Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

18

Aug

A él nadie lo quiere

Nació hace poco más de ocho años, fue producto de una noche de alcohol y sexo despechado. Ella es de esas mujeres que nacen despechadas y llenan vacíos del alma con visitantes sin protección entre sus piernas. Él, el padre, es de los que nacen borrachos y a los que nadie abraza cuando es pequeño; creció en un ambiente violento y está condenado a repetirlo porque así de injusta es la vida.

Ellos se conocieron una noche en algún sucio y oscuro callejón en Los Magallanes de Catia. Ese mismo lugar que ha sido testigo de otros amores de calle. Ella tiene muchas sangrías encima. Él, el padre, han mezclado cervezas con ron barato porque según él, ese es el psicólogo del barrio. Ellos terminaron en alguna cama cutre en aquel barrio caraqueño. Él se le montó encima, acabó rápido y adentro mientras ella fingió un orgasmo. Él se quedó dormido, mientras ella lloraba la vida de despechos que carga encima. La vida juega rudo con aquellos que no comprenden la audacia del destino.

Nueve meses después, en un hospital de la capital nació él, el hijo; fruto de una noche de alcohol y sexo de despecho, porque ella nació despechada y él nació borracho.

Hoy, casi ocho años después, lo baten de un lado a otro reclamando una falsa paternidad que ninguno quiere -realmente-reconocer. Él, el hijo, llora y grita que no le hagan daño. Pero es tarde. A él ya le han hecho daño muchas veces y eso parece que nadie lo ve.

A él nadie lo quiere porque ellos tampoco se quieren. Él repetirá el modelo y el ciclo probablemente termine cuando nazca uno más capaz de superar el trauma. La vida es injusta con los que nacen con el único pecado de haber sobrevivido al parto.

 

6

Mar

Se (les) fue el líder, #MuereChávez

Caracas, 05 de marzo del 2013.

Aquel parecía un día normal. El clima cambió radicalmente respecto a los días anteriores, pero eso es normal en Caracas. Los 05 de marzo siempre me gustan, son días alegres y recibo noticias interesantes.

Las redes sociales estaban más alborotadas que nunca, rumores iban y venían, pero esto también es normal en Caracas. Me escribió una persona importante en mi vida para preguntarme por una reunión del alto mando militar, le dije que se venían anuncios importantes, pero como no tenía señal en el lugar al que iba, que mejor lo viera por internet. No tener señal, también es normal en Caracas.

Llegamos a un restaurante a celebrar el cumple de mi amigo Guille, todo estaba tenso, pero acordamos no hablar del tema porque queríamos celebrar. Vino una primera cadena, a la 1:15 pm en la que Maduro presentó a todo el alto mando militar y todas las “fuerzas especiales” del gobierno. Ya sabíamos que ese día dirían algo. Además, en esa misma cadena nos dijeron que a Chávez le habían inoculado el cáncer, ja, la misma estrategia que le funcionó a Fidel en un país sin tecnología durante años para “justificar” su odio a los estadounidenses. Él sabía que necesitaría a un enemigo externo porque ya la mentira estaba terminando, no podía arriesgarse a que su propia gente fuese en su contra, o eso pienso yo. En fin, acá esas cosas siempre pasan, siempre nos quieren ver la cara de pendejos y a veces lo logran. Eso, otra vez, es lo normal en Caracas.

Llegamos a la oficina y ya sabíamos que se venía un nuevo anuncio. Le escribí a uno de mis amigos periodistas que sabía estaba informado y era bastante prudente, su respuesta: «me dicen que se murió, pero no sé. Mejor vete a tu casa temprano». En ese momento le escribí a mi amiga con la que me vería en la noche para decir que canceláramos la reunión. Le escribí a mi papá que estaba celebrando en La Guaira (porque también era su cumpleaños), para el momento en que intenté escribirles a mi mamá y mi hermano, ya todo estaba colapsado. Salí a mandar un voicenote para explicar la situación, escuché la voz de Maduro, entré.

La imagen que tengo es la de una familia cuando espera una noticia de un médico, todos en mi oficina estaban parados frente al TV escuchando a Maduro, alguno grababa la pantalla, yo me paré frente a mi computadora y comencé a recoger. Maduro, entre lágrimas dijo «Nos anunciaron la terrible noticia de que hoy, a las 4:25 pm, el presidente Chávez ha muerto». Suelo mantener la cordura, pero solo me sirvió para decir «Cancelen todo el contenido de las cuentas». Luego, comencé a temblar, eso no es normal en mí.

