Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

26

Jun

El día que vi fútbol con Andrés

Siempre quise que la Vinotinto fuese al mundial. Casi, casi lo logramos pero la selección uruguaya hizo lo que siempre hace, vino de atrás, sufrió y aquel día en el Cachamay nos ganaron. Hicieron un buen partido, nosotros nos desarticulamos en el primer gol, los “hinchas” de la selección dejaron de gritar y de apoyar. La gente, según se leía en las redes sociales, apagaba la TV. Yo sufrí ese día, lloré y escribí “la camiseta duele”. En Venezuela, casi siempre veía los partidos con Andrés, mi mejor amigo. En Uruguay, un día, vi un partido con Andrés, un gran amigo uruguay.


Tal vez sea el clima, el humor o algo más, pero cuando veía los partidos tensos con el Andrés venezolano siempre todo terminaba en risas; mi justificación siempre es la misma: Es el Caribe lo que nos hace ser así. Hoy, ese Andrés vive en República Dominicana donde no saben ni siquiera dónde queda Ghana, donde el fútbol no es religión. Yo vivo en Uruguay, donde el fútbol se respira, donde se llora y cada minuto cuenta.
Creo, igual que mi mejor amigo, en las cábalas. Una vez le tiré la camisa blanca de la Vinotinto en un charco de aceite. ESA era la camisa de la suerte, la lavé y lo notó. Salí corriendo a comprarle otra camisa, ¿Es irracional eso? Sí, pero necesitábamos que él tuviese la camisa blanca para que pudiésemos ganar o empatar y seguir en la carrera por el mundial. Ese día empatamos.
Los dos primeros partidos de Uruguay los vi con amigas no fanáticas, que les importa el partido pero que lo ven como eso: un partido de fútbol. Yo me estresaba más que ellas. El partido más importante, contra Italia, lo vi con el Andrés uruguayo. Ese día comprendí lo que era, realmente, ser fanático del fútbol, que la camiseta te duela en el alma con cada jugada. Ese día comprendí que para los uruguayos no se trata de un juego de fútbol, tampoco de dinero, se trata de un sentimiento, una pasión. La celeste es el país, son los 3.5 millones adentro y los otros que están regados por el mundo.
Una hora antes del partido Andrés cambió, se puso tenso. Yo sabía lo que significaba esto para él, en el partido contra Costa Rica se molestó tanto que se durmió por horas. Contra Inglaterra se emocionó y agitó tanto, que también durmió. El estrés emocional agota más que el físico. Terminamos de trabajar y nos sentamos a ver el partido. Yo casi no me moví, tenía miedo de que cualquier movimiento interfiriera con el cosmos y generara un gol de Italia. La mística en el fútbol es tan importante como en béisbol.
Andrés no se sienta cuando ve el fútbol. Grita, se agita, dirige. Esto que él hace, lo hacen también por lo menos 3 de los 3.5 millones de uruguayos que viven aún en el país. La comida está ahí, puesta para que todos comamos, solo comí yo; sin moverme mucho, sin hablar. El tiempo pasa rápido porque este partido es súper importante. En cada error del árbitro grita. Nunca he visto a alguien tan estresado con un juego. Por un momento pensé qué haría si Uruguay perdía, ese día quedaría eliminado del mundial; yo también creo en las cábalas, así que capaz iba a tener que dejar de ver a Andrés por dos días, hasta que se le pasara. Sí, es irracional, pero eso es pasión por el fútbol.
Cuando vimos la falta de Suárez, estábamos casi seguros que lo expulsarían. El árbitro no hizo nada. El partido continuó. Uruguay anotó gol. El papá de Andrés me abrazó, su mamá también. Él gritaba de emoción como si el balón hubiese estado en sus pies segundos antes. Es imposible no contagiarse, hasta sentí ganas de llorar. Me conmueve ver la pasión. Los siguientes 5 minutos se hicieron eternos, sin contar que el árbitro dio casi dos minutos más a los cinco minutos que ya había dado antes.