Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

6

Mar

Se (les) fue el líder, #MuereChávez

Caracas, 05 de marzo del 2013.

Aquel parecía un día normal. El clima cambió radicalmente respecto a los días anteriores, pero eso es normal en Caracas. Los 05 de marzo siempre me gustan, son días alegres y recibo noticias interesantes.

Las redes sociales estaban más alborotadas que nunca, rumores iban y venían, pero esto también es normal en Caracas. Me escribió una persona importante en mi vida para preguntarme por una reunión del alto mando militar, le dije que se venían anuncios importantes, pero como no tenía señal en el lugar al que iba, que mejor lo viera por internet. No tener señal, también es normal en Caracas.

Llegamos a un restaurante a celebrar el cumple de mi amigo Guille, todo estaba tenso, pero acordamos no hablar del tema porque queríamos celebrar. Vino una primera cadena, a la 1:15 pm en la que Maduro presentó a todo el alto mando militar y todas las “fuerzas especiales” del gobierno. Ya sabíamos que ese día dirían algo. Además, en esa misma cadena nos dijeron que a Chávez le habían inoculado el cáncer, ja, la misma estrategia que le funcionó a Fidel en un país sin tecnología durante años para “justificar” su odio a los estadounidenses. Él sabía que necesitaría a un enemigo externo porque ya la mentira estaba terminando, no podía arriesgarse a que su propia gente fuese en su contra, o eso pienso yo. En fin, acá esas cosas siempre pasan, siempre nos quieren ver la cara de pendejos y a veces lo logran. Eso, otra vez, es lo normal en Caracas.

Llegamos a la oficina y ya sabíamos que se venía un nuevo anuncio. Le escribí a uno de mis amigos periodistas que sabía estaba informado y era bastante prudente, su respuesta: «me dicen que se murió, pero no sé. Mejor vete a tu casa temprano». En ese momento le escribí a mi amiga con la que me vería en la noche para decir que canceláramos la reunión. Le escribí a mi papá que estaba celebrando en La Guaira (porque también era su cumpleaños), para el momento en que intenté escribirles a mi mamá y mi hermano, ya todo estaba colapsado. Salí a mandar un voicenote para explicar la situación, escuché la voz de Maduro, entré.

La imagen que tengo es la de una familia cuando espera una noticia de un médico, todos en mi oficina estaban parados frente al TV escuchando a Maduro, alguno grababa la pantalla, yo me paré frente a mi computadora y comencé a recoger. Maduro, entre lágrimas dijo «Nos anunciaron la terrible noticia de que hoy, a las 4:25 pm, el presidente Chávez ha muerto». Suelo mantener la cordura, pero solo me sirvió para decir «Cancelen todo el contenido de las cuentas». Luego, comencé a temblar, eso no es normal en mí.

Recogí mis cosas, intenté nuevamente hablar con mis papás y mi hermano para decirles que estaba bien y que iba camino a la casa, pero temblaba tanto que solo alcancé a medio recoger algunas cosas y salir corriendo de la oficina. Temblaba como jamás en mi vida había temblado, ni cuando mis abuelos murieron, ni cuando hubo turbulencia en un avión, ni siquiera cuando me robaron con arma de fuego. Perdí la cordura por primera vez. Eso tampoco es normal en mí.

Caminé hacía Chacaíto, la calle estaba increíblemente sola. Las cornetas de los carros acompañaban mis pensamientos de “tengo que definir lo que siento para poder escribir sobre esto”. Los rostros de la gente en los carros era de incertidumbre, alegría, tristeza. Pasé por el banco a sacar plata, había muy poca gente, la alcaldía ya estaba cerrada. Recuerdo que, mientras caminaba, me pasó al lado un señor con audífonos en los oídos y los ojos llenos de lágrimas, creo que jamás olvidaré eso. Pensé que, con la poca pila que me quedaba, tenía que hacer algunas fotos. Caracas estaba hermosa, y eso en ella es normal.

Al llegar a la avenida Francisco de Miranda, caminé un poco más lento, necesitaba calmarme así que comencé a ver alrededor. Todas las conversaciones eran sobre Chávez, había rostros increíblemente tristes, algunas mirandas “contentas”, pero sobretodo mucha incertidumbre. Por primera vez, en Caracas, la gente no tuvo miedo a ser robada y todos tenían el celular en la mano, «tumbaron la señal para no comunicarnos» gritaba una señora de camisa roja, «eso se colapsa como el 31, mija, relájate que ya se murió» le contestaba otra, ¡Qué impresionante era la calle!