Recogí mis cosas, intenté nuevamente hablar con mis papás y mi hermano para decirles que estaba bien y que iba camino a la casa, pero temblaba tanto que solo alcancé a medio recoger algunas cosas y salir corriendo de la oficina. Temblaba como jamás en mi vida había temblado, ni cuando mis abuelos murieron, ni cuando hubo turbulencia en un avión, ni siquiera cuando me robaron con arma de fuego. Perdí la cordura por primera vez. Eso tampoco es normal en mí.

Caminé hacía Chacaíto, la calle estaba increíblemente sola. Las cornetas de los carros acompañaban mis pensamientos de “tengo que definir lo que siento para poder escribir sobre esto”. Los rostros de la gente en los carros era de incertidumbre, alegría, tristeza. Pasé por el banco a sacar plata, había muy poca gente, la alcaldía ya estaba cerrada. Recuerdo que, mientras caminaba, me pasó al lado un señor con audífonos en los oídos y los ojos llenos de lágrimas, creo que jamás olvidaré eso. Pensé que, con la poca pila que me quedaba, tenía que hacer algunas fotos. Caracas estaba hermosa, y eso en ella es normal.

Al llegar a la avenida Francisco de Miranda, caminé un poco más lento, necesitaba calmarme así que comencé a ver alrededor. Todas las conversaciones eran sobre Chávez, había rostros increíblemente tristes, algunas mirandas “contentas”, pero sobretodo mucha incertidumbre. Por primera vez, en Caracas, la gente no tuvo miedo a ser robada y todos tenían el celular en la mano, «tumbaron la señal para no comunicarnos» gritaba una señora de camisa roja, «eso se colapsa como el 31, mija, relájate que ya se murió» le contestaba otra, ¡Qué impresionante era la calle!

No sé cómo se ven las calles los días de semana a las 5:30 porque nunca salgo a esa hora, pero todo estaba colapsado, los cajeros repletos de gente, los rumores de saqueo en media cuidad, la información de los chavistas quemando las carpas de los estudiantes, todo el mundo caminaba rápido. Esto no es normal en Caracas.

Los rostros de la gente me sorprendían, todos queríamos llegar a un lugar seguro para saber qué era lo que iba a pasar ahora, no con el país, sino con la ciudad y el caos. Al entrar al metro escuché un anuncio que por un momento me asustó «Se le recuerda a los señores usuarios que deben mantener la calma en el andén, el servicio se presta con total normalidad». Los operadores del metro ese día fueron “panas”. Un señor gritaba «este es el último tren». No cabía una persona más en los andenes, pero ahí todo estaba normal.

Por primera vez, en muchísimo tiempo, vi una Caracas unida, esa Caracas del metro que a diario se insulta, hoy -sin importar el color de la camisa- se ayudan. Abrían paso, empujaban para que entrara uno que tenía medio pie afuera, se sentaban de a tres en los asientos. Luego comenzó la conversación colectiva.

Era impresionante, pero todos hacían el mismo chiste «nos han podido decir esta vaina a las 3 o en la noche, total, ya se murió». Una señora, en tacones, decía «a mí no me quitan el glamour, yo estos tacones no me los quito ni loca. Si me toca correr, corro con ellos». Otra señora decía «a mí no me preocupa Chávez, me preocupa la reacción de sus locos». También había mucho silencio en medio de estas conversaciones.

Recuerdo que en Bellas Artes alguien dijo un chiste y todos reímos. Yo comenté «nunca dejaré de sorprenderme con  nuestra capacidad de hacer chiste», la señora de los tacones me dijo «eso es lo que nos hace chéveres como pueblo, preciosa, que nos reímos de las desgracias». Le contesté «me parece que nos reímos para no afrontar, en el fondo no nos gusta afrontar nada. El presidente se murió después de 87 días desaparecido y aquí todo está normal, esto es el metro un día normal a las 6 de la tarde. Mañana, probablemente, todo esté normal, algunos llorarán al muerto, otros nos quedaremos en casa. Nosotros no afrontamos nada, todo lo convertimos en chiste y terminamos sintiéndonos orgullosos de nuestras desgracias». Hubo un silencio que rompió esta señora «tienes razón, preciosa». Alrededor las miradas fueron con la misma expresión. Las conversaciones colectivas y sin insultos, en el metro, no son normales.

