Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

8

May

Al Rojo

Dame tu tacho de basura

para meter la camiseta

del rojo,

y no verla hasta agosto.

 

Para meter ahí

la cara de tristeza,

la humillación,

y las putas camisas rosadas

de Saragó

¿Alguien le dijo que así nos llaman los gochos?

 

Dame tu tacho de basura

porque en el mío no cabe

la prepotencia de la barra.

Los fachos que te insultan,

si no cantas.

Los que te golpean,

por su frustración,

de no poder patear el balón.

 

Dame tu tacho de basura

para quemar,

en él

el boceto del tatuaje

con las doce estrellas,

el papel con las canciones

que no me sé,

las ganas de pegarle a un gocho.

 

Dame tu tacho de basura

para meter el gol que peló DiGiorgi

La falta falsa

que cobró el aurinegro,

La tarjeta roja

que no sacó el árbitro,

Y al milico que con rabia

que vigila mis movimientos.

 

También quiero meter ahí

el trapo de

“no al derecho de admisión”

y que todos puedan ir a alentar a su equipo

sin violencia, solo con gritos.

 

Dame, mejor, tu tacho de basura

para esconderme hasta que comience

el torneo de apertura.

13

Dec

El Caribe en forma de metro

En la ciudad donde nadie confía en nadie, donde las sonrisas son escasas, donde ir con buen ánimo es un peligro para el status quo, los viernes de diciembre -por la noche- pueden llegar a ser una experiencia extrema o muy tranquila. En todo caso, siempre dan algo para contar. Un grupo de amigos y yo decidimos que era un buen día para buscar chistorras y ron, así que nos fuimos hasta Chacao; el centro de las tascas del este de la ciudad y lo que nos quedaba más cerca del trabajo. Luego de intentos fallidos en las tascas conocidas, nos fuimos a la tercera opción.

tambores en el metroTerminamos sentados en La Tasca de Amelino donde están los mejores champiñones al ajillo que me he comido (así como La Barrita tiene las mejores chistorras y La Tasca del Abuelo los mejores tequeños, y La Fallet los mesoneros más panas). Obviamente, pedimos chistorras que también estaban buenísimas. Lo curioso es que en el país donde se produce uno de los mejores rones del mundo, las opciones en la tasca se limitaban a una marca.

La tasca, como buen viernes por la noche, estaba llena con gente de una oficina que decidió que ese era el mejor lugar para ir a celebrar el intercambio de regalos y la fiesta de navidad. Antes, probablemente hubiesen tenido una fiesta de verdad, pero si algo hemos tenido que aprender en Venezuela, es que recordar el pasado solo puede ponernos tristes, así que siempre es mejor quedarnos detenidos en el presente. Muy new age el asunto. Entre gritos de “beso, beso” y palabras como “me tocó regalarle alguien que no conozco tanto, pero admiro”, ellos se dieron regalos, comieron, bebieron. A las 8:30 pm comenzaron a despedirse. La inseguridad, el cansancio o capaz la necesidad de silencio les hizo decir: Hasta luego.

Nosotros partimos a las 9:15 pm más o menos. Yo caminé hasta el metro con pasito apurado, pero no tanto. Los viernes por la noche hay gente en la calle, están los que ya van a sus casas y están los que llegan a penas a rumbear. El metro tiene bastante gente, la suficiente como para no conseguir un puesto fácilmente. Mirar alrededor siempre es un ejercicio útil para descubrir lo diversos que somos. La señora muy maquillada y arreglada que mira a todos por encima del hombre, por creerse superior  pero que realmente está llena de miedos. El chamo lleno de aros y zarcillos que abraza a su novia y se nota que ella lo derrite. La muchacha que metió la pata y tiene cara de bebé con uno en brazos. El señor que va molesto a su casa porque debe volver y dejar a la de turno, para encontrarse con una esposa mal humorada por falta de amor. La chama que trabajó todo el día en la tienda y solo sueña con su cama. Y de fondo, cuatro chamos con tambores.

