Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

3

Apr

De mis debilidades, y de mis vicios también

Seis años bloggeando. Varias historias de cama. Muchos cuentos de camino. Cambios inevitables, de ropa, de piel y de vicios. Momentos, canciones, palabras y olvidos. Momentos.

Nunca me he sentado a hablar de ellos y ellas, mi vicios y mis debilidades. Hombres, ron, café, Masseratti, Caracas, política, poesía, buena vibra. Todos ellos han pasado por mi vida, por mi blog, por mis palabras.

Intensidades histéricas para pelear contra el sistema.

Palabras en cuentos que pintan verdades que yo conozco, que me gustan, que exploro. Experimentar con palabras, disfrutar con leerlas.

(Historias entre paréntesis que le dan sentido a las letras, aunque después las destruyan)

Son ellos, y ellas, las que me dan suficiente musa como para escribir bajo el mismo efecto del alcohol, el sueño o cualquier droga que duerma tus sentidos. Esa sensación de acabar sobre el papel o la computadora, de no recordar qué era lo que había escrito. Cerrar el documento y abrirlo tres días después. Descubrir que la mejor terapia está en sacar las cosas del estómago.

La música, de Masseratti. La tinta en mi cuerpo, la que hace que ellos sean los mejores exponentes de esta suerte de ser yo conmigo y yo con ella, Caracas.

 Las ganas eternas de estar en otro lugar. No sentirme bien cuando me toca olvidar.

El día que comienza, las nubes que quitan el azul. La montaña que te adorna. La intensidad que pasa, los momento que te llenan de banalidad.

De mis debilidades, y de mis vicios también, tengo mucho para decir. Pero por ahora, sólo quiero, con ellos volver a reír.

2

Apr

Caracas, entre sombras

Pensarte, sentirte, imaginarte.

(D)escribirte.

Sentir que tu y yo, somos lo mismo.

Siempre. Presentes.

Un ser absolutamente indefinido por una necesidad de encontrarle sentido a lo vivido.

Caracas entre sombras, contrastes, verdes, azules.

Caracas de calma en su cielo.

Caracas que grita: cambia de escenario.

Ciudad. Gente. Caos. Paz.

Tú, toda yo. Yo, toda tu. Nosotras.

Caracas, hermosa, pronto nos tocará hablar.

1

Apr

Cuaderno de notas

Siempre hay, en la vida de las personas, momentos, películas, canciones que hacen que tu vida (o una parte de ella) comience a ser identificada como un antes/después. Ver “Lugares comunes”, peli que tenía pendientes desde hace ya varios meses, significó para ese ese antes/después del que les hablo.

Acá les comparto el primer monólogo de la película. Les recomiendo verlo desde el min 2.30 hasta el 4.30. Dos minutos de puras verdades sobre ese llamado arte de “escribir”.

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31

Mar

Si el fin del mundo llegara mañana

Era solo cuestión de segundos para que Marielisa hiciera nuevamente una pregunta necia. Era de esas personas que no habían superado la infancia y la preguntadera. Muchas veces buscaba la respuesta en su celular, casi siempre después de haberla hecho en voz alta y encontrar miradas que le indicaban que a nadie le importaba su duda. Era curiosa por naturaleza. Hubiese podido ser una buena periodista, de esas que sí investigan.

Aquella noche, Marielisa se llenó de preguntas, pero no encontró la respuesta en su celular. Sino en el celular de él. Tenían ya tiempo saliendo. La colocación del plural en los verbos, los planes a futuro, las agarraderas de mano y la “informadora”, siempre habían nacido de él, jamás de ella. Cosa que le extrañaba, reaccionaba de manera positiva, pero en su cabeza siempre se preguntaba si todo aquello estaba ocurriendo, realmente. En el pasado, Marielisa había sufrido por crearse falsas ilusiones, solo que esta vez, era diferente. Ella no se estaba inventando el cuento, él lo estaba escribiendo con ella.

Unas horas antes de salir de casa, Marielisa lo notó bastante extraño, sudoroso, nervioso. Ya tenía días con una actitud extraña, pero ella estaba convencida de que era “el trabajo”, o por lo menos eso se decía para no torturarse con pensamientos sinsentido en las noches.

