Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

24

Mar

Estar molesto

Cuando estás molesto todo suena más fuerte. No importan con cuanto cuidado cierres la puerta, siempre parecerá que la tiraste como forma de desahogo. La cartera cuyo broche no suena, hará todo lo posible por hacer un estruendo. El chicle se percibe desde la entrada del apartamento porque ese silencio de la molestia, de la rabia, potencia hasta el paso de las hormigas.

Pero también pasa que, cuando se está molesto, puede haber un gran silencio en la ciudad. Ninguna de las personas implicadas en la molestia habla y es como si aquel espacio urbano entendiera que es mejor no decir nada, no respirar fuerte, no pensar siquiera.

Además, el simple hecho estar molesto hace que, de a ratos, no te provoque ni hablar; o hablar demasiado. Siempre dependerá, como todo, desde el lado del río que veas la piedra.

Estar molesto siempre nubla la vista, debe ser parte de ese silencio auto-impuesto. Ese que genera que la cabeza se llene de pensamientos que no puedes sacar porque algo –que no sabes qué coño es- te impide sacarlos.

Cuando yo estoy molesta intento no hacer ruido y grito. Intento que nada suene, pero es imposible. Intento no golpearme con nada, pero la malcriadez del cuerpo puede más que la supuesta serenidad de la mente.

En fin, estar molesto está bien, hacer silencio también.

18

Apr

A ti, Gabo.

Gabriel Garcia MarquezNo recuerdo exactamente el día que agarré un libro tuyo, pero recuerdo exactamente cómo me sentí. Las palabras, la forma, el fondo. Todo movía, todo atrapaba. Una a una pasaba las páginas sin poder despegarme. Supe desde el primer momento que sería una relación larga. No había leído tu obra maestra porque con “cien años de soledad” me pasó algo horrible, ¡me hicieron pensar que comía gente! Típica cosa de las maestras que solo enseñan en ciencias.

Tiempo después, con Ricardo, entendí que tenía que leerlo y lo hice. No morí, reviví. Entendí Macondo, entendí las mariposas, entendí a los Buendía. Sentí el dolor de Amaranta, sentí el dolor de no-compromiso, del amor obligado, la esperanza de un pueblo apartado. Sentí, porque lo que recuerdo de tus libros es sentir, llorar, reír, angustiarme. El pobre Coronel, el viejo y la Puta, la muerte anunciada.

Fabiana me calma diciéndome, desde hace días, que tú ya no produces, que mientras tenga tus libros siempre estarás vivo. Fabi es más racional que yo en estas cosas, sé que ella tiene razón, pero como le dije anoche: quiero vivir este duelo.

Coño, Gabo, te fuiste al cielo o tal vez al infierno, en todo caso sé que te estás divirtiendo.

7

Sep

La camiseta duele.

La primera vez que entré a un estadio de fútbol tenía 15 años, fui con mi noviecito de turno porque le gustaba el fútbol y porque era mejor plan que ir a un centro comercial. Fuimos a ver al Caracas FC con la barra de Propatria. Yo estudiaba allá, así que fue chévere hacer algo diferente. Recuerdo la emoción, fue lindo ver al Caracas y ahí me enamoré.

El siguiente partido al que fui, fue a un juego de Venezuela. Ahora no recuerdo si era amistoso o de eliminatoria, creo que era amistoso. Me enamoré de la pasión de los jugadores, pero me decepcioné al ver los pocos que éramos. El olímpico no se llenaba. Pocos creíamos en la selección.

Mi primera camiseta me la regaló mi mamá en navidad porque yo iba a los juegos, ella no entendía por qué, pero yo iba. Fue un lindo regalo. Mi noviecito y yo éramos felices porque nos íbamos al juego y era un momento diferente. Luego llegó el mundial Corea-Japón, en las eliminatorias nadie nos daba ni medio, pero no importaba porque ahí estábamos los cuatro gatos que comenzábamos a desarrollar amor por la camiseta. Ese año aprendí más de fútbol y claro, disfrutaba de una ventaja: era la única mujer que coleccionaba el Paninni y siempre tuve preferencia a la hora de cambiar barajitas. Recuerdo que imaginábamos el día que nos tocara coleccionar el álbum con la vinotinto.