Sonó el cumpleaños feliz en tambores. Miré nuevamente alrededor. La señora se quejaba, el muchacho le subía volumen a su música. La joven bailaba con el niño en brazos, el señor seguía mirando el celular y la chama quería dormir y no podía. Los chamos de los tambores siguieron tocando, una y otra vez, uno y otro ritmo. A mí los pies se me movían, porque me gustan los tambores, porque despiertan mi ritmo caribeño, porque me recuerdan a los momentos felices en la playa, a las bodas donde la que apenas se sabe menear saca a la que baila porque el novio se metió, y así.

El espectáculo se iba a acabar en Capitolio, pero se dieron cuenta que la gente les daba plata. Ellos no estaban tocando por la plata, sino porque les provocó, porque aquí se puede tocar tambores en el metro sin que nadie te diga que le estás interrumpiendo la paz mental. Hasta piden canciones, porque así es el Caribe.

Yo me paré, los vi, les di los únicos 10 bs que me quedaban en la cartera, les tomé un par de fotos, grabé un video, perdí el miedo por unos minutos. Todos regalamos sonrisas. Un pedacito de realidad de locos que se encuentra en Caracas un viernes por la noche. Porque desde que volví decidí que eso de “al mal tiempo, buena cara” tiene que ser la filosofía de vida, que en medio del desastre hay que buscar la florecita y el rayito de sol y que cuando eso no esté cerca, hay que mirar al lado y ver que hay gente como uno, luchando y sonriendo.

27

Sep

Los que se quedan

A las 3:47 pm estaba, como siempre, llegando al Olímpico. La señal del celular, como siempre, era mala; así que me tocaba valerme de mi habilidad de ver para conseguir a Luis, Miguel, Jorge o alguno de la barra. Habían pasado muchos meses y la mayoría sabía que me había ido10646936_10154604159700497_3300951965742817702_n y que había regresado. Tenía demasiadas ganas de brincar en las gradas, escuchar las canciones nuevas, ver jugar al Rojo, recordar por qué me enamora.

Fue sabroso llegar a mi “lugar seguro” y reconocer tantos rostros de gente hermosa. Aunque la conversación siempre giraba en torno a los que se van y los que se quedan, los que ya no están porque ahora viven bajo un nuevo código de área, siempre están los que te llena de sonrisas.

«Chama, yo siempre supe que regresarías, eres de las que regresa. Yo, por ejemplo, soy de los que se queda. Puedo salir y chévere, pero esta es mi casa. Sí, estamos mal, pero yo trato de hacer mi parte. Estamos los que nos quedamos porque no nos da la gana regalar el país. Estoy seguro que el malandraje no durará para siempre». A eso respondí con una sonrisa y con un «yo no sé vivir en otra ciudad, capaz me voy el año que viene de nuevo, un tiempo, pero volveré. Alguien tiene que quedarse para recoger y limpiar».

Los últimos meses han sido rudos para todos. Uno de los chamos, por ejemplo, tuvo que dejar de estudiar porque después de “la salida” el trabajo de su papá disminuyó muchísimo y ahora la universidad está carísima. Todos han sido víctimas de la inseguridad, todos sufren porque los precios cada día son más absurdos, pero todos tienen algo en común: son de los que se quedan.

Creo que irse o quedarse es una decisión muy personal, jamás criticaré ni juzgaré a nadie por tomar esa decisión. Creo que uno debe estar donde debe estar y eso no lo decidimos nosotros, sino la circunstancia.

Ese mismo día vi algo hermoso, camisas de los ojos de Chávez y gorras del Comando Venezuela, juntos en la misma barra, unidos por un sentimiento: El Caracas Fútbol Club. Esos chamos conocen solo este sistema en el que hemos estado metidos por 15 años, pero esos chamos también entienden que ya es hora de convivir. Están cansados de las peleas radicales de ambos bandos, porque al final entienden que tienen más cosas en común.

Somos muchos los que regresamos, son más los que se quedan. Yo solo quiero pedirle, a todos –hasta a los que se van- es que no maltraten más al país, al otro. Que tengamos, todos, la suficiente capacidad de ponernos en los zapatos del otro, de sentir por el otro. Nuestro país necesita más empatía, y eso depende solo de nosotros.

El primer paso para creer que Venezuela puede ser mejor, es creerse que es posible. Yo estoy convencida de que es posible.

