Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

2

Oct

Hay una esperanza

Hay un camino con Capriles

Foto: Eleazar “Caps” Briceño

“Hoy será un día importante”, eso pensaba el domingo mientras terminaba de vestirme, ajustaba mi gorra y esperaba respuesta de mis dos amigos de marcha sobre el punto de encuentro. No sabía qué me encontraría al salir de mi edificio, en Catia.

Eran ya las 10am cuando bajé. A diferencia de años anteriores -2007 incluido- decidí ponerme la gorra y no ocultar que estoy a favor de una propuesta diferente a la que gobierna. En el punto de “información” del otro candidato aún no llegaban los “voluntarios” a hacer su trabajo. Aquel boulevard solo tenía viejos que no dudaron en hacer comentarios babosos sobre mi atuendo.

El sol maquillaba las calles que estaban llenas de personas que iban y venían de los mercados. En sus rostros podías leer el agotamiento mental de hacer magia para ver cómo rendir el dinero, y cómo conseguir los productos. Esos son los rostros de Catia después de 14 años.

Hay un Camino al progreso

Foto: Saúl Solórzano

Al entrar al metro recordé que no tenía ticket, al acercarme a la caseta la muchacha que atendía me vio la gorra y sonrío, sentí que esa era la manera de decirme “yo creo en ese camino”. Bajé al andén pensando que sería la única lista para seguir dibujando aquel camino, gracias a Dios me equivoqué. Al mirar a mi alrededor encontré gorras, rostros tranquilos, “ropa de marcha” y sobre todo rostros llenos de esperanza. Desde el 2007 no sentía algo parecido.

El metro siguió avanzando, para mi asombro, estaba bastante rápido. En Agua Salud, tal como lo conté el otro día, la estación “del 23 de Enero”, se montó gente con camisas de Voluntad Popular, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo, camisas de Hay un Camino. El asombro fue el mismo para todos.

Desde aquí no hay más nada qué contar y mucho menos el “durante la marcha”. Les contaré lo que el motorizado de la oficina nos contó el lunes:

“Laura me la comí chama, estoy llegando ahoritica por la rumba que se armó ayer en el 23 después de la marcha. Nosotros nos fuimos, un grupo caleta y cuando llegamos a la Av. Sucre nos encontramos con ese gentío al que no los dejaban montarse en las camioneticas porque estaban amenazados -los conductores de varias líneas fueron amenazados por grupos armados y les prohibieron montar a “gente de Capriles”-. Bueno chama nos pusimos esas gorras y comenzamos a cantar y a gritar. Nos montábamos en los carritos y decíamos “mi gente tranquila, hay un camino, hay una esperanza”.

Cuando llegamos de la marchar, que fue impresionante chama yo jamás había

Henrique Capriles Radonski

Foto: Saúl Solórzano

visto tanta gente, bueno nada llegamos caminando al 23, de la emoción se nos olvidó que andábamos identificados y cuando llegamos al bloque nos encontramos fue a un gentío gritando “hay un camino”, un bicho ahí puso en el carro la música del flaco y se armó esa rumba. Hablábamos con la gente, les decíamos que el voto es secreto. Los otros bichos -refiriéndose a los Tupamaro- no nos decían nada porque saben que lo que están es perdidos. La gente en el 23 perdió el miedo chama, estamos cansado.”

Hace tres semanas le regalé al motoman una gorra tricolor, fue una de las personas más felices ese día, no la quería “para pavear o para la colección”, la quería porque cree en este proyecto. Hoy sé que valió la pena dejar a alguien sin gorra para dársela a él.

Capriles ha devuelto, en lugares como Catia, el 23 y La Pastora la fé y la esperanza de que hay un camino hacia el progreso, citándolo “nadie quiere vivir peor, todos queremos vivir mejor”.

Ese flaco nos devolvió la esperanza. Por eso sé que hay una esperanza y que sí hay un camino.

21

Aug

Hoy me encontré un señor sin esperanza

–          ¿Ves las estrellas?

–          ¿Dónde?

–          Allá arriba.

–          No, veo solo un cielo negro.

–          Concéntrate, si lo haces verás como comienzan a aparecer delante de ti esos puntitos blancos, lindos, que te hacen pensar en muchas cosas. Que, aunque lo niegues, te hacen desear que una estrella fugaz decida pasar apuradita en el firmamento.

