Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

1

Sep

La vida de aeropuerto.

La verdad es que cuando pensé en esta sección, pensé en escribir sobre cómo era mi vida en Uruguay. Sin embargo, todo cambia y ni modo, esta sección también. Capaz que poco a poco voy subiendo pequeñas historias y anécdotas sobre lo que viví en el país charrúa.

Pero por ahora, ¿Por qué los aeropuertos no son más cómodos para la gente que tiene que hacer tránsito por más de cuatro horas? ¡Sobretodo en madrugada! Me bajé del avión que me traía de Montevideo y me monté en un autobusito. De ahí me bajé a un pasillo muy, muy estrecho que solo tenía dos cabinas para chequeo de documentos. Por ahí pasábamos todos los “pasajeros en tránsito”.

Casi cuarenta minutos después pasé:

–          Hola, ¿Cómo está?

–          Hola, ¿De dónde viene?

–          Montevideo.

–          ¿A dónde va?

–          Caracas.

–          Todo en orden. Pase.

Y así, en un segundo, respiras porque no eres terrorista, porque nadie te persigue. Ese es un momento horrible donde si los nervios te traicionan, terminarás en el cuartico odioso donde te revisan aquellos lugares que apenas conoces de tu cuerpo.

Siguiente estación del juego del aeropuerto: La máquina del escaner.

Los controles de seguridad aumentaron un poco en todos los aeropuertos esta semana por varias amenazas terroristas, ¡Sí, incluso en América Latina! Así que también te hacen las mismas preguntas que te hizo el tipo anterior como si en los dos pasos que diste olvidaste la respuesta y te equivocas y ¡Zas! Al cuartico.

Lo bueno es que no son tan estrictos como los gringos ¡No tuve que quitarme las botas! Eso se llama felicidad, en mi pueblo. Me quito el abrigo, el morral, la almohadita, la computadora (que la llevo en la mano porque igual me hacen sacarla de la maleta), la maleta (que en este viaje descubrí que no es tan pequeña como debería serlo), lo pongo todo en la mesa para que lo vean a través de rayos X y también me catean. Masseratti siempre está conmigo, así que todo bien.

En fin, los aeropuertos están llenos de historias cliché, de gente fantástica y de gente como yo, que pasa la madrugada por segunda vez en un aeropuerto, pero esta vez más preparada que la anterior. Por ahora, procederé a quitarme las botas y ponerme pantuflas, ¡Sí! Porque me duelen los pies.

Nos hablamos al regreso a Caracas.