Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

17

Mar

La mañana en que hubo una pelea en el metro

Suele suceder que, por las mañanas, las personas se montan en el metro aún de mal humor por tener que madrugar, con hambre porque desayunar es imposible (porque seguro hay retraso y no se puede llegar tarde) y algunos hasta con lagañas en los ojos. Debe ser lo “normal” en una ciudad en la que se madruga para llegar tarde; porque eso es lo que pasa en Caracas, madrugamos para evitar llegar tarde y aún así llegamos tarde.

Aquella mañana no fue diferente. Todos vamos tarde, acá siempre vamos tarde. Se va tarde en una ciudad cuando se pueden calcular los tiempos en el transporte público. Decidimos, sin consultarnos, que tomaríamos el tren en sentido contrario. Estamos en la tercera estación y es mucho más sencillo y tienes un “puesto garantizado”. Eso decían. Yo solo no quería esperar 4 trenes para poder montarme en uno apretada. Cuestiones prácticas.

No es igual para todos, sería absurdo pensar que todos tenemos sentido común; aunque el mundo sería un lugar mejor. Aquella mañana hubo peleas en el metro.

Dos señoras querían aquel puesto deseado, parece que ese es el nuevo trofeo de quienes viajan en el metro y viven en una ciudad donde tener algo está prohibido. El trofeo, como llamo a los puestos desde hoy, fue tomado por aquella que tenía una niña de 8 años agarrada de la mano. Claro, la lanzó en el asiento/trofeo como si fuese una bolsa que te ayuda a garantizar el preciado premio. Era lógico, no lo comparto, pero es lógico. La otra, la perdedora, se sintió fracasada un jueves a la 6:53 de la mañana y lanzó un comentario al aire. La ganadora contestó. Las miradas en el vagón no se hicieron esperar. Despertaron al de los audífonos y camisa amarilla que venía sentado al lado del señor con gorra del 4F. Eso es normal por estos días, dormirse con audífonos y usar gorras del 4F. En esta pelea no hubo ganador.

Una señora de aproximadamente 87 años entró molesta al vagón al notar que todos los puestos azules (los trofeos de los viejitos) estaban tomados. Se molestó más cuando notó que todos los viejitos sentados ahí tenían menos edad que ella; aunque eso realmente no se sabe porque una cosa es la edad de la cédula y otra la del rostro. Muchas veces la del rostro suele ser la verdadera y la de la cédula se convierte en un formalismo. Los formalismos ya pasaron de moda, pero vale la pena desempolvar ese vocabulario. Aquella señora de aproximadamente 87 años de edad (en el rostro) se tuvo que bajar para esperar el próximo tren. Espero que haga agarrado el correcto, el que le llevaba a su destino y no el otro que se la llevaba de este mundo.

En la noche un señor armó un escándalo tras abrir una solera verde en el tren, ¡Qué absurdo! Había ley seca, ¿De dónde la sacó? La pelea fue sencilla, todos protestaron alegando que las cervezas eran de todos y que este señor debía compartirla. Una joven abstemia se levantó para decir que ella le cedía su sorbo a un muchacho de camisa negra que tenía sentado al lado porque le parecía guapo (seguramente estaba esperando intercambiar números). El señor borrachito que se había montado a pedir dinero, alegó que él tenía que recibir más porque era una “criaturita del señor”, en este momento una señora muy católica y de esas que no ha vivido como se “debe” le dijo al señor de la cerveza que era un desestabilizador del demonio y que dejara de andar promoviendo el alcohol. Justo en ese momento llegamos a la estación Mundo Lejano y la cerveza desapareció. Todos lloraron.

Aquella mañana hubo una pelea en el metro, pero terminó siendo de noche y nunca salí de él. Supongo que eso suele pasar cuando se vive en una ciudad que no te permite circular con tranquilidad.