Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

13

Dec

El Caribe en forma de metro

En la ciudad donde nadie confía en nadie, donde las sonrisas son escasas, donde ir con buen ánimo es un peligro para el status quo, los viernes de diciembre -por la noche- pueden llegar a ser una experiencia extrema o muy tranquila. En todo caso, siempre dan algo para contar. Un grupo de amigos y yo decidimos que era un buen día para buscar chistorras y ron, así que nos fuimos hasta Chacao; el centro de las tascas del este de la ciudad y lo que nos quedaba más cerca del trabajo. Luego de intentos fallidos en las tascas conocidas, nos fuimos a la tercera opción.

tambores en el metroTerminamos sentados en La Tasca de Amelino donde están los mejores champiñones al ajillo que me he comido (así como La Barrita tiene las mejores chistorras y La Tasca del Abuelo los mejores tequeños, y La Fallet los mesoneros más panas). Obviamente, pedimos chistorras que también estaban buenísimas. Lo curioso es que en el país donde se produce uno de los mejores rones del mundo, las opciones en la tasca se limitaban a una marca.

La tasca, como buen viernes por la noche, estaba llena con gente de una oficina que decidió que ese era el mejor lugar para ir a celebrar el intercambio de regalos y la fiesta de navidad. Antes, probablemente hubiesen tenido una fiesta de verdad, pero si algo hemos tenido que aprender en Venezuela, es que recordar el pasado solo puede ponernos tristes, así que siempre es mejor quedarnos detenidos en el presente. Muy new age el asunto. Entre gritos de “beso, beso” y palabras como “me tocó regalarle alguien que no conozco tanto, pero admiro”, ellos se dieron regalos, comieron, bebieron. A las 8:30 pm comenzaron a despedirse. La inseguridad, el cansancio o capaz la necesidad de silencio les hizo decir: Hasta luego.

Nosotros partimos a las 9:15 pm más o menos. Yo caminé hasta el metro con pasito apurado, pero no tanto. Los viernes por la noche hay gente en la calle, están los que ya van a sus casas y están los que llegan a penas a rumbear. El metro tiene bastante gente, la suficiente como para no conseguir un puesto fácilmente. Mirar alrededor siempre es un ejercicio útil para descubrir lo diversos que somos. La señora muy maquillada y arreglada que mira a todos por encima del hombre, por creerse superior  pero que realmente está llena de miedos. El chamo lleno de aros y zarcillos que abraza a su novia y se nota que ella lo derrite. La muchacha que metió la pata y tiene cara de bebé con uno en brazos. El señor que va molesto a su casa porque debe volver y dejar a la de turno, para encontrarse con una esposa mal humorada por falta de amor. La chama que trabajó todo el día en la tienda y solo sueña con su cama. Y de fondo, cuatro chamos con tambores.

Sonó el cumpleaños feliz en tambores. Miré nuevamente alrededor. La señora se quejaba, el muchacho le subía volumen a su música. La joven bailaba con el niño en brazos, el señor seguía mirando el celular y la chama quería dormir y no podía. Los chamos de los tambores siguieron tocando, una y otra vez, uno y otro ritmo. A mí los pies se me movían, porque me gustan los tambores, porque despiertan mi ritmo caribeño, porque me recuerdan a los momentos felices en la playa, a las bodas donde la que apenas se sabe menear saca a la que baila porque el novio se metió, y así.

El espectáculo se iba a acabar en Capitolio, pero se dieron cuenta que la gente les daba plata. Ellos no estaban tocando por la plata, sino porque les provocó, porque aquí se puede tocar tambores en el metro sin que nadie te diga que le estás interrumpiendo la paz mental. Hasta piden canciones, porque así es el Caribe.

Yo me paré, los vi, les di los únicos 10 bs que me quedaban en la cartera, les tomé un par de fotos, grabé un video, perdí el miedo por unos minutos. Todos regalamos sonrisas. Un pedacito de realidad de locos que se encuentra en Caracas un viernes por la noche. Porque desde que volví decidí que eso de “al mal tiempo, buena cara” tiene que ser la filosofía de vida, que en medio del desastre hay que buscar la florecita y el rayito de sol y que cuando eso no esté cerca, hay que mirar al lado y ver que hay gente como uno, luchando y sonriendo.