Pasó el tiempo, entré a la universidad, el país empeoró y dejé de ir al estadio, seguía poco a la vinotinto y me dolía, pero igual mi papá me mantenía informada. Cuando podía me escapaba a ver un partido, lo hice un par de veces mientras estudiaba. Para las eliminatorias de Sudáfrica ya estaba segura que teníamos una mejor selección, sufrí, pero no perdí la fe. Seguía más o menos el fútbol local, porque… La selección se arma con el fútbol local. Sabía que estábamos creciendo.

Cuando no fuimos a Sudáfrica lo entendí, para ese momento ya Andrés y yo éramos mejores amigos y con él podía hablar de la frustración de seguir a la vinotinto y que pocos le presten atención, que nadie viera las Copa América, el fútbol local, la Libertadores. No los juzgo. Pero era lindo ver cómo el fútbol iba tomando importancia.

En la Copa América de 2011, esa en la que nos fue muy bien, la selección comenzó a ganar fans. Una vez lo hablé con Froy: no importa que apoyen solo un día, pero que apoyen con el corazón. Odio el término pastelero, además nunca lo he comprendido. En fin, desde 2011 la selección comenzó a ser tomada más en cuenta por todos.

Par las eliminatorias del mundial ya tenía amigos en varios países de la región, entonces podíamos fastidiarnos a la hora de ver los partidos, hacer pronósticos y ligar que eliminaran al otro. Todo iba bien hasta el partido contra Uruguay. Ese día sufrí, me frustré, me dolió. No porque nos hicieran un gol temprano, para nada, sino porque sentí que toda esa gente que apoyaba de la noche a la mañana a la selección dejaba de hacerlo por un gol en los primeros minutos. Sí los juzgo.

La camisa duele, se suda, se llora y se celebra. El fútbol es pasión, es sentimiento. La copa del mundo, más que un simple torneo de fútbol, es: La copa que une al mundo. Por un mes olvidamos las diferencias y nos sentamos alrededor de uno o varios partidos, el mundo completo se llena de alegría. Los goles de la selección no son solo una pelota dentro de un arco, son la magia que hace posible que un país tan herido sonría en medio de la división, que grite de felicidad y no de odio, que se sienta unido en un solo sentimiento.

Si ustedes van a apoyar a la selección, sepan que el apoyo está en las buenas y sobre todo en las malas. Farías ya pasó su momento, Arango ya se tiene que retirar, pero pasó lo mismo con Richard Páez, con Angelucci, con el Turbo y con otro montón de personajes que tal vez no conozcan. De la derrota de hoy llévense de lección que la camiseta duele.

1

Sep

Hace rato que no paso por aquí

Hace rato que no paso por aquí, no sé si se deba a la falta de tiempo o de inspiración, al miedo de postear lo que no se debe o de escribir para romperme el corazón. Me gusta romperme el corazón porque me recuerda que estoy viva. Me gusta recordar que estoy viva porque de a ratos se muere cuando se recuerda que la expectativa de vida es de 87 años. Hace rato que no paso por aquí y todavía no sé la razón.

Cada día escribo más, escribo para tres páginas y escribo un proyecto que  no he concluido. Pensando en proyectos sin terminar, recordé que aún tengo una deuda por pagar. Soy un desastre de mujer, pero soy mi desastre de mujer. No consigo conseguir la manera correcta de vestir, pero no importa porque comencé a fingir que no me importa lo que piensen de mi.

Me río cada vez menos, no por falta de chiste, sino por exceso de hormonas. Pasa que de a ratos paso menos por estos lados. No sé qué quiero conseguir, pero sé que no está por aquí.

Hace rato que no paso por aquí y hace textos que te tengo escrito en mi cuaderno. Podrías ser el niño del crimen pasional que dejó huellas de Malta en el techo del salón de Primer Grado del Colegio El Cristo, ese mismo crimen que le confesé a Victoria una madrugada de un viernes cualquiera.

No quiero saber de ustedes, solo quiero saber de mi. Es válido saber solo de uno cuando se anda buscando sentido, cuando se están trazando objetivos. Como no puedo poner pausa al destino y como no puedo condicionar la inspiración, yo soy de las que decido dejar de verlos y esperar en mi lugar. Si no he querido verlos, es porque no quiero hablar de las mismas cosas pendientes que sé debo terminar.