–          Inventas mucho.

–          No, en serio, hazlo. Es como el país.

–          Siempre mezclas todo con política.

–          No, bueno sí, pero esta vez no. Mira, cuando uno va en el metro necesita concentrarse para comenzar a ver esas estrellitas que brillan en la oscuridad y que te hacen decir: es posible el camino. Te voy a contar algo:

Hoy me encontré a un señor sin esperanza en el metro. No es fácil vivir acá, lo entiendo. A veces yo también pierdo la fe. El metro es como el clima de Caracas, a veces está azul y soleado y sientes que la quieres. Otros días, está gris y fría y te deprime. Hay días en los que las estrellas del metro brillan más, otras en las que sencillamente me imagino poniendo una bomba como James Bond y caminando mientras escucho la explosión. Sí, sé que no debería pensar de esa manera, pero no es fácil. Entiéndeme.

Hace tiempo me había alejado de todo, había decidido “vivir mi vida” hasta que entendí que tal cosa era absurda y que mi vida se estaba limitando a cuatro paredes, entonces volví. Bueno, eso y que uno de mis amigos me empujó a seguir en el tema. Pero ajá, el señor. Ese señor me decía que no había futuro y yo le decía “la esperanza no se pierde”. “Todo va a estar siempre peor” me decía, “debe ser mi juventud, pero veo un camino diferente” le respondía. No sabía cómo sentirme, creo que jamás me había encontrado a alguien sin esperanza. Creo que sé por qué.

–          A ver, ¿Por qué?

–          Porque ese señor no lograba concentrarse y ver el cielo. No era capaz de ver las estrellitas que luchaban contra la contaminación y la iluminación para ser vistas por nosotros. Así que concéntrate, mira el cielo y ve los puntos blancos. Yo creo que hay un cambio y eso es lo que tenemos que transmitir.

15

Jul

¿Dónde están los caraqueños?

“Caracas, asustas a la gente, por eso es que ya no salen”

Eso pensé mientras regresaba a mi casa en taxi el sábado en la noche. El viernes había estado en Bellas Artes, el sábado estuve en El Hatillo y el domingo marcharé por el oeste de la ciudad. Mientras estaba en las primeras dos actividades, veía la cantidad de gente y me preguntaba “¿Dónde están los caraqueño?, ¿Dónde está la gente que vive pidiendo en Twitter más actividades culturales para hacer en nuestra ciudad de la furia?, ¿Para qué piden si luego no van?”

Hubo poca gente en todas las actividades y según me comentó un amigo, en “Buen provecho La Carlota” también hubo poca gente. Yo, apelando a mi coherencia, decidí que debía ir a todas o por lo menos a la mayoría de las actividades que se hicieran por Caracas, era necesario recorrerla y darle un poco de amor. Pero ¿Y el resto de la gente?

¡Fácil! La respuesta llegó cuando fui incapaz de escribirle a mi mamá para que me buscara apenas llegara el taxi: tengo miedo de estar en la calle. Y así como yo tengo miedo, allá afuera hay un gentio que tiene miedo de estar afuera, de sentir que puede vivir diferente, de pensar que recorrer la ciudad a pie y de noche puede ser algo agradable.

Cuando pensé escribir esto, la primera idea que me vino al cabeza era la de “reclamarle” a la gente que siempre pedía cosas. Luego pensé que mejor le reclamaba a los gobernantes por la falta de seguridad, y al final dije ¿Para qué vas a reclamar?. Sencillamente, hay dos mundos que aún no se encuetran.

Caracas es hermosa cuando decidimos salir agarrados de la mano con ella, pero es -aunque algunos como yo no lo queramos ver- una nena agresiva y que en cualquier momento te golpea fuerte.

Mi consejo, como caraqueña amante de la ciudad, es que disfruten a esta bella casa mientras la tengamos. Pensemos siempre que las calles de esta ciudad son parte extendida de nuestro hogar.