Poco a poco fueron pasando las estaciones y la normalidad reinaba a la Caracas del metro. Llegué a Catia y me crucé con el rostro lleno de lágrimas de mi vecina más chavista, la abracé (porque la quiero) y le dije que todo estaría bien. Subí a mi casa y comencé a ver que todo estaba cerrado. Eso, en Catia, no es normal.

En medio de la normalidad y la no-normalidad, así viví el 05 de marzo del 2013, el día que Chávez murió. Este no era un buen día para nacer, pero sí un buen día para morir. Nosotros, los venezolanos, seguiremos en la normalidad. Algunos iremos a ver a Chávez, otros se quejarán de los que lo haremos. Pero para mí aquel día –cuyas cifras suman 2021- me quedará grabado en la memoria como el día en que nos vieron la mayor cara de pendejos.

 

12

Nov

Rostros

Me gusta observar. Las pocas veces que voy en el metro sin algo para leer o para escribir, observo. Pinto historias en mi cabeza, dibujo conversaciones, trazo líneas de tiempo. Me gusta ir viendo los rostros de la gente, esa que se despierta más temprano que otros para trabajar, gente que  no sabe muy bien qué esperar de la vida. Se cansan, camina, van en automático siguiendo a otros, pensar modificaría rostros. Rostros que cada vez son más difíciles de encontrar.

Miradas de condenados. La condena que trae la desesperanza inmersa en los corazones de estos pobres seres. Pobres de espíritu. Poco, parece que falta poco para llegar a sufrir al trabajo, de ahí a la calle a sufrir por el transporte, para llegar a casa y sufrir por el hogar que parece desintegrarse por la falta de espacios para compartir. Rostros tristes, infelices.

Somos, dicen, felices, pero estos rostros libres de sonrisas me pintan una realidad gris; enajenada. Pasa, claro que el tiempo pasa, pero ellos quedaron como almas en pena sin algún recuerdo real que les haga recordar cómo era el calor de una sonrisa.

Aquello llamado vida es ahora una ilusión de la pantalla grande, un mercadeo bastante caro como para decirnos que vale la pena vivir, aunque no tengamos claro cómo o cuándo ocurre “aquello llamado vida”.

Rostros, rostros con necesidades de cinta adhesiva llamada esperanza.

14

Sep

De cómo en Catia perdimos el miedo

Como todos saben uso el metro todos los días, hoy no fue la excepción.

Justo donde estaba parada estaba un señor que parecía haitiano (o barloventeño, quién sabe), el metro estaba extrañamente full -aunque eso tiene sentido porque es viernes y quincena-. En Capitolio se monta un chavista claramente identificado (camisa roja, cuerda de llaves de Chávez, gorra de Chávez) y ve a este señor al que llamaremos señor H. Comienza a hablarle en idioma borracho diciéndole que “sé que llegó una gente de Haití, ¿Tienes papeles? Aquí todos amanmos a Chávez, los otros son tres gatos, unos majunches -inserte aquí más discursos de Chávez-“. El señor H no hacía nada pero su rostro iba cambiando y decía “este señor me ladilla”.

Yo comentó: Señor, aquí a Chávez solo lo quiere usted, aquí hay un camino. Él me ignora y sigue diciendo *inserte aquí más discuros de Chávez*. La chama dice: Señor, deje de molestar, está molestando al señor y nos está molestando a nosotros. Señor borracho: Yo no molesto a nadie loca, majunche. Yo: Señor, no insulte, respete para que lo respeten y sí nos está molestando, quédese tranquilo.

La chama, cansada del señor le dice: Mira a mi nadie me insulta, tocaré la alarma para que lo bajen (ya estábamos en Agua Salud estación en la que se llega al 23 de Enero). La chama toca la alarma *beeeeee*. El señor borracho persigue a la chama y lo agarra un joven (me cansé de la palabra con ch) y le dice: Señor, a las mujeres no se les insulta. Señor borracho: yo insulto a quién yo quiera, aquí están todos pelados. El joven lo agarra y el señor borracho se le cuadrar para pegarle y le lanza un golpe.

En ese momento, todos nos paramos y la gente comenzó a gritar -prometo que no fui yo-: hay un camino majunche, cállate majunche, majunche Chávez, nosotros nos cansamos (para este momento ya eran 4 personas contra el señor que le lanzaba golpes a todo el mundo). Yo grité: Este es el país que tenemos que cambiar.