Un nombre de mujer, una sonrisa sospechosa, una extraña despedida. Esa fue la última vez que se vieron. No, no murió. Tampoco se mudó de país. Él tenía otra, y con el mayor de los descaros salió sin despedirse. La cortesía que tanto había tenido en los primeros meses se había acabado.

Marielisa solo se preguntaba más cosas: ¿Qué hice? ¿Cuándo dejé de ser yo para ser un ogro espantahombres? ¿Será que llamo a Aurora? ¡Constanza tenía razón cuando me decía “ese hombre no me convence”! ¿ Será la gripe rara esa que está en el mundo? ¿Será que la otra es mejor en la cama? ¿Qué le costaba des.pe.dir.se? ¿Será que me ve como una loca asesina y pensó que si me contaba lo mataría? ¿Cuándo comenzó a odiar mi ropa? ¿En qué momento dejaron de gustarle mis mensajes, mis fotos? ¿Será que le escribo? ¡Soy una estresada! ¿Y si en verdad no tiene plata? ¿Por qué se perdió el partido de fútbol? ¿Cuándo comenzó a desencantarse de mis locuras? ¿Ya mi sonrisa no te parece hermosa? ¿Por qué le pusiste sonrisitas a ella en todos lados? ¿Cuándo el tatuaje de ella le gustó más que el mío? ¿Por qué cambió el rojo por los globos? ¿Será que es todo parte de un plan desestabilizador de la CIA o del gobierno? ¿O tal vez llegó su hermano gemelo maligno a arruinar la historia?

Entre tantas preguntas, también tenía conclusiones: Claro, lo volví loco. Seguro es que no le cayeron bien mis amigas. No, ya lo sé, es obvio el tipo las quiere a todas. Para todo tengo una conclusión pero sigo sin entender ¿Por qué se fue sin despedirse?

Así pasaron horas, y preguntas, y horas y más preguntas. Aquella noche, en la que la respuesta no estaba en su celular, sino en la de él Marielisa no logró pegar ni un solo ojo. Sabía que todo había terminado y lo que más le dolía era que no le había dicho en su cara la verdad. Era un tema de pura honestidad e indiferencia innecesaria que sirve para encontrar una auto-justiciación a la rompedera de confianzas con la que andan algunos por la vida.

Al fin y al cabo, bastaba con decirle a la Marielisa que no era tan buena en la cama, o que la otra tenía tatuajes más sexies, o que sencillamente él lo que quería era aventurarse en saltar de una cama a otra sin ninguna responsabilidad. O, lo menos probable, que se dio cuenta que se estaba enamorando de Marielisa y que todo aquello implicaba dejar de vivir cosas que había planeado en sus meses de soltería.

Para ella, Marielisa, todo radicaba en que habían sido lo suficientemente adultos como para hablar, y habían tenido la suficiente confianza como para contarse historias pasadas que nadie sabía. Ella seguía sin entender eso de la mentira. Además, se dedicó a recordar cómo la primera noche él ni la tocó, no intentó besarla, pero fue él quién la abrazó para darle calor porque ella tenía frío. Lo mismo había ocurrido la segunda noche, solo que Marielisa era de las que pensaba que era peligrosísimo ilusionarse con alguien sin saber cómo era en la cama. Así que seguía sin entender por qué no se despidió, por qué no había mandando ni un mensajito para decirle: Me fui con otra que es mejor. Ella, por lo menos, se quedaría tranquila.

Aquella noche, Marielisa agarró su computadora, preparó un café, y sentada en su cama, en pantaletas, solo concluyó tres cosas. El próximo, que tenga menos boyfriend material y tenga más writting material. Definitivamente el del problema es él y no yo, allá él con sus mujeres, sus camas y sus peos. Y si el fin del mundo llegara mañana, que me agarre con mi computadora, mi taza de café y en pantaletas.

30

Mar

Clementina 3.20 am

Para Clementina era fácil dormir, ella solo tenía que poner la cabeza en la almohada y Morfeo llegaba rápido para hacer el trabajo de ponerla a volar por sueños que la hicieran descansar. En las últimas semanas, hubo un cambio.