Hace rato que no paso por aquí y hace besos que me acuerdo de ti.

16

Sep

Encuentros pospuestos

«En dos, mi vida se picó en dos –sí, así como ocurre en la historia de la sociedad, en el mundo- Una vida picada en un antes y un después, ridículamente contada como si fuese una cursilería generada por un guionista de Hollywood en sus películas para chicas»

Así comenzaba la conversación que tendrían Estela y Matías en el café de Marcela, lugar en el que solían encontrarse secretamente para recordar el pasado. Aquella tarde había sido diferente. Habían tenido una discusión antes de verse.

«No, no podemos volver al pasado» decía ella, «es un pasado convertido en constante presente. Tu para mi sigues siendo un antes y un después, una necesidad inconclusa, una historia a medio escribir» contestaba él mientras encendía un cigarrillo.

E: Esto M, es así porque tú lo quisiste, no tengo por qué explicártelo. Tu tomaste la decisión por los dos ¡Maldita sea la hora en que decidí mudarme a esta ciudad!

M: Nosotros teníamos que encontrarnos otra vez, nos debíamos una historia, un nosotros, una conversación.

E:  Una que no llegará. Hoy estamos aquí, tu y yo, sentados con “nosotros”. Mañana tú estarás con otra y yo igual, con otro. No nos interesa sentarnos a entablar  una relación, no ahora. Tenemos un ego lo suficientemente complejo como para luchar con otro.

M: Siempre tienes diálogos de película.

E: Es mi trabajo M, siempre te dije que la facultad de los que escribimos era adelantarnos a los eventos.

Estela se puso de pie, canceló la cuenta y volteó simplemente para decir «M, esta va por mi»

7

Aug

Una no-intensidad

Era mucho más sencillo que se encontraran en un café o se tomaran unas cervezas, pero parecía que aquella tarea no podría ser cumplida. Las ocupaciones de ambos los llevaban a alejarse cada vez más. Un día se cruzaron y ella, sin pensarlo, soltó todo lo que tenía en la garganta sin importarle si su reacción -la de él- sería buena o mala.

Obviamente estoy molesta contigo. No, la molestia no es porque esto terminó o nunca empezó, la molestia es porque contigo no tuve intensidad posible que me permitiera desahogar eso que no-fue, en las no-letras que nunca escribí. Cuando pensaba que todo pasaba, llegaste tú con tus besos en lugares inapropiados, con las ganas de romper las reglas impuestas por otros, con tu sonrisa de cómplice entre cervezas y con una amistad de esas que “no quiero dañar”. Llegaste con tus ganas de días completos sin conexión, de karmas que no se ejecutan y de cielos místicos dibujados por mi. Mi molestia es que te fuiste del lugar en el que nunca estuviste, sin pensarlo, sin explicaciones, sin un último beso… Y como dicen por ahí “sin un último polvo”. Que la necesidad de ti se hizo grande cuando descubrí que esos labios no volvería a estar sobre los míos, cuando dejamos de estar y de no-estar.

Claro, ¿Cómo no voy a estar molesta si un día estás bien y otro desapareces? ¿Si un día me pides besos y luego ni contestas mis mensajes? ¿Cómo no quieres que me moleste y que sienta inmensas ganas de golpearte… Y luego de besarte? Claro, para mi es sencillo porque siempre hubo reglas claras, el juego nunca se salió de mis manos o de las tuyas, o no lo sé. Pero mi molestia es ¿Cómo te gusto locamente un día y cómo puedes ignorarlo todo al día siguiente? No es un tema intenso sentimental, por ti no lloré, no bebí, no fumé. No sé si quiero un “nosotros”, pero quiero un cuento, unas risas, un lo-que-sea, quiero un por qué… O al menos un café.

Él, la miró sin nada que decir, no era posible articular palabras después de aquello. Lo único posible revivir una de las primeras escenas de toda aquella no-relación que habían establecido en donde ambos sabían que habían cruzado las líneas de lo que no se supone. Miró al cielo y notó que comenzaría a llover en cualquier momento, observó su reloj -se le hacía tarde para una cita-, la pegó contra la pared y la besó. Justo en ese instante comenzó a llover como nunca en aquel lugar.