Caracas. TE_QUIERO. Vivir_TE S.i.N. M.iED.o

 

15

Jul

Románticos de los 60′ o políticos de izquierda

Laura Solórzano

“El problema chamo es, que si le metes románticismo a la política la jodes”… “Creo que la batalla de izquierda o derecha es una pelea romántica de los 60′, y aunque me digas loca te diré que lo único que me importa es que las cosas funcionen”…

Saliendo de la noche de los museos en Bellas Artes, me encontré con un chamo que quiso darme lecciones de “revolución”, “imperialismo” y esas cosas que se ven muy lindas al lado del mundo de las ideas platónico o de las materias en potencia aristotélicas, pero que cuando caminas asustado por la calle, o no encuentras el tetero del chamo y tal vez el metro se retrasa más de lo normal comienzas a descubrir que no se ven tan bonitos.

“Chamo, yo vivo en Catia man, esta película la vivo. Yo fui a Estados Unidos, fui a Cuba y esa historia no me la contaron, yo la vi con mis ojos. Y aquí panita estamos claros que las cosas no funcionen. Para mi, que soy bien intensa, lo importante es que funcione, no si se hizo con la mano izquierda o con la derecha”.

Después de semejante conversación, cuando el chamo se bajó, no pude evitar pensar ¿De verdad no hemos superado esa discusión? Yo juraría que sí, pero todo indica que esta pelea -que apenas comienza en América Latina, en comparación con otros países- va para rato. Yo no diré “soy una experta en ideologías”, pero soy una experta en la calle y en lo que veo día a día y sé que con teorías puestas en libros las cosas no se resuelven.

Si no se bajan los reales, si no tienes gente honesta trabajando y que quiera hacerlo, si no funcionan las cosas… Entonces no hay ideología que podamos discutir, porque he aprendido que con el estómago sonando, la cabeza retumbando y la angustía hecha estilo de vida no hay manera de discutir si Marx o Smith tenían razón.

Yo les digo, de románticos de los 60′ o políticos de izquiera; y de pragmáticos de los 80′ o políticos de la derecha, ya he tenido bastantes. Lo mejor, por ahora, será pensar ¿Esto de verdad funciona?

 

6

Jul

Caracas, en tu noche

Caracas de nocheSe hace intransitable aquella ciudad de antiguos techos rojos. Se siente tenebrosa cuando el sol, por miedo, decide marcharse temprano a otro lado del mundo. Caminar, tranquila, dejó de ser una opción desde que las estadísticas dejaron de ser números y sensación para convertirse en el amigo, el vecino o él mismo.

Cuando llega la luna y las pocas luches que alumbran son las de las estrellas, el miedo sale a caminar de la mano de la violencia. El día se acaba cuando sales de la oficina y correr a tu casa. Ser joven se transformó en una actividad extrema donde, incluso, los planes en una casa pueden ser increíblemente peligrosos. Caminar en el metro genera sensación de película de acción. Caracas no es la ciudad de la furia de Cerati, la Caracas que muerde de Héctor Torres o la del retrovisor que retrata Ángel Zambrano. Caracas, la de antes, ya no es la misma.

La vives, la respires, la sientes. No queda de otra cuando irte no es parte del plan y tampoco es una opción, no por falta de dinero sino por amor. Aunque, como todo, ese amor también tiene un límite y llega el instante en el que la relación se hace insostenible y que el quiebre se hizo y no hay retorno al punto de inicio. Es ese momento, justo ese instante, en el que descubres que seguir peleando contra algo irreparable no tiene sentido. Tu y yo ya no somos compatibles y pelearme contigo no es una opción, es mejor retirarme antes de que algo peor ocurra. Es que no se puede seguir con el juego del miedo.

Las balas esta noche saldrán a buscar refugio en nuevos cueros de inocentes o culpables. Todo se iguala cuando, sin ropa, los difuntos en la calle se cruzan sin reproches, sus sangres corriendo los unen y los hacen parte de un número macabro que ahora se llama muerte. Sabes que la vaina está grave cuando te imaginas destruyendo. Pero sabes que oculta, entre sombras, la Caracas que quieres se esconde y por ahora no saldrá. El trabajo será descubrir su escondite y sacarla de ahí.

30

Jun

Tiene que haber un camino

Hay un caminoHoy quería postear sobre otra cosa. Quería escribir sobre “La casa del ritmo” el documental de Los Amigos Invisibles o tal vez postear una nueva de mis hist(e)orias. Sin embargo, algo pasó en la madrugada que me hizo cambiarlo.

Mi primo casi pierde la vida en un intento de robo en la madrugada del que se salvó porque se estrelló contra el tipo que lo quiso robar. Luego, cuando la policía nacional lo “rescató” lo quitaron su celular y el reloj justo antes de dejarlo tirado en la calle frente a la casa de un amigo porque “no podían tocar el timbre”. Mi primo está vivo, pero tuvimos que esperar casi 3 horas para la clave del seguro, luego 3 horas más porque en la clínica no tenía la placa de metal que necesitaba y cuando lo pasaron a la habitación noté que aún tenía sangre en las manos. Calidad de servicio, pero ese no es el punto.

Mientras esperaba en la clínica pensaba muchas cosas, hablaba con la gente (casi todos estaban ahí por la inseguridad). Pensaba: hacer volanteos en los hospitales, clínicas, morgues con el plan de Seguridad de Capriles, comandos que se instalen a registrar a la gente, trabajo de hormigas. Pensaba también que tenía que haber un camino.

Vivo en Catia y eso ya lo saben. El “accidente” de mi primo fue a tres cuadras de mi casa, lo llevaron a una clínica que está a una cuadra. Aquí la mayoría de la gente se arrastra por el presidente. Viven en condiciones absurdas, dignas de un país en miseria, hace horas de cola bajo el sol para comprar con “dos lochas”, tiene más dinero pero compran menos cosas y a las 7 de la noche se encierran porque “la calle está caliente”. Son de las personas que dicen sentirse más dignas desde que Chávez llegó porque “les habla”, pero tiene vecinos -como yo- que les decimos: “Pero ¿No te das cuenta que no se puede ni salir?”  a lo que nos responden: “Pero ¿Qué tienes que estar buscando tu en la calle?”.

La mayoría de esas personas tienen mi edad y como yo crecieron con Chávez. Catia ha sido insegura toda la vida, pero ahora es peor. Sin embargo, para esta gente parece que no es así, parece que sencillamente nosotros nacimos para estar encerrados. Yo quiero que ellos entiendan que sí hay un camino, coño que tiene que haber un camino porque sino, nos materemos todos un día en la calle, por la inseguridad y no por la ideología.

Sé que no lo hago por aquí, sé que lo hago día a día cuando salgo a trabajar tempranito, cuando hablo con la señora del café, cuando le explico al del metro que no me puede empujar porque hay una cola.

Tiene que haber un camino, pero ese camino se hace con todos, contigo, conmigo. Tiene que haber un camino, pero todos debemos aportar más allá de tuitear. Tiene que haber un camino coño, porque somos muchos y no nos queremos ir por siempre de este país. Tiene que haber un camino porque nosotros debemos ser capaces de ser críticos y exigir lo imposible -como dice un buen amigo-. Tiene que haber un camino porque ya estamos cansando y necesitamos un cambio.

Hoy escribo sobre esto, puedo decir “feliz” que mi primo está recuperándose y mientras él se culpaba por irresponsable yo no dejaba de pensar “pana, este no es el deber ser, tu, yo, todos deberíamos poder salir de noche tranquilos, pero no… Por eso Tiene que haber un camino”.

28

Jun

No soy de Venezuela, soy de Chávez

GlobovisiónCaracas, ciudad de violencia, 28 de junio de 2012

¡Hola!

Sé que no me conoces, no tienes por qué hacerlo. Te cuento un poco de mi. Soy una joven de 25 años, estudié en una universidad privada y la pagué con mi esfuerzo porque me dieron la oportunidad de trabajar dentro en un centro de investigaciones. Estaré eternamente agradecida porque aprendí muchísimo y viví la universidad de manera diferente.Cuando tenía 16 pensaba: A los 25 ya tendré mi casa. Debe ser porque a los 16 tenía un país un poco diferente y no entendía mucho de la “situación”.

Tengo un buen trabajo y un buen sueldo y aún así sé que no podré tener mi propia casa, por ahora. Podría sentarme y decirte que crearé mi propia empresa, pero hoy me comentó mi papá preocupado: “Ahora sí se nos van a los ir los jóvenes del país, leí que montar una empresa es carísimo”. No tengo ganas de montar una empresa, pero si las tuviese ya se me hubiesen quitado.

No puedo salir con mis amigos, no porque no quiera, sino porque me da miedo llegar tarde a mi casa y no me gusta dormi lejos de mi cama. A mi edad, casi todo eso es casi imperdonable, vivir es parte de la vida pero ¿Sabes qué es vivir? Creo que no y me preocupa.

Hace unos días el presidente de mi país, tu país dijo en cadena nacional “Si no es chavista, no es venezolano” y no vengo a preguntarme lo que Toto ya se preguntó y que puedes leer aquí. Solo vengo a decirte algunas cosas que, sumadas al embargo de Globovisión, me dan más motivos de preocupación.

No sé si lo notas, tal vez no, pero ya no somos hermanos. Ahora somos un país divido, tristemente divido. Tu me odias y no sé por qué, yo no te odio solo quiero hacerte entender qué pasa con nosotros. Tu quieres que me vaya del país y que no progrese, yo quiero que ambos tengamos las mismas oportunidades de crecimiento. Tu quieres las cosas fáciles, yo quiero ganármelas con el sudor de mi frente. Tu esperas que te den las cosas, yo me siento orgullosa cuando las logro. Tu quieres vivir de gratis en la vida, yo quiero trabajar para recorrer el mundo. Tu no piensas más allá de tu odio absurdo, yo te pido que me abraces y me escuches. Tu probablemente me matarias si tuvieses la oportunidad porque hablo mal de tu presidente, yo te daría la mano y te montaría en el autobus para que vieras cómo es el asunto. Tu eres de Chávez, yo soy de Venezuela.

No, no tengo idea de cómo hacer que veas un poco más allá, que entiendas que no eres de Chávez y que eres de ti, de tu país. No, no tengo idea de cómo se juega este juego, pero yo soy una tipa inteligente y lograré descifrarlo.

Nos vemos el 07, cuando el miedo sea dejado atrás y cuando la ganas de cambiar se transformen en votos.

A ti, querido chavista que tanto me odias, aquí me presento y me despido.

Laura.

16

Jun

Paciencia: la que se sienta

Soy de las personas que nació apurada. Apurada por llegar tarde, aunque a veces por llegar temprano. Las personas apuradas pocas, poquitísimas veces, tenemos paciencia. Por lo general, cuando la tenemos no lo descubrimos sino hasta que la impaciencia nos daña el asunto.

Creo que por esa falta de paciencia he dañado muchas cosas, estoy segura. No quiero hacer reflexiones pavosas al mejor estilo de la autoayuda del siglo 21, simplemente quiero pensar que, así como dicen por ahí, la paciencia también se puede ejercitar.

A ver, tampoco soy muy ducha con aquello de los ejercicios, no están en mi lista de debilidades y mucho menos de vicios. Pero he decido entrar en ese extraño mundo de la “paciencia”.

Narrar, siempre he querido narra, pero me falta paciencia para el tiempo y me sobra necedad para llenarme de cosas que me desvían del camino. Leer, uno o dos libros por mes, pero siempre habrá una mosca que me haga distraerme y bloquear mi mente. Graduarme, profesionalizarme.

La paciencia consigue una silla cómoda que le permite pasar los largos ratos de espera que ameritan los mejores acontecimientos de la vida. Esperamos pacientemente por ese beso que creemos que nunca llegará solo para descubrir que la espera ha sido dulce. Con paciencia, la que se sienta, esperamos el día del acto de grado después de haber pasado por una y otra evaluación más. Con paciencia, la que se sienta y toma café, esperamos incansables -o cansados- la construcción de ese futuro que no es más que un eterno presente disfrazado de pasado instantáneo.

En fin, la paciencia hoy me dijo que la esperara con calma. Calma me contó que ella lee y se mete en cuentos irrerales para que la realidad no la agote.

Así que sigo, en el laberinto con el conejo blanco y el gato Risón con un café en la mano y esperando que descubras que seguiré aquí aunque de a ratos encuentre otra distracción.

 

12

Jun

Caracas con-trastes y sin ellos

Caracas Estás ahí, descarada y hermosamente vestida. Rodeada de Ávila. El cielo infinito naranja y las guacamayas que llegan a mi ventana con la intensión de narrar el día a día de la ciudad.

Caracas, con trastes y sin ellos. Con lluvias y soles. Tu histérica, tu relajada. Tu, simplemente, Caracas.

Por el día, corren con desespero los caraqueños a su empleo. Por la noche, cansados buscan el refugio en una cerveza helada en algún bar.

En el subsuelo, un metro colapsado, lleno de gente, audífono regueton y algún extraño que lee. Lee para distraerse, lee para estudiar. Lee la ciudad.

En la superficie, tus calles colapsan, gritos, cornetas, semáforos surreales que indican falsos movimientos. Niños que van al colegio, obreros que con un cigarrillo en la mano se relajan pues comprenden que aquella jornada será larga. Por otro lado, la moto y el chamo que creció sin tener idea de que la calle no le pertenece, que las normas deben ser cumplidas.

Caracas insegura a toda hora, Caracas la que me regala fotos justo ahora. Rostros cansados, alegres. Caracas con gente, Caracas con cuentos. Caracas con y sin trastes.

Un instante que cambia a la velocidad de una luz, de un disparo o de un cielo anaranjado.

Caracas mi musa, su gente mi lápiz. Caracas hermosa, como te hemos descuidado. Caracas, mi bella. Caracas.

12

May

Humanicemos lo malo, banalicemos lo bueno

Caracas, Venezuela, años 90.

Vagos son los recuerdos que tengo de aquella novela “por estas calles”. Recuerdo que fue la primera vez que escuché y entendí que existía la voz en off (yo creía que siempre era Dios hablando), también recuerdo que fue la primera vez que escuché la palabra “excusado” en esas frases que habían al final de cada capítulo. Las imágenes reales y cercanas de la tragedia de las lluvias del 92 y por supuesto las frases típicas de Eudomar Santos.

Tengo un cuento interesante sobre esa novela. Un día, después de ver la novela con mis papás, montada en un carrito comencé a gritar “saqueo, saqueo”. La mirada de mi mamá me hizo entender que eso no estaba bien, pero aún así cuando me dijo algo yo grité: “Pero mamá, el presidente no sirve, es un incompetente, tenemos que tumbarlo”. Aquel día jamás lo olvidaré.

Sí, puede que haya sido rebelde desde siempre, de esas personas que está en contra del sistema, pero lo que mi papá me explicó ese mismo día fue: “Tranquila, solo son escenas de la novela, cuando seas grande lo entenderás”. Y lo hice.

Caracas, Venezuela, década del 2000.

Unos años después me encontraba analizando el daño que aquella novela le había hecho a la sociedad, uno de mis amigos no coincidía conmigo y sostenía que “la televisión y el cine no tienen influenciar en la sociedad, es tonto pensar que algo así puede influencia a la gente”. Unos días después me pregunté: Y si nos medios masivos no influencia a la sociedad, ¿Quién lo hace? Yo tengo mi respuesta y cada día puedo analizarlo más y más.

Caracas, Venezuela, segunda década del 2000.

Hoy comencé un taller de guión cinematográfico con Luis Bond y fue inevitable pasar por el cine venezolano, en mi cuaderno escribí: “El cine es reflejo de la sociedad y esta refuerza conductas a través del mismo”, “somos una sociedad de clichés representados en la pantalla y pantallas que reflejan realidad que tapamos con risas y groserías”. En la tarde recordé “El Propio” [Este es el nuevo periódico de El Nacional, creen que haciendo esta caricatura de los malandros aumentarán las ventas]. En mi opinión, El Propio y las películas venezolanas sobre “la realidad del barrio”, y tomando una frase del profesor, puede afirmar que no hacen más que “humanizar a los malandros, banalizar el bien”.

Es inevitable pensar cuánto daño le hacen ese tipo cosas a la realidad del país. Me hace pensar que la intelectualidad de muchos, sobre todo de los redactores de “El Propio” tiene un precio más barato que realidad nacional. Y, antes de que lloren porque “debemos respetar la libertad de expresión y cada quién hace con su periódico lo que quiere”, me gustaría que pensaran: ¿Está la gente de El Nacional ayudando a generar consciencia ciudadana? ¿Nos beneficia, como sociedad, que exista un periódico que resalte que es ser cool ser malandro? ¿Estamos tan mal socialmente que no distinguimos el bien del mal? En este último caso ¿Reconocemos que existe una banalización del mal tal que si tuviésemos la oportunidad de tener pistola la tendríamos?

Mi preocupación es la manera vacía en la que estamos abordando muchísimos de los problemas reales del país, la poca profundidad, las ganas de hacer de todo un chiste para ocultar la realidad y creernos el cuento de que todo está bien. Estamos atomizándonos cada día más al punto de llegar a la resignación y ese, señores, es el peor mal que puede tener una sociedad en un año electoral tan importante como el nuestro.

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