4

Sep

Caracas, mi musa.

Sonrío mientras te miro, te huelo, te siento, te rozo. Estás casi igual que hace seis meses, pero con un caos distinto y los pelos más alborotados que nunca. Te movieron.

Estás hermosa, más que nunca, como siempre. Mi caos, mi Caracas… Mi eterna ella.

Te extrañé como quién extraña al amor de su vida. Como quién siente que la vida se le va en cada respiro. Te buscaba con desespero en esos momentos en los que una risa tonta hubiese sido la salvación. No te encontré. Estabas lejos, a miles de kilómetros de distancia.

Estábamos separadas y los abrazos invisibles eran un sueño casi imposible, el olor del café, la mira da de El Ávila. Tu infinito cielo azul.

El desorden que inspira creación. La desidia que indigna y promueve un cambio. El tiempo detenido y al mismo tiempo acelerado.

Las sonrisas tontas de quienes, en silencio, miran algo que ha llamado la atención. La vida que se va en cada paso lleno de miedos, la noche oscura y sola de tus calles sucias. Es ese “algo” que tienes que embruja. Un canto de sirenas al que acudimos a sabiendas de lo que nos puede ocurrir. Eres tú y nadie más, Caracas de mis amores.

Mi relación tóxica. Mi motivo de risas a gritos y llantos desconsolados. Mi dolor y mi alegría, mi Caracas compartida.

Te extrañé, Caracas.

18

Aug

Regreso a Caracas

En dos semanas y aproximadamente cinco horas me monto en un avión de vuelta a Caracas. Sí, ya sé que tienen muchas cosas que advertirme, o como me dijo mi amigo Guille “idealizo demasiado a Caracas” y estoy loca por estar feliz de volver. Han sido cinco, casi seis meses, de terremotos emocionales entre el “me quedo” y el bendito “me regreso”, meses de cuestionarme cada decisión, cada paso. De pelear con CADIVI, de contar cada moneda. También de aprender, de conocer gente increíble, de llevarme golpes duros, de levantarme de nuevo y volver a comenzar, porque el juego solo se acaba cuando dejas de respirar. Han sido buenos meses.

En dos semanas piso Caracas de nuevo. Una hermosa ciudad más golpeada, más cara, más violenta, con más odio, pero también con gente haciendo cosas increíbles porque el tablero que les tocó es ese y no lo pueden cambiar por otro, así que decidieron cambiarlo desde adentro. Yo regreso, tal vez por pocos meses, pero regreso a jugar en el tablero de esos que día a día se despiertan pensando cómo cambiar algo para que el país mejore, esos que no temen a los barrios y al trabajo social, esos que sacrifican fines de semana de playa por algo que es más grande que ellos y su deseo de juventud.

Me regreso a Caracas con ganas locas de comer en los chinos, de subir al Ávila, de escuchar a mi gente. De sentir un poco de caos, ese que a veces se nos va de las manos. De sentir el calor del venezolano, el sonido de la música, el color de los paisajes. Me regreso un poco en contra de la voluntad de mi mamá, así como cuando me monté en el avión para Montevideo, lo hice en contra de la mía. Me regreso para luchar, como siempre, aunque sea por pocos meses porque probablemente el universo tenga otro plan para mí. Y sé que es así.

Regreso convencida de que tenemos la mejor gente del mundo, que a pesar de nuestro sentido del humor somos increíblemente humanos, que el “al mal tiempo, buena cara” no es una forma de tapar los problemas, sino una actitud de vida que nos hace ser únicos. Que tenemos el mejor ron y que el potencial de nuestra gente está ahí, sé que pronto todo cambiará y que estaremos mejor. Sé que todos haremos lo posible por tener un país de primera. Sé que lo vamos a lograr.

Así que, en dos semanas y un poco más de cinco horas, me monto en un avioncito y comienza ese sustico de nuevo.

Que te roben todo, pero nunca la esperanza. Si la desesperanza gana, ganan ellos.

23

Jan

Victoria viene a Caracas.