Parece que Morfeo perdió la dirección de su cuarto, entre llanos sin sentido, botellas de vino en la cocina y comida a medio preparar, Clementina no pudo dormir más en paz. Ella sabía lo que ocurría, y como escribir era lo único que hacía, un día, como siempre, a las 3:20 am, cuando se despertó, decidió escribir:

Comencé a fumar a los 18 o a los 20, no lo recuerdo. Sé cómo fue, estábamos en aquel cuarto en Bogotá, los días pasaban y la competencia no llegaba. Era una de las más gallas, pero al mismo tiempo de las que estaba dispuesta a vivir lo que fuese. Me había cansado, hacía un par de años atrás, a vivir bajo las absurdas reglas sociales creadas por alguien con poca creatividad.

Me gustaban el ron, los hombres y el rock. Tenía debilidades por las cosas prohibidas, por esas que se hacen para recordar que existen placeres culposos. Tenía pocas amigas, las mujeres me aburrían.

No me había enamorado, lo tenía prohibido por miedo a que me destrozaran el corazón. Desde que tengo uso de razón he ido por la vida destrozándolos yo. Sé que algún día se me devolverá, pero también sé que lo utilizaré para escribir mi próxima novela.

Y digo próxima novela, sabiendo que aún no tengo una, porque pronto seguro sale algún editor y me quiere publicar. Pero bueno, es primera vez que por lo menos comienzo a escribir algo con una calma increíble que parece hasta practicada.

Nunca hice teatro, aunque siempre quise hacerlo. Nunca tuve suficientes ovarios para renunciar a las cosas, más bien hacía como decía Cortázar en Rayuela “No renuncio a nada, hago lo todo lo que puedo para que las cosas renuncien a mí”. Sí, sé que es todo un asunto de “no superar la adolescencia”, pero hasta esto sé que lo viviré de vuelta en algún momento.

Una vez le dije a alguien: Es que un escritor, de esos buenos, debe tener una vida llena de libros, cigarros, café e historias. Y en vista que soy alérgica al cigarro, no me queda más que tener muchas historias. De esas que dañan, que son retorcidas, bueno esas que me dan material para escribir.

Creo que por ahora no me queda más que buscar más café, la noche es larga, otro día más de pararme a las 3:20, qué hora tan curiosa. Intentaré dormir sin imágenes en la cabeza.

Clementina, pasó días escribiendo, dormir ya no era un  oficio que ella pudiese hacer. Comer, era posible, tomar café hasta más no poder. Esa noche, Clementina escribió hasta que por fin termino, su primera novela de (des)amor.

29

Mar

Y Rayuela habla

– Vos -dijo Gregorovius, mirando el suelo- escondés el juego.

– ¿Por ejemplo?

– No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando.

– Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos.

– Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente.

29

Mar

Gastemos palabras, hablemos de Caracas

Ya no sé si valga la pena escribir otra vez sobre la inseguridad en Caracas, en Venezuela. Tampoco sé si sea útil volver a mirarnos el ombligo y creer que estamos ganándole al presidente sin siquiera tener una idea real del problema. Yo no la tengo, no sé cómo estamos como país, no tengo idea de cómo se hace un diagnóstico poblacional para analizar todas las consecuencias de 13 años bajo el mismo tipo. No lo sé. Solo sé que conozco mi realidad, y la de algunos de mis amigos y eso no sirve para compararla con el país.

Existe, en mi, esa necia necesidad de criticarlo todo, aún cuando estoy dentro. Siempre digo “para eso estudié”. Al final del día (y en contra de mi voluntad), Descartes parece hacer sido el que más caló en mi vida, siempre pensé que sería Hegel, pero en una ciudad como esta es mejor dudar de todo, menos de que existo, porque estoy dudando.

Podremos, de aquí al 07, seguir gastando palabras y no acciones. No lo sé, estoy haciendo mi parte, pero ¿La estás haciendo tu? ¿Cuántos chamines has llevado al registro? ¿Con cuántas personas te has sentado a hablar y explicarles que todo esto tiene solución si ponemos de nuestra parte? ¿Te revisaste en el CNE para ver si eres miembro de mesa?

