ahora es estar del lado de los “malos”, como en las películas. Ella, con una sonrisota que me enamoró me dijo: yo quiero ser civil y salvar gente. Le contesté que lo haría, que sería una doctora increíble y que seguramente nos volveríamos a cruzar.

No le pregunté su nombre. No pregunté mucho más porque llegué a mi estación. Pero pasé todo el día con la niña en la cabeza, ¿En qué momento ser médico se volvió vergonzoso y ser GNB se volvió motivo de orgullo? No lo sé, pero ahí está otro pequeño motivo para sonreír y seguir trabajando.

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