Al llegar lo operadores -porque la alarma seguía sonando- una operadora le dijo: Señor quédese tranquilo (porque el señor se sentó y no se quería parar). Todos la vimos con cara de “bicht please” y comenzamos a gritar: bájenlo, ese señor es un peligro para el vagón, está borrachó.  Llegó la policia nacional, otros operadores y lograron sacarlo.

Cuando se cerraron las puertas, yo me senté igual que la mayoría de las personas y los comentarios eran: Es que se creen sabrosotes nojoda, por eso no notan los retraso, siempre están borrachos; debe ser que vive borracho porque esto está en la mierda; es que el 7 hay un camino porque este no es el país que queremos.

he tenido días locos en el metro, he vivido peleas, he sido protagonista de discusiones pero JAMAS había tenido apoyo. Increíble, pero aquí señor presidente perdimos el miedo y el 7 nos medimos en CATIA.

17

Jan

Comunicado al Tuky que tengo sentado al lado

Estimado Sr. Tuky, señorito pues,

Reciba usted un cordial saludo. Hoy parece ser uno de esos días en los que mientras intento escribir y usted me pone esa odiosa “música” a un tono infernal, debe ser algún karma que me queda por pagar.

Continuemos. El presente comunicado tiene la formalidad de comunicarle que no es nada agradable tenerlo sentado al lado. No porque sienta que me va a robar, sino por aquello que está usted escuchando.

Aunque realmente también debo confensar que todos los días me pregunto si se ha visto usted en un espejo. No me pienso justificar, simplemente le quiero preguntar.

¿Sabía usted que los converse son signo de rock y punk? Es usted un vivo ejemplo de que la moda puede más que la cultura. No sé si usted lo sabía, pero son considerados una sub-cultura digna de estudiar. Cada vez que me pega con su bolso, me provoca darle un lepe, y preguntarle ¿Qué guarda usted ahí con tanto afán?

Volviendo al punto de su “música” que es lo que realmente me molesta ¿Sabía usted que inventaron un apartico que se le pone al BlackBerry y luego se los mete en los oídos con la finalidad de NO MOLESTAR al que tiene al lado? De no estar enterado, venga que le explico y además se los regalo con un hermoso lacito.

Por favor, mire que cada vez que lo escucho y lo veo con sus bigoticos amarillo, debo callar mis pensamientos para no hacer un escándalo, darle un lepe y luego salir corriendo. Hágalo, por el bien de los dos. No quiero que me llame racista o algo por el estilo, mi problema es con su “músiquita”. Esa cosa que suena en su celular y parece echa por unos monos con ollas después de una explosión nuclear.

Sin más nada que acotar, se despide en una tarde hermosa de esta bella ciudad,

La pana fastidiosa, de converse, cuaderno y lápiz, que sí tiene audífonos pa’ rato.

12

Jan

Carta al infeliz que viaja en el metro

¡Buenos días!

Ya nos hemos encontrado antes en este vagón, solo que usted otro rostro tenía. He pasado días -meses- tratando de ignorar su poco respeto hacia la sociedad.

En este mismo metro viajamos muchos en la ciudad. Con retrasos, calores e incluso un poco de ansiedad, por terminar de llegar a aquel lugar llamado “destino”. Sigo sin entender cómo usted no entiende que no está en la sala de su casa, sino en un vagón del METRO, querido amigo.

Señor(a) infeliz con el(a) que me toca compartir por unos minutos; poco me importa su propia vida, no quisiera ni de chiste ser su amiga, pero ¿Le importaría dejar de sacarse los mocos o espinillas delante de todos nosotros?

Y ustedes, parejita de infelices ¿Acaso no encontraron una habitación el algún hotel? Basta de manoseos inecesarios atravesados en medio de la puerta, cuando estamos en aquello que llamamos “hora pico”, ya sé que no recibiré respuesta.

Mamás infelices, de niños infelices, el asiento es para sentarse, no para jugar con los carritos ¿Sería tan amable de quitarme al carricito?

Y si sigo así, podría nombrar infinitos esos infelices que a diario, me hacen pegar muchos gritos.

Qué le alcance el día. Que deje de ser tan infeliz y piense que hay otros por aquí.

Se despide, con una sonrisa.

Laura.

La loca insoportable que disfruta -a veces- el paseo en el metro.