Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

29

Jan

Cuentos sin nombre I.

Domingo. 11:34 am. Mercado de Los Palos Grandes.

El queso criollo, ese blanco en todas sus presentaciones, lo venden los señores que están en el quinto puesto del lado izquierdo si se sube desde la Francisco de Miranda. Siempre tienen cola. La gente que generalmente compra ahí prueba el queso antes, quienes lo venden, muy cordialmente, dan a probar. El queso blanco duro, guayanés, de trenza, telita, todos ayudan a meditar y cuestionar la falta de importación de queso venezolano. Un poco más adelante, justo a mitad de los puestos en esa calle, más cerca del Wendy’s que de la Francisco, está el puestico de las cachapas. Ahí también hay cola. Una cola que se disfruta porque el olor del maíz cocinándose en la plancha alborota la salivación. En ese puesto también venden queso, pero de ese lado no hay cola. El pote de “arroz chino” con queso telita adentro salta a la mirada. El chamo que atiende el puesto está picando queso trenza. Una arepa con esos quesos puede ser el mejor resuelve del día.

– Buenos días, ¿Cómo estás? ¿Cuánto cuesta el telita?

– 75, flaca.

– ¿Y el trenza? – dice un señor que acompaña a la joven que hace la primera pregunta-.

– 50, mi don.

– ¿A CUÁNTO EL TELITA? – Grita una señora que al parecer, por sus gestos, está apurada.

– 75 -contesta el joven con algo de seriedad.

– Me das uno telita y uno trenza, porfa. – dice la muchacha.

– Yo pongo el telita -dice el señor.

– ¿Y quién pone el aguacate? – Pregunta el muchacho.

Se ríen.

Acto seguido, como si aquellos minutos de amabilidad, como si el orden de llegada no importase, la señora que parece apurada enseña un billete de 50, uno de 20 y uno de 5, pasa la mano por encima del hombro de la muchacha y grita que quiere uno telita.

– ¿Te vas a llevar solo eso, flaca? – Dice el muchacho, un gesto de amabilidad para que la señora entienda que, en efecto, existe un orden de llegada.

Ella, la señora que parece apurada, decide ignorar la situación y vuelve a gritar. La flaca hace un gesto amable y el muchacho guarda en una bolsa el queso de la señora. Agarra el dinero y lo guarda en la gaveta. El señor decide mirar a la flaca para que esta no pelee con nadie. El muchacho guarda el queso, recibe el dinero, da el vuelto y contesta: ¡Que tengan lindo día!.

La señora que parece apurada seguirá su camino de atropellos quejándose de la situación del país. El muchacho seguirá con su sonrisa diciendo que, solo cierta gente, está amargada. El diálogo y la amabilidad deberán ser recuperadas, pero para eso aún no se crean superhéroes de fantasía. El trabajo diario y conciente de cada venezolana hará posible la comprensión.