No sé cómo se ven las calles los días de semana a las 5:30 porque nunca salgo a esa hora, pero todo estaba colapsado, los cajeros repletos de gente, los rumores de saqueo en media cuidad, la información de los chavistas quemando las carpas de los estudiantes, todo el mundo caminaba rápido. Esto no es normal en Caracas.

Los rostros de la gente me sorprendían, todos queríamos llegar a un lugar seguro para saber qué era lo que iba a pasar ahora, no con el país, sino con la ciudad y el caos. Al entrar al metro escuché un anuncio que por un momento me asustó «Se le recuerda a los señores usuarios que deben mantener la calma en el andén, el servicio se presta con total normalidad». Los operadores del metro ese día fueron “panas”. Un señor gritaba «este es el último tren». No cabía una persona más en los andenes, pero ahí todo estaba normal.

Por primera vez, en muchísimo tiempo, vi una Caracas unida, esa Caracas del metro que a diario se insulta, hoy -sin importar el color de la camisa- se ayudan. Abrían paso, empujaban para que entrara uno que tenía medio pie afuera, se sentaban de a tres en los asientos. Luego comenzó la conversación colectiva.

Era impresionante, pero todos hacían el mismo chiste «nos han podido decir esta vaina a las 3 o en la noche, total, ya se murió». Una señora, en tacones, decía «a mí no me quitan el glamour, yo estos tacones no me los quito ni loca. Si me toca correr, corro con ellos». Otra señora decía «a mí no me preocupa Chávez, me preocupa la reacción de sus locos». También había mucho silencio en medio de estas conversaciones.

Recuerdo que en Bellas Artes alguien dijo un chiste y todos reímos. Yo comenté «nunca dejaré de sorprenderme con  nuestra capacidad de hacer chiste», la señora de los tacones me dijo «eso es lo que nos hace chéveres como pueblo, preciosa, que nos reímos de las desgracias». Le contesté «me parece que nos reímos para no afrontar, en el fondo no nos gusta afrontar nada. El presidente se murió después de 87 días desaparecido y aquí todo está normal, esto es el metro un día normal a las 6 de la tarde. Mañana, probablemente, todo esté normal, algunos llorarán al muerto, otros nos quedaremos en casa. Nosotros no afrontamos nada, todo lo convertimos en chiste y terminamos sintiéndonos orgullosos de nuestras desgracias». Hubo un silencio que rompió esta señora «tienes razón, preciosa». Alrededor las miradas fueron con la misma expresión. Las conversaciones colectivas y sin insultos, en el metro, no son normales.

Poco a poco fueron pasando las estaciones y la normalidad reinaba a la Caracas del metro. Llegué a Catia y me crucé con el rostro lleno de lágrimas de mi vecina más chavista, la abracé (porque la quiero) y le dije que todo estaría bien. Subí a mi casa y comencé a ver que todo estaba cerrado. Eso, en Catia, no es normal.

En medio de la normalidad y la no-normalidad, así viví el 05 de marzo del 2013, el día que Chávez murió. Este no era un buen día para nacer, pero sí un buen día para morir. Nosotros, los venezolanos, seguiremos en la normalidad. Algunos iremos a ver a Chávez, otros se quejarán de los que lo haremos. Pero para mí aquel día –cuyas cifras suman 2021- me quedará grabado en la memoria como el día en que nos vieron la mayor cara de pendejos.

 

17

Feb

C.

Hoy te volví a ver. Teníamos tiempo sin encontrarnos, creo que hasta nos extrañábamos. Estaba nerviosa. Habían pasado 3 o 4 meses antes de esta noche. Anoté en mi agenda aquel encuentro, el corazón se me aceleró cuando la odiosa alarma sonó para recordármelo. Iba tan contenta que entonaba nuestras canciones y todas las miradas se volteaban a ver quién iba tan feliz en este lugar hostil. Sabía que sería un día especial, me vestí para ti.