Absurdamente creemos que “hacer” algo por el país es ponerte de primero en una marcha o salir a protestar a diario, pero no. Hacer algo por el país es tan sencillo como dejar de ver el piso como una papelera gigante, o tal vez no gritarle al otro, sino pensar que él, como tu, está cansado de esta hostil ciudad. Hacer algo, es cambiar tu y luego cambiar a los demás. Total, como dijo el Gandhi “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

28

Mar

Constanza y su carta pendiente

Pasaron meses para que Constanza se sentara a contestar la carta a Marcela. La tardanza se debía a la felicidad momentánea de Constanza, aunque sabía que duraría poco por aquello del Karma. Eso no había sido un problema sino hasta que se dio cuenta que no dormía pensando en que probablemente le harían lo mismo que ella ya le había hecho a Marcela, o algo peor.

La noche en la que Constanza descubrió toda la historia oculta detrás de su felicidad, descubriendo que el karma realmente existía, decidió que era momento de cerrar el capítulo con Marcela y contestarle aquella carta.

Estimada Marcela,

De este lado del mundo me encuentro bien, aunque para usted eso es sencillamente irrelevante. Sé que prefiere no saber de mi o que preferiría que jamás me hubiese cruzado en su vida. Pues fíjese, hoy yo pienso lo mismo.

He leído que todo va bien con su vida, no puedo decir lo mismo de la mía en este momento. Por lo menos no en materias del corazón ¡Vaya! qué cursi me ha quedado esa frase, una cosa que las dos tenemos muy poco. Estoy segura que hubiésemos podido ser buenas amigas, pero mis ganas de meterme en la vida ajena jodieron toda posibilidad de entablar una relación. Venga, que de cierta manera la única que ha perdido siempre, he sido yo.

Le escribo estas cortas líneas solo para contarle que ya otra se ha encargado de hacerme pagar el daño que le he hecho a usted en el pasado. Otra que, como yo, llegó de la nada y entre mensajes sospechoso se le metió en la cama. Otra que, como yo, no respetó, no pensó en esa otra y sencillamente lo sedujo. En su caso, el problema era él. En el mío, el problema, no lo sé. El punto es que, entre el suyo y el mío hay una gran diferencia. El suyo, se lo contó. El mío, me lo negó.

Verá usted, estimada Marcela, que he pagado bastante caro aquel show que se hizo en su momento. Definitivamente, tenemos que ir por la vida cuidando a quién le hacemos daño. A veces, es mejor no hacerlo. Vaya, bastó un buen coñazo para aprender la lección.

Ya siguen pasando los días, y creo que ya es momento de que nosotras estemos en paz. Yo hoy no lo estoy, aunque espero estarlo en el futuro. Vaya tranquila por la vida, que yo a usted no me le cruzaré nunca más en el camino. Desde su carta, no he intentado siquiera escribirles.

Les deseo sean felices, en realidad y de corazón.

Saludos,

Constanza.

Marcela sabía que esa sería una de las primeras maneras de comenzar a conseguir la paz en su vida. Odiaba las mentiras, pero también odiaba tener asuntos pendientes.

Encendió un cigarrillo, miró por la ventana y espero que vinieran a buscar la carta.

26

Mar

Maruja

Hace tiempo que no venían a Maruja tan feliz. Las sonrisas brotaban más de lo normal en su rostro. Sonrisas bonitas, de esas espontáneas, esas que te gritan ¡Estoy feliz!

Ella tenía una particular manera de ser feliz, no le contaba a la gente los motivos. Tenía un temor inmenso de que le dañaran las sonrisas. Así que ella era feliz en secreto, aunque se le notaba a distancia.

No estaba acostumbrada a ese tipo de felicidad, por eso tuvo tanto miedo cuando comenzó a pensar que era posible que su felicidad pronto terminara.

Un día, Maruja, dejó de sonreír. Ese mismo día no tomó más café, se sentó en el piso de su cuarto y escribió a quién le había regalado sonrisas una larga carta, porque ahora se las había robado.

“Estimado L.,

Escribo estás líneas para no atropellarlo cuando me lo encuentre en la calle. Todo esto en sentido figurativo, pues sabemos que la violencia y yo no somos amigas. Utilizaré estas palabras como ejercicio de desahogo ya que las lágrimas hace rato que perdieron la dirección de mis ojos. Esta será una práctica válida para quien, como yo, encuentra su vida entre las palabras.