Luego de unos minutos ambos hicieron silencio, se vieron a los ojos y entendieron que todo aquello no sería posible, pero que tampoco lo sería alejarse del todo de aquella no-relación que habían mantenido secretamente en sus mentes desde hace ya varios años. Hubo una despedida silenciosa y no dolorosa.

El cielo aclaró cuando comenzaron a caminar, cada uno en dirección opuesta tal como ocurría en sus vidas.

7

Aug

¿Qué es Lo Nuestro? – La tregua, Mario Benedetti

“Pero, en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa ni -menos que menos- un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad. Lo peor (¿o lo mejor?) es que ella se encuentra muy cómoda en esta indefinición. Me habla con toda confianza, con todo humor, creo que hasta con cariño.”La tregua, Mario Benedetti

2

Jul

Una no-carta

debilidades y vicios A ti no tengo por qué escribirte una carta de amor porque estoy no es una lovestory. No debo, ni remotamente, pensar que te puedo extrañar, que contigo puedo hablar o que de ti me puedo enamorar. Muchísimo menos puedo sentir que te enamoraste de mi. Eso no pasa. Eres mi no-historia, mi no-cuento, mi no-realidad y por eso no te escribo una carta, te escribo una no-carta. No eres mi no constante. En mi vida no eres más que una no-situación, un nodebiópasarjamás o tal vez un esperoquevuelvaapasar.

A ti no tengo porque decirte que te quiero y mucho menos que te sueño. Eres mi no.

Entenderlo es sencillo. Somos el no-ser del que los filósofos del pasado tanto hablar, esa no-realidad que hacer ahora no había comprendido. Eres mi no-identidad, mi no-intensidad, mi mensaje cambiante y mis no-ganas de pensarte. Eres mi no-post, ese que quise pero nunca llegó. Eres, por primera vez, mi no-escrito. Mi no-texto. Eres esa no-piel que muero por volver a todas y esos no-labios que espero me vuelvan a besar.

Eres eso que, con la práctica de los años, he aprendido a manejar- Tu el amigo, tu el confidente, tu el que nomevaapararjamás. Yo la amiga, la que escucha, la que ojalámepareunratomás. Eres mi no-estar, mi no-querer llamar.

Eres el mensaje que borre, el pensamiento que suprimo. Eres mi no-historia de no-acabar y por esto hoy no te escribo estas palabras que seguro no leerás.

(Y los dos sabremos, cuando el día termine, que esto es para ti, mi carta no cursi e intensa…)

16

Jun

Paciencia: la que se sienta

Soy de las personas que nació apurada. Apurada por llegar tarde, aunque a veces por llegar temprano. Las personas apuradas pocas, poquitísimas veces, tenemos paciencia. Por lo general, cuando la tenemos no lo descubrimos sino hasta que la impaciencia nos daña el asunto.

Creo que por esa falta de paciencia he dañado muchas cosas, estoy segura. No quiero hacer reflexiones pavosas al mejor estilo de la autoayuda del siglo 21, simplemente quiero pensar que, así como dicen por ahí, la paciencia también se puede ejercitar.

A ver, tampoco soy muy ducha con aquello de los ejercicios, no están en mi lista de debilidades y mucho menos de vicios. Pero he decido entrar en ese extraño mundo de la “paciencia”.

Narrar, siempre he querido narra, pero me falta paciencia para el tiempo y me sobra necedad para llenarme de cosas que me desvían del camino. Leer, uno o dos libros por mes, pero siempre habrá una mosca que me haga distraerme y bloquear mi mente. Graduarme, profesionalizarme.

La paciencia consigue una silla cómoda que le permite pasar los largos ratos de espera que ameritan los mejores acontecimientos de la vida. Esperamos pacientemente por ese beso que creemos que nunca llegará solo para descubrir que la espera ha sido dulce. Con paciencia, la que se sienta, esperamos el día del acto de grado después de haber pasado por una y otra evaluación más. Con paciencia, la que se sienta y toma café, esperamos incansables -o cansados- la construcción de ese futuro que no es más que un eterno presente disfrazado de pasado instantáneo.

En fin, la paciencia hoy me dijo que la esperara con calma. Calma me contó que ella lee y se mete en cuentos irrerales para que la realidad no la agote.

Así que sigo, en el laberinto con el conejo blanco y el gato Risón con un café en la mano y esperando que descubras que seguiré aquí aunque de a ratos encuentre otra distracción.

 

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