Pero, cuando menos me lo esperaba, un terrible miedo se apoderó de mi. Seguro fue cuando crucé el torniquete del metro y comencé a imaginar todo lo que podía pasar. Supose que podría cruzarme con V y eso me aterraba. La última vez que nos cruzamos los tres pasé un mal rato, me pusiste en esa incómoda situación de meterme en una relación. Ustedes parecían verse bien juntos, felices, a punto de cambiar el relationship status  de Facebook. No me gustan las emboscadas, así que seguí caminando a nuestro encuentro, ya no tan feliz. Tenía demasiadas ganas de verte, así que ignoré ese miedo.

No suelo exigir nada, me gusta que las cosas se den porque fluyen y cuando no, mejor que el agua corra. Pero entiende C, quiero que esto sea solo nuestro. Es ella o yo. Quería exigírtelo, tenía un discurso preparado, practicado. Hablaba bajito en el metro mientras pensaba qué te iba a decir, pero cuando llegué, comosiemprequequierollegar, 15 minutos antes, vi que ella había llegado mucho antes y mucho más sensualmente seductora que yo.

C, tus colores, tus cantos, tus demonios, mi Caracas. Teníamos un espacio y esta noche lo ganó V. Esa V de Violencia que tomó tu cancha. Ella es, hoy, la perra que siempre me gana.

[Al CaracasFC y la violencia en el estadio, 13/02/13]

12

Feb

Felicidad.

Parece, de adulto, tarea difícil esa de ser feliz, ¿Recuerdan la infancia? Ser feliz era tan sencillo en aquella época. La felicidad se encontraba al descifrar el misterio de la cucharilla en el

Hacer fotos en Caracas

fregadero, la muñeca nueva a la cuál le podías “cortar” el cabello, la pista de carritos que hacías con material de desecho o el desastres que la abue te dejaba hacer en la casa cuando querías pintar con témperas o acuarelas. Era sencilla la labor de ser feliz a diario.

No sé qué pasa cuando crecemos, parece que ser feliz no está en lo que vivimos sino en lo que tenemos, el mejor empleo, el mejor novio, el mejor carro, vivir en la

mejor zona, tener el mejor (nosano) cuerpo y ser el alma de la fiesta. Para mi, puede ser más en sencillo, un buen libro, un buen café, un mensajito divertido, una ironía, un beso bien dado, las palabras indicadas en un texto o la fotografía tomada. Pero nadie cree que para ser feliz pueda con solo eso. Pobres, no me importa lo que piensen, solo me preocupo porque para algunos la felicidad va de algo tan material que termina siendo abstracto.

Caminar por Caracas y hacer fotos

Ayer fui feliz. En medio del caos caraqueño salimos a hacer fotos, eso me hizo feliz. Mejoré mis fotos con el iPhone porque sigo sin cámara, pero no importó porque fui feliz. Conocí gente genial, me reí, comí sabroso, abracé, fui millonariamente feliz. Reconocí parte de mi ciudad, me encontré con amigos, me hicieron fotos. Sonreí, fui feliz. Para mi es sencillo. La felicidad, en mi definición, va la acumulación de pequeños momentos que me hagan sonreír, llorar, aprender, gozar. Depende de mi y de lo que yo sienta respecto al resto. Supongo que por esa razón no sufro “como se debe” por los amores inconclusos. Y por “como se debe” me refiero a lo que todos creen que se debe hacer cuando un amor no es correspondido.

Para mi, ser feliz está en sentarme -después de un día de fotos- en algunas mesitas al aire libre a disfrutar de un buen mojito y una conversa interesante con mis amigos. O, tal vez, terminar sentados en la plaza de los museos tomándonos fotos en un escalón y viendo una película en la cinemateca. Yo fui feliz y eso fue lo que importó. Un nuevo recuerdo. Una sonrisa. Una bebida. Una foto. Un texto. Un ticket de metro.

Yo les digo, mejor ser feliz ahora que cuando no se pueda. Yo hoy, también, voy a ser feliz.

22

Jan

Poema N°3 (Déjame vivirte sin miedos) por Jefferson Díaz

Déjame vivirte sin miedos. Para despertar con brisas de acacias, que transportas todas las mañanas a mi cama. No me lleves al exilio, huyendo del polvorín de tus calles o las decepciones que trepan por las nubes. Puedo odiarte tanto para comprender cómo las sombras han robado vida a la luz, lo que me ha vuelto uno de tus hijos más escépticos. Ahí, donde hace tantos años me regalaste sin prejuicios mi acento, yacen las esperanzas del éxito esperando a ser recogidas por un Ávila sin defectos.