Victoria llega el fin de semana. Hace más de tres años que no pisa Caracas. Hace más de veintisiete que no nos vemos. Victoria y yo solo nos conocemos por fotos y referencias de amigos en común. Nos hicimos amigas porque escribimos, tenemos Twitter, instagram, historias para compartir y nos gusta la tinta. Me emociona que Victoria venga. Yo la veré igual en marzo. Pero Caracas es diferente.

Gabriel y yo pensamos a diario qué plan haremos con Victoria. Yo debo cuadrar algunas cosas de horarios, pero sé que tendré tiempo para Victoria. Ahora, ella está aterrada porque Caracas aterra. Hoy, mientras compraba un yogurt que marcaba 20bs pero que me lo vendieron en 25, pensé en algunas cosas que debía decirle a Victoria.

En Caracas siempre tienes que preguntar el precio de todo. Ya no es como antes que pedías confiado y después pagabas. Además, lo que está regulado, realmente está regulado en grandes cadenas de supermercados. En un almuerzo de dos personas te puedes gastar 1000 bs donde antes te gastabas 500, y ya 500 era caro. En los quiscos, el Toronto, por ejemplo, cuesta o 10 o 15 bs, porque ahora es un lujo comernos nuestro propio chocolate.

A Victoria también tengo que darle todos los números de líneas de taxi que uso, para que no ande agarrando taxis como puede hacer en Buenos Aires, donde vive. Le tengo que decir, por ejemplo, que tiene que preguntar siempre la tarifa porque la mínima está en 100 bs y casi nunca te cobran eso. También tengo que decirle que el metro siempre tendrá retraso, no importa la hora, siempre se retrasará.

Tengo que pedirle que por favor se censure, que no insulte a los motorizados y que no pelee con gente en la calle porque, al parecer, todo el mundo está armado. Gabriel y yo nos defendemos bien en la Caracas que muerde, pero porque nunca hemos estado demasiado tiempo fuera como para olvidar cómo movernos. Tampoco andamos con demasiado miedo en la calle, pero somos precavidos.

Esta noche deberé escribirle un mail a Victoria para decirle algunas cosas de Maiquetía, todavía no sé quién irá a buscarla, ojalá sea Isabella. Pero debo decirle que si es posible, yo le transferiré plata para el taxi, que por favor no cambie dólares en el aeropuerto y hasta que si no tiene quien la busque, yo le mando un taxi de confianza de algún amigo. Yo no puedo el sábado, así que no puedo buscarla.

También tengo que decirle que muchos lugares no abren el lunes por la ley del trabajo, que el café con leche es un tesoro y que hay horarios reducidos para todo. Que el plan de la Caracas de hace unos años, de beber hasta amanecer ebrias en algún lugar ya no es posible, no solo por lo peligroso, sino por lo costoso.

En fin, yo estoy feliz de que venga Victoria. Tengo regalos, abrazos e historias acumuladas para ella. Además, también estará Gabriel. Sé que serán días que recordaremos por siempre. A veces me pongo cursi. La cuestión es que, Victoria llega el fin de semana y tengo que explicarle cómo tratar a esta nueva Caracas.

19

Jan

Odiar a Caracas

El sonido de cornetas, entre los carros, autobuses y motos, forma un soundtrack de cualquier metrópolis, pero las de ella tienen un tono particular.

Algún tajo de desespero mezclado con anarquía.

El azul, que casi nunca falta en su cielo, junto al odioso verde del la montaña, pretenden engañarte cual canto de sirenas.

Ahí está, calmada y violenta, egoísta y amiga. Caracas. Un con leche, un con todo, un sonido, una mirada. En ella te pierdes, y a veces te encuentras. Un día la tienes. Otro la pierdes.

Inmensa sabana llena de concreto, realidades que no se tocan, misterios irresolutos. Caracas, la bella. Caracas, la odiada.

Parece imposible odiarla. Más imposible quererla.

En medio de los disparos, aun cuando el pecho toca el frío suelo, huyendo de una muerte inesperada, ella sonríe, luego te abraza.

En otro lugar de Caracas, dos cuerpos se mueven al ritmo de la salsa, el calor de sus almas, el sudor de la piel.

No basta quererla. No basta dejarla.