Entérese, querido, que entró usted en mi vida a joderla. Perdóneme lo soez del vocabulario, pero no encuentro otra palabra en el diccionario que encaje tan bien como “joder”. Y es que ese fue su único y egoísta motivo para entrar en mi vida, parece que me lo cambiaron en el camino, probablemente algún virus en la matrix es causante de tal defecto. Me ha jodido usted la paz encontrada, la confianza recuperada y el deseo hayado. No sabía que se podía joder tanto, con solo una mentira.

Sepa usted que no le deseo mal, para nada. Le deseo el bien en su vida de “no-culpas”, que no es más que una egoísta autojustificación a esas ganas de tenerlas a todas, todo el tiempo, espectantes de su espectáculo. Conmigo no use usted caretas o clichés pseudointelectuales para ocultar la realidad, recuerde que antes de usted fui yo quien usó esa “no-culpa” para justificar acciones (y daños) en el pasado. No espero una (dis)culpa de su parte.

Existe, gracias a los Dioses del Olimpo, una gran diferencia entre usted y yo, y para eso también me sirven estas letras. Yo, con mi “no-culpa”, siempre estuve consciente del daño que podía hacer con mis acciones, nunca las oculté, siempre fui capaz de aceptarlas y decir la verdad, en el momento en el que me lo preguntaban. Siempre supe que esa sería la mejor manera de llevar la fiesta en paz con el número 2, 3 o 4.

Como diría un gran amigo mío “Este adiós no maquilla un hasta luego… Estos son los últimos versos que le escribo”.

Qué tenga usted un feliz lunes.

M.

Maruja se levantó del frío piso, ya con las manos dormidas de tanto aguantar el papel y el lápiz para escribir con una letra per-fec-ta-men-te legíble aquellas palabras que serían su liberación. Dobló cuidadosamente aquel pedazo de papel, selló el sobre con la lengua y bajó a pedir la portero que enviara, sin falta ese mismo día, esa carta al 3400 en Corrientes Capital.

Hace cuatro años que Maruja se despidió de L. por medio de una carta. Aún no está segura de que haya sido la mejor de las maneras, pero sabe que por lo menos ella tuvo la paz que necesitaba. Todavía espera, secretamente, respuesta de L., pero sabe que es mucho pedir. Ya no le cuesta levantarse todos los días en su Buenos Aires querido a leer y seguir escribiendo sobre esas historias cotidianas, que de rato, olvidamos que son lo más hermoso de la vida.

19

Mar

Carta de despedida

Buenos Aires, diciembre 2010

La situación sigue empeorando, siento que las cosas no marchan tal y como me las están diciendo. Simplemente lo siento así. Llegará el momento de despedirnos, sólo que no sé si estoy preparada para eso. Sé que no llegaré a tiempo, te irás antes.

No me escuchas cuando te hablo ¿Por qué? Es importante lo que tengo que decir ¡Escúchame!

Nunca me gustaron los finales, lo sabes. No fui buena para las despedidas, siempre te lo dije. Me gustan más las tramas, las bienvenidas. Ahora recuerdo, y pienso. Cuántas cosas aprendí de ti, jugar dominó –aunque a veces olvido contar-, tomar ron,  comer mango, montarme en una mata ¿Recuerdas esa última botella que nos tomamos juntos? ¿Recuerdas aquellas noches de baile en la casa de laplaya? ¿Y aquel carnaval en el que jugamos como dos niños sin que importara ensuciar la casa? Seguro aún no olvidas los atardeceres en la playa, en los Totumos, con los cepillados de Dionisio. Pensar que no fue sino hasta la universidad que supe qué significada aquel nombre.

Sé que no sirve de nada decírtelo, porque no me escuchas. Aún recuerdo los consejos, las miradas, los abrazos… Los te quiero.

¡Escúchame! No quiero que me dejes, espérame un poco más. Sólo un poco más. Ya sé que perdí mucho tiempo, que ya es la hora, que te tienes que ir. Pero no quiero que te vayas, sin poderme despedir. Un último beso, un último abrazo, un último cuento… Un último: Te quiero abuelo.

Cambiaré mi pasaje hoy, me iré a Caracas.

(Sonó el teléfono a las 6 de la mañana)

–         Laurita

–         Mamá

–         ¿Cómo sabía que era yo?

–         Sólo lo supe ¿Qué pasó?

–         Se fue el viejito.

Y el teléfono se colgó…

Abue, nunca me pude despedir.

Te quiero. Te extraño. Tu nieta

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