Déjame vivirte sin miedos. Para que los posibles se conviertan en realidades y las promesas dejen de ser cuentos sin puntos finales. Llena mis pulmones con la sal de tus corrientes y que mi sabor sea el cacao de las esperanzas que se liberaron hace tantos años. Dios hizo miles de mujeres, pero sólo a tu descendencia le dio la capacidad de amarte por encima de la ingratitud sin reglas. Oculto entre tu piel, está el deseo de tenerte calada hasta los huesos porque eres la única capaz de entender nuestros aprecios.

Déjame vivirte sin miedos. ¿Por qué la insistencia en exiliarme? En hacer de mí un extranjero, cuando mis pies llevan las marcas de tus susurros. Prefieres seguir incubando la placenta de la división, que busca como felicidad la sangre y descomposición de una sociedad asustada. Somos la isla de lo desconocido con una utopía que brinda poco por descubrir. Nos desgarran los colmillos de la ignorancia sin reconocernos como semejantes, mientras tus pliegues son el escenario de una obra que se pinta diversa con cuotas de exhalación y rabia.

Déjame vivirte sin miedos. Porqué los próceres no son la personalidad, sólo el molde de tu nacimiento. Prefiero creer que te define el mar, bordeando tus curvas con la espuma sedosa que traen los atardeceres. O las montañas, desafiantes apuntando hacia la lucha como el más coqueto de los escotes. Pasando por las arenas y selvas de una ilusión que fue perdiendo la lucha ante el resentimiento. Por eso, voy a buscarte a las islas, para recuperar el sabor de los besos sin ofrecer o los abrazos que no olvido.

Déjame vivirte sin miedos. Con la plenitud de tu clima y el aliento que empapa mi rostro cuando te da por llorar o demostrarme entre neblinas que eres la mujer que siempre soñé. No me mientas, y dame la realidad de tus energías, para que yo pueda sortear lo agridulce de nuestra relación. Que la tristeza no de paso al abandono o que la decepción llene mis labios con palabras dañinas. Eres inmerecida de desprecios. Y menos cuando unas cuantas ovejas se descarriaron para convertirte en el banco de las ambiciones disfrazadas de ideologías.

Déjame vivirte sin miedos. Para que en el planeta te reconozcan como la dama de los progresos y los dulces sentimientos. Una morena que roba miradas con el azabache que brota de tu melena y destrona corazones al pasar por el contoneo de caderas. Eres ritmo de cuatro, arpa y candela. Entre tú y yo no hay secretos, permíteme criticarte para evolucionar como se debe sin que la exclusión forme parte de los instintos. Así nos odiaremos sin parar y nos amaremos como par de locos capaces de salir adelante ante cualquier adversidad. El patriotismo fundado a los pies de tus encantos y no de políticas forradas por los bancos.

Déjame vivirte sin miedos. Para que las noches al dormir, nos abracemos al compromiso y que entre sueños no aparezcan esos espectros que se burlan de los símbolos que nos hacen infinitos. Más allá de las fronteras, ahí estás tú, recorriendo mis fantasías y éxitos. Por eso, déjame vivirte sin miedos Venezuela, para que nuestro amor nunca deje de ser verdadero.

Jefferson Díaz.

12

Nov

Rostros

Me gusta observar. Las pocas veces que voy en el metro sin algo para leer o para escribir, observo. Pinto historias en mi cabeza, dibujo conversaciones, trazo líneas de tiempo. Me gusta ir viendo los rostros de la gente, esa que se despierta más temprano que otros para trabajar, gente que  no sabe muy bien qué esperar de la vida. Se cansan, camina, van en automático siguiendo a otros, pensar modificaría rostros. Rostros que cada vez son más difíciles de encontrar.

Miradas de condenados. La condena que trae la desesperanza inmersa en los corazones de estos pobres seres. Pobres de espíritu. Poco, parece que falta poco para llegar a sufrir al trabajo, de ahí a la calle a sufrir por el transporte, para llegar a casa y sufrir por el hogar que parece desintegrarse por la falta de espacios para compartir. Rostros tristes, infelices.

Somos, dicen, felices, pero estos rostros libres de sonrisas me pintan una realidad gris; enajenada. Pasa, claro que el tiempo pasa, pero ellos quedaron como almas en pena sin algún recuerdo real que les haga recordar cómo era el calor de una sonrisa.

