Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

7

Oct

Lo que aprendí de la muerte.

Año: 2014.

Situación: País en crisis.

Dato: Todos están armados.

Venezuela.

Cuando comencé a escribir esto me frené después del nombre del país. Ha sido un año lleno de sangre conocida, escandalosa, ruidosa. Sangre de muertes violentas que solo sirve, como dice Willy, para recordarnos que estamos vivos y que