Caracas, ella posible en medio del realismo. Mágica en medio de caos.

Todo caos representa una forma extraña de belleza.

Una tarde cualquiera, en la que me despediré de tus caminos, lloraré por alejarme y por los momentos vividos.

14

Jan

Sé libre

Ayer me hice un nuevo tatuaje. Una frase cliché. No me gustan los clichés, pero incluso eso es uno. De hecho, uno de los más grandes. Hace unas semanas pensaba en algunas cosas de mi futuro, y me repetía una y otra vez en mi cabeza “sé libre”. Creo que el concepto de libertad es relativo como todos los conceptos en la vida. Eso creo yo, al final del día todo es una construcción que se hace a través del lenguaje. De a ratos me vuelvo nominalista.

Cuando pensé en tatuarme, lo primero que me vino a la cabeza fue algo que había leído hace tiempo de Foster Wallace por la ironía de querer tatuarme una frase cliché, luego: Qué carajo, quiero la frase porque es lo que quiero en la vida, por lo menos en los próximos años porque planeo vivir hasta los 92 y falta mucho para eso. Foster Wallace decía:

El sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son formas geniales de quitarle la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que hay tras ellas. El problema es que una vez desacreditadas las reglas del arte, y una vez que las realidades desagradables que la ironía diagnostica son reveladas y diagnosticada, ¿qué hacemos entonces? La ironía es útil para desacreditar ilusiones, pero la mayoría de las ilusiones desacreditadas en los Estados Unidos ya se han hecho y rehecho. Una vez que todo el mundo sabe que la igualdad de oportunidades es una bobada, ¿qué hacemos ahora? […] Aparentemente todo lo que queremos hacer es seguir ridiculizando las cosas. La ironía posmoderna y el cinismo se han convertido en un fin en sí mismas, en una medida de la sofisticación en boga y el desparpajo literario. Pocos artistas se atreven a hablar de lo que falla en los modos de dirigirse hacia la redención, porque les parecerán sentimentales e ingenuos a todos esos ironistas hastiados. La ironía ha pasado de liberar a esclavizar. Hay un gran ensayo en algún sitio que contiene una línea acerca de que la ironía es la canción del prisionero que llegó a amar su jaula.

Foster Wallace.

Sé libre, pero libre a tu manera. Sé quien quieras ser y cuando te canses de esa persona, cambia. Sí, todo suena a autoayuda, pero creo que en un mundo donde los medios, las redes sociales, la sociedad, el dinero marcan y definen más la vida que en cualquier otro momento, es necesario recordarlo. Entonces, yo decidí ser libre, libre a mi manera. Libre en una manera que, probablemente, solo yo entienda y que, afortunadamente, no pasaré horas explicándoles.

Hoy, con mi nueva tinta, mi nuevo tatuaje, mi nueva historia, solo sé que quiero ser libre. Mañana veremos.

 

15

Dec

En los barrios, casi siempre, la gente es feliz.

En los barrios la gente es feliz. No importa quién gobierne, tampoco el día del año. No importa si hay malandros o si hay luz. En los barrios la gente es feliz. La rutina es diferente, todos se conocen, la mayoría son familia, hay chismes, hay peleas; pero también hay sonrisas, cuentos, historias, unidad.

Tempranito por la mañana, a eso de las 5am o más temprano, el café se cuela, el agua para bañarse se calienta, se guarda el almuerzo, los muchachos preparan su ropa para ir a trabajar. El “buenos días” se cruza entre vecinos cuyas ventanas se encuentran una frente a la otra. Vecinos que, sin importar su tendencia política, siempre estarán ahí para ayudar porque en los barrios la gente es feliz.

Si es sábado, el barrio se despierta tarde. Aunque tempranito ya hay muchachitos en la calle sin mucho oficio; otros lavan la moto, arreglan la casa porque pronto es navidad. A las 11am ya se comienza a despertar, la gente va a la calle sin ganas de querer pasear, el barrio se despertó, es sábado cerca de navidad y todo es alegría en aquel lugar. Olor a pintura, martillos tumbando paredes, cocinas que rediseñan, olor a guiso, el roncito y la cerveza, el ponche crema.

