Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

4

Sep

Caracas, mi musa.

Sonrío mientras te miro, te huelo, te siento, te rozo. Estás casi igual que hace seis meses, pero con un caos distinto y los pelos más alborotados que nunca. Te movieron.

Estás hermosa, más que nunca, como siempre. Mi caos, mi Caracas… Mi eterna ella.

Te extrañé como quién extraña al amor de su vida. Como quién siente que la vida se le va en cada respiro. Te buscaba con desespero en esos momentos en los que una risa tonta hubiese sido la salvación. No te encontré. Estabas lejos, a miles de kilómetros de distancia.

Estábamos separadas y los abrazos invisibles eran un sueño casi imposible, el olor del café, la mira da de El Ávila. Tu infinito cielo azul.

El desorden que inspira creación. La desidia que indigna y promueve un cambio. El tiempo detenido y al mismo tiempo acelerado.

Las sonrisas tontas de quienes, en silencio, miran algo que ha llamado la atención. La vida que se va en cada paso lleno de miedos, la noche oscura y sola de tus calles sucias. Es ese “algo” que tienes que embruja. Un canto de sirenas al que acudimos a sabiendas de lo que nos puede ocurrir. Eres tú y nadie más, Caracas de mis amores.

Mi relación tóxica. Mi motivo de risas a gritos y llantos desconsolados. Mi dolor y mi alegría, mi Caracas compartida.

Te extrañé, Caracas.