Aquello llamado vida es ahora una ilusión de la pantalla grande, un mercadeo bastante caro como para decirnos que vale la pena vivir, aunque no tengamos claro cómo o cuándo ocurre “aquello llamado vida”.

Rostros, rostros con necesidades de cinta adhesiva llamada esperanza.

22

Oct

(No) Pertenecer

Suele suceder, supongo, que después de una gran (decepción) alegría tu sentido de (no) pertenecer aumenta “haciéndote” ver cosas que antes no veías. Un día te despiertas con una sensación increíble de (no) saber dónde estás parada o a dónde perteneces. La vida transcurre como antes, solo que hoy hay algo diferente, (no) perteneces.

Nosotras crecimos juntas, conociéndonos, celebrando cumpleaños el mismo día, ella mi Caracas. Era mucho más sencillo antes, cuando este sentimiento no era algo más que una cuestión pasajera de esas que te dan después de una “tonta” pelea. Antes había una responsabilidad con otros, pero llega el punto claro en el que la reponsabilidad poco (o nada) importa porque está en juego tu ser.

Eso me pasó aquel día en el metro cuando con una sonrisa (irónica) quise gritar: “ya (no) pertenezco aquí”. (No)Era cuestión del Ávila, el clima o la música. Era cuestión de la gente que (no) me hacía sentir ya como en casa. Duro es darse cuenta que ya (no) perteneces a un lugar.

 

(Lee primer el texto sin tomar en cuenta los paréntesis, ahora hazlo con lo que está dentro)

24

Jul

Hola, guapa ¡Tienes 26!

Laura Solórzano ¡No! No, esto no será un post donde resuma los 25 y me haga falsas promesas sobre los 26. No. Sé que los 25 comenzaron muy bien, que sumé nombres a mi lista de karmas –y algunos valieron la pena-, que taché pendientes de la lista de cosas de la vida, que tengo nuevos amigos y que recuperé unos cuantos. Que hice cosas por primera vez, que grité, lloré, alenté, corrí, y sobre todo reí y aprendí. Sé que le perdí el miedo a crecer, que no vale la pena pelear por cosas (personas) que no cambiarán y que el mundo  no necesita a otra persona de mal humor ¡Ya hay suficientes!

No sé cómo serán los 26, espero que el combo incluya a Capriles de presidente, mínimo. Tampoco quiero saber mucho cómo va ese asunto, pero sé –por lo menos- cómo se ven, a grandes rasgos, dibujados y planificados.

Con los 25 le hice entender a la gente que “frescolita” es un sabor real. Que las Oreo Fudge son la prueba de que Dios existe, y que el séptimo día él estaba tan cansado y con poca creatividad que esa es la razón por la que hay tantos rostros parecidos. Que vale la pena romper mis propias reglas solo si la diversión me dura lo suficiente.

¡Ah! Encontré gente que fotea y disfruta de Caracas tanto como yo, gente que cree en los zombies y gente con pasiones –y éstas los mueven. Creo que debo explicar mejor que mi exceso de energía se debe a que se la robo a los celulares y computadoras. Que nunca he terminado mi tesis porque no había sido mi prioridad (hasta que un amigo me hizo entenderlo). Esto no debo explicarlo, pero le rompí el corazón político a un amigo cuando le revelé algunos secretos. Debería hacer un dibujo para que entiendan que el secreto de la eterna juventud está en encontrar el equilibrio entre ser niño, adolescente y adulto.

También debo explicarles que Apple y Jobs son un estilo de vida, una filosofía… No unos productos. Que Masseratti es mi biblia, que en serio no puedo comenzar un día sin café. Y que sí es posible tener un trabajo donde seas feliz, te diviertas, no odies a tus jefes o compañeros, y aprendas –somos una familia-.

¡En fin! Esto, sin pies ni cabeza sí tiene un cuerpo que en lugar de gritar “¡Hola, crisis!”, decide gritar “¡Hola, guapa! Bienvenidos los 26”.

Mañana cumplo mis 26 lunas.

La guapa de las letras apuradas, rulos y labios rojos.

Yo misma.

15

Jul

¿Dónde están los caraqueños?

“Caracas, asustas a la gente, por eso es que ya no salen”

Eso pensé mientras regresaba a mi casa en taxi el sábado en la noche. El viernes había estado en Bellas Artes, el sábado estuve en El Hatillo y el domingo marcharé por el oeste de la ciudad. Mientras estaba en las primeras dos actividades, veía la cantidad de gente y me preguntaba “¿Dónde están los caraqueño?, ¿Dónde está la gente que vive pidiendo en Twitter más actividades culturales para hacer en nuestra ciudad de la furia?, ¿Para qué piden si luego no van?”

Hubo poca gente en todas las actividades y según me comentó un amigo, en “Buen provecho La Carlota” también hubo poca gente. Yo, apelando a mi coherencia, decidí que debía ir a todas o por lo menos a la mayoría de las actividades que se hicieran por Caracas, era necesario recorrerla y darle un poco de amor. Pero ¿Y el resto de la gente?

¡Fácil! La respuesta llegó cuando fui incapaz de escribirle a mi mamá para que me buscara apenas llegara el taxi: tengo miedo de estar en la calle. Y así como yo tengo miedo, allá afuera hay un gentio que tiene miedo de estar afuera, de sentir que puede vivir diferente, de pensar que recorrer la ciudad a pie y de noche puede ser algo agradable.

Cuando pensé escribir esto, la primera idea que me vino al cabeza era la de “reclamarle” a la gente que siempre pedía cosas. Luego pensé que mejor le reclamaba a los gobernantes por la falta de seguridad, y al final dije ¿Para qué vas a reclamar?. Sencillamente, hay dos mundos que aún no se encuetran.

Caracas es hermosa cuando decidimos salir agarrados de la mano con ella, pero es -aunque algunos como yo no lo queramos ver- una nena agresiva y que en cualquier momento te golpea fuerte.

Mi consejo, como caraqueña amante de la ciudad, es que disfruten a esta bella casa mientras la tengamos. Pensemos siempre que las calles de esta ciudad son parte extendida de nuestro hogar.

Caracas. TE_QUIERO. Vivir_TE S.i.N. M.iED.o

 

6

Jul

Caracas, en tu noche

Caracas de nocheSe hace intransitable aquella ciudad de antiguos techos rojos. Se siente tenebrosa cuando el sol, por miedo, decide marcharse temprano a otro lado del mundo. Caminar, tranquila, dejó de ser una opción desde que las estadísticas dejaron de ser números y sensación para convertirse en el amigo, el vecino o él mismo.

Cuando llega la luna y las pocas luches que alumbran son las de las estrellas, el miedo sale a caminar de la mano de la violencia. El día se acaba cuando sales de la oficina y correr a tu casa. Ser joven se transformó en una actividad extrema donde, incluso, los planes en una casa pueden ser increíblemente peligrosos. Caminar en el metro genera sensación de película de acción. Caracas no es la ciudad de la furia de Cerati, la Caracas que muerde de Héctor Torres o la del retrovisor que retrata Ángel Zambrano. Caracas, la de antes, ya no es la misma.

La vives, la respires, la sientes. No queda de otra cuando irte no es parte del plan y tampoco es una opción, no por falta de dinero sino por amor. Aunque, como todo, ese amor también tiene un límite y llega el instante en el que la relación se hace insostenible y que el quiebre se hizo y no hay retorno al punto de inicio. Es ese momento, justo ese instante, en el que descubres que seguir peleando contra algo irreparable no tiene sentido. Tu y yo ya no somos compatibles y pelearme contigo no es una opción, es mejor retirarme antes de que algo peor ocurra. Es que no se puede seguir con el juego del miedo.

Las balas esta noche saldrán a buscar refugio en nuevos cueros de inocentes o culpables. Todo se iguala cuando, sin ropa, los difuntos en la calle se cruzan sin reproches, sus sangres corriendo los unen y los hacen parte de un número macabro que ahora se llama muerte. Sabes que la vaina está grave cuando te imaginas destruyendo. Pero sabes que oculta, entre sombras, la Caracas que quieres se esconde y por ahora no saldrá. El trabajo será descubrir su escondite y sacarla de ahí.

13

Jun

De esas cosas que se revisan

… Y que por error te llevan a lugares en los que no quieres estar, descubres que sin temblar fuiste borrada de una memoría.

¿Quién diría que Eternal Sunshine podía hacerse realidad?

¡Querido amigos, hay recuerdos que no se pueden borrar!

[Feliz viaje al sur]

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