En Venezuela hubo un tiempo de tensión, donde los vecinos no se hablaban, las familias se peleaban. El éxtasis de la borrachera divisoria pasó, en medio del ratón los amigos vuelven a aparecer. Claro, aún hay vecinos que de ventana a ventana joden con la tendencia política, con las elecciones, con el país, pero ellos se quieren… En los barrios la gente es feliz.

Falta la comida, falta la paz, falta la seguridad, faltan las ganas de progresar; pero sobra la hermandad, la camaradería, la mano extendida. Tal vez en los barrios entiendan algo que nosotros, quienes no vivimos ahí no entendamos, algo sobre la vida; o tal vez simplemente no saben vivir de otra manera, en otro lugar. Por ahora, por lo menos hoy, en el barrio de mis abuelos la gente es feliz.

20

Sep

Hoy agotas mi paciencia, Caracas.

Los viernes generalmente son días felices. Digo, puedes irte a beber hasta tarde, el sábado duermes. Que estés feliz porque llegó el viernes no necesariamente quiere decir que odies tu trabajo. No es mi caso, por ejemplo.

El viernes me desperté un poco tarde, había dormido mal la noche anterior. Corrí a bañarme, pero como siempre, mientras me cepillaba, revisaba la cuenta de Twitter @CaracasMetro para enterar de cómo estaba mi medio de transporte aquella mañana. Mi sorpresa (¿?) fue ver que había retraso desde las 6am, el metro abre a las 5:30am y cierra a las 11pm; anoche había retraso a las 10:30pm y también hubo en la mañana. El retraso era ocasionado porque en mi estación había un tren con fallas. Como me gusta mi trabajo y tengo un buen jefe, le escribí para decir que iría tarde, pero que estaría online desde mi casa. No todos tienen esa facilidad, supongo que más de uno a perdido su trabajo por los retrasos del metro o gasta muchísima plata de su sueldo en taxis y mototaxis. Ayer quise irme en camionetica y me dijeron: No lo hagas porque las de aquí las roban en la esquina.

Me quedé en mi casa. Tengo una compaq que ya está viejita, la quiero cambiar pero yo gano en bolívares (un buen sueldo) y aquí me la venden al paralelo (45bs por dólar), me da rabia tener que pagarla por ese monto, así que busco otras opciones. En mi casa tenemos ABA de CANTV porque es el Internet que llega, a los ciudadanos de “tercera” parece que les toca un Internet más lento que al resto. Ah, perdón, aquí todos somos venezolanos de tercera. Necesito programar unas cosas, contestar un par de mails y leer las noticias, todo es más lento de lo normal, pero respiro y aguanto.

Cuando veo el reloj digo: mejor me voy ya. En ese momento escucho detonaciones. Es la guardia nacional. Los buhoneros han sido el problema mayor de esta zona por años. Jorge Rodríguez los sacó en su primer año de gobierno y ellos aún esperan reubicación, probablemente ahorita les repita la promesa porque en diciembre hay elecciones. Es agosto, comienzan las clases y luego vienen navidad, los buhoneros necesitan tener un espacio para vender porque la vaina está jodida  y sus hijos también necesitan comer. Ese dinero no lo usará para viajes por Europa, a duras penas lo usarán para hacer un mercadito.

Son las 11am mientras escribo esto. Estoy un poco desesperada y solo quiero echarme en mi cama a llorar. Yo no soy así. Yo soy una tipa con guáramo, que aguanta, que se ríe, que busca soluciones. Hace unos días un amigo me dejó de seguir en Twitter porque me quejo demasiado del país. Creo que soy una bomba de tiempo. No sé cómo están ustedes, tal vez sean mejores que yo ocultando la desesperación que regala Venezuela con tu partida de nacimiento, pero yo hoy siento que no puedo más, solo tengo ganas de llorar.

Esta tarde estaré en una entrevista, hablaré de mi proyecto Mujeres del siglo 21. Sé que estaré alegre, sé que me reiré muchísimo y sé que por una hora olvidaré los problemas que vienen con la cédula. Ya no sé si me duele el país porque lo quiero o me duele porque me maltrata. En todo caso, hoy ya no puedo más.

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