Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

27

Aug

Chau, Chau Uruguay

10354240_10154489163230497_1933614823171576121_nEran las 8:35 am cuando abrí los ojos. Tenía mensajes de uno de mis jefes, de mi noséquésomos, y un par de mails. La alarma de la agenda decía “hoy tienes que ir a migraciones”. Hacía frío, el día estaba gris, tenía ganas de tele-transportarme a Morrocoy, pero tenía que pararme. No me lavé el cabello, me bañé rápido y salí. Audífonos, bufanda, dos suéteres, abrigo, una camisa, dos pares de medias y el libro que Leila me había regalado el lunes.

Leila Macor es una genia periodista que vive en Uruguay desde hace años, el lunes fui a verla y a despedirme de ella. A decirle, entre cafés que yo estaba harta del gris, del frío, de la no-inspiración, de todo. Le dije también que me había sentido estafada y víctima de una publicidad engañosa. Ella se disculpó porque era parte de las que le hacía publicidad al paisito. Entre charla y charla, me regaló uno de sus libros, el que me falta que no se consigue en Venezuela.

Lamentablemente estamos bien” es una serie de artículos de Leila donde expone la uruguayidad. Capaz que venderlo en Caracas no sea buena opción.

El punto es que, a las 9 y algomás de la mañana agarré el 121 a Ciudad Vieja. En el trayecto comencé a leer y soltar carcajadas por encontrarme en cada una de las páginas que pasaba. Me bajé unas muchas cuadras antes, cosa que siempre me pasa porque soy la reina del despiste. La calle estaba fría, gris, como no me gusta. Dejé de quejarme mentalmente y comencé a disfrutar lo que, en una semana, no iba a poder hacer: Caminar sin miedo.

Caminé y caminé buscando Misiones 1513, la dirección de migraciones donde tenía que ir a pedir una tarjeta de salida. Mi despiste también pasa por olvidar que tengo que pedir permiso para permanecer en ciertos países (básicamente todos los países del mundo, menos el mío). Mientras miraba los edificios, repasaba cautelosamente cada minuto desde mi llegada, repasaba las cosas que metería en la lista de los “noserepite” y en la lista de los “debíhacerlomásveces”. En un cruce me detuve y dije en voz alta: No somos compatibles.

Montevideo, un domingo caluroso por la tarde, mientras iba en carro (auto para los uruguayos) por la rambla, se me presentó sexy, dispuesta a ofrecerme cosas que Caracas –mi ciudad que tanto me pega- no lo hacía. Quiso seducirme en medio de risas repentinas y abrazos poco caribeños. Por un momento sentí que podía decirle a Caracas: Mi amor, vamos a separarnos. Pero la verdad es que hoy, en medio de la 18 de julio caminando entre gente molesta por el frío, entendí que esta no es la ciudad para mí.

Llegué a migraciones a eso de las 11 y poquito, fueron amables conmigo, el trámite fue rápido. Novecientos cincuenta pesos después, yo tenía una carta que decía: Todo bien con ella, se puede regresar. Me dio un sustico porque la ida se hizo real. Ahí estaba yo, poniéndome de nuevo a Simón Díaz en los oídos, sonriendo y pensando: Pasará mucho antes de que pise estas calles.

A las 3 y casi cuatro, terminé de leerme “Lamentablemente estamos bien”, y tengo un café en la mesa, un caloventilador pegándome en las piernas, una lista de tareas pendientes y un sabor de reconciliación con Montevideo, la ciudad con la que me peleé hace un par de semanas.

Chau, chau Montevideo. Gracias por todo.