Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

4

Nov

#NiUnaMenos o la primera vez que muchas chilenas marcharon

#NiUnaMenosMariana y Javiera jamás habían sentido la necesidad de marchar hasta que el movimiento #NiUnaMenos convocó, en más de 10 ciudades de América Latina, una marcha para rechazar el machismo y la violencia contra las mujeres. Todo esto a raíz del asesinato de la argentina Lucía Pérez. 

Lucía tenía 16 años la noche que salió con dos “amigos”. Fueron a la casa de ellos. La violaron y empalaron. Según la Real Academia Española, empalar significa “atravesar a una persona o animal con un palo, introduciéndoselo por el ano”. Eso le hicieron a Lucía. La mataron. Antes de llevarla a un hospital le lavaron el cuerpo, le cambiaron la ropa, como si las marcas del cuerpo fuesen tan fáciles de quitar como las de café. Según la página Cosecha Roja, a Lucía la entregaron en la sala sanitaria en Playa Serena, también dicen que ahí, que los asesinos dijeron que se había desmayado por una sobredosis.

Cristian Soto tenía 30 años el día que le puso una bolsa en la cabeza a Florencia Aguirre. Hasta que no dejó de moverse, no se la quitó. Luego la quemó y dejó su cuerpo enterrado en su casa. Florencia tenía 9 años. Y esto pasó en Coyhaique, Chile.

El 3 de junio de 2015 nació en Argentina el movimiento #NiUnaMenos. Ochenta ciudades de ese país manifestaron en contra del machismo. Luego lo hicieron el 3 de junio de 2016. 138 días después lo hicieron de nuevo. Esta vez no solo en la Argentina, sino también en Guatemala, México, Chile, El Salvador, Bolivia, Ecuador y otros países que se sumaron a gritar Ni Una Menos.

Ese mismo 3 de junio de 2015, en Chile también marcharon, pero pocas. Sin mucha convocatoria. Más de 20 mujeres entrevistadas en esta nueva marcha no sabía que ya habían salido a protestar en Santiago, mucho menos en otros lugares del país.

Mariana y Javiera fueron por convicción. La primera está harta de que se sorprendan cuando dice que sabe de tecnología. La segunda tiene dos niñas pequeñas y le aterra imaginar que la situación siga como está, su esposo quería ir, pero hay luchas que corresponden a la madre.

*****

En Santiago de Chile son las 19:43 horas y la gente se baja una estación de metro antes de Baquedano, el lugar de convocatoria. Se bajan dos paradas de autobús antes, porque ya  no hay paso. La cantidad de mujeres, hombres, niños, jóvenes, viejos, nacionales y extranjeros, hace que los autos y buses se sumen a la manifestación. Todos caminan. La mayoría acelera el paso. Una muchacha va con su bicicleta y en ella tiene un cartel que dice “Ni una menos”.

Un par de señoras, de pelo blanco y arrugas, de ropa vieja, zapatos con medias gruesas conversan. No saben por qué se marcha, creen que es por el Día del Cáncer de Mama. Porque es, en efecto, el Día de la Lucha Contra el Cáncer de Mama. Piensan que, tal vez, sea por el aborto “esas muchachas de hoy tienen mucha libertad”.

IMG_0018La frase “esto ha cambiado, en mis tiempos era peor” es una constante. No importa a quién le preguntes, todas las abuelas y abuelos dirán lo mismo. “Antes mi papá me castigaba porque yo era la provocadora”, dice una señora mientras carga a su nieto. Tiene tres años y le dice a una muchacha que se le acerca que, en verdad, ella fue por él, para que él crezca y sea criado de manera diferente, respetando a las mujeres.

*****

En Chile, en 2012 el 31,5% de las mujeres declaró ser víctima de la violencia. Para Leonardo (28), esto tiene que ver con el micromachismo. Ese que no se ve y que ataca sin que lo notemos. “A nosotros nos enseñan que decir ‘niñita’ es un insulto, nos enseñan que los hombres no lloran porque eso sólo lo hacen las mujeres, que eso es debilidad”.

*****

La marcha del 19 de octubre fue convocada a través de Facebook, Twitter, Instagram y otras redes sociales. No hubo ruedas de prensa, ni comunicados de organizaciones. Tampoco hubo entrevistas sin descanso. Hubo más de 30 mil mujeres indignadas. Gritando consignas como “este pueblo está cansado de la violencia del patriarcado”.

Quienes llegan tarde no saben si ya arrancó, a quién seguir o a cual tambor escuchar. La multitud aprieta, pero también libera. Los 15 grados de temperatura de Santiago no evitan que algunas mujeres se muestren en sostenes con la etiqueta #NiUnaMenos en la espalda. Tampoco detiene a quienes bailan al ritmo de una música, cualquiera que sea.

Cada cuadra una mujer se detiene, camina lento, graba con la cámara, toma una foto. Nueve mujeres vestidas de negro bailan. Son guiadas por una morena alta, de rulos, delgada, su rostro contagia la sorpresiva alegría de conseguirse, delante de tanto escándalo, a muchas mujeres en las mismas: protestando. El ritmo es de tambores, esa mezcla de África con el Caribe que intenta darle calor al sur. Adelante, 10 mujeres y 4 hombres visten ropas andinas, el ritmo ahora es de flautas, distinto al anterior pero igual de acelerado. Una cuadra al frente, los tambores de samba guían a otra agrupación mientras que, por la derecha, pasan 15 mujeres con velas encendidas. Todas, de alguna manera, celebran la vida y reclaman que a la violencia no se gana con más violencia.

*****

El 30 de junio de este año, al finalizar el Seminario sobre Género y Constitución organizado por ONU Mujeres yMinisterio de la Mujer y Equidad de Género, se emitió un comunicado que dice que “el sueldo de una mujer es en promedio un tercio más bajo que el de un hombre”. El palacio de gobierno, donde preside una mujer, tiene la etiqueta del evento proyectado #NiUnaMenos. Pero algunas se detienen a gritar consignas como “¿Dónde está? ¡No se ve, el feminismo de Bachelet!”.Laura Solórzano - Santiago, Chile.

*****

En Chile, las manifestaciones suelen ser violentas, de día, de estudiantes. Por primera vez en la historia del último país de América del Sur en aprobar el divorcio, las mujeres reclaman sus derechos. Existe una ley de femicidios, existen campañas contra el machismo, pero no hay una verdadera convicción. Tres cuadras antes del palacio La Moneda se desvía la marcha, durante todo el recorrido anterior (más de 10 cuadras) la manifestación había ocupado dos canales de la Alameda. Ahora solo puede ocupar uno. Un piquete de policías cierra el paso. Al frente hay nueve mujeres, maquilladas, con equipos antimotín. Esperado que alguien se salga de control.

Al llegar a la estación Los Héroes, justo donde hay un monumento a las mujeres desaparecidas en la dictadura de Pinochet, el calor aumenta. Más consignas, más desnudos, más alcohol. Más hombres, menos mujeres. Aunque aún las mujeres son mayoría. Desde un megáfono, un mujer delgada con camisa negra y jean, cabello largo y rubio, comienza a leer un manifiesto que poco se entiende. No se identifica, pero se escuchan algunas palabras. Son las 22 horas y aún hay gente caminando por la Alameda en dirección al “final de la marcha”.

Un muchacho, una cuadra antes de llegar al Palacio La Moneda abre una bolsa de basura y le prende candela. A las 22:14 horas, una periodista quedará encerrada en un bar porque el olor a gas lacrimógeno las asfixia. A las 22:30 horas ya serán varios denunciando en Twitter que no solo en Santiago, sino en otros lugares del país, hay unos pequeños grupos de violentos acabando con el pacifismo de la manifestación. Hombres, con capuchas, iniciaron barricadas, quemaron basura y hubo represión.

Al día siguiente, en una oficina oficina cualquiera, donde hay 11 mujeres, al menos 6 confiesan haber sido víctima de acoso callejero. A una la persiguió un tipo hasta su oficina y le metió la mano debajo de la falta, otra fue “nalgueda” por un ciclista (situación aparentemente normal), otra vio a un señor mastubándose y a otra la persiguieron hasta su casa. La reflexión de una de ellas deja en silencio a las demás: si bien es necesario tener centros de rehabilitación para las víctimas de la violencia, también es cierto que quienes más necesitan eso son los hombres. Y ahí, como si nada, al final de una jornada una de las víctimas llega a una conclusión que, aparentemente, nadie ha pensado.

La violencia se sigue manifestando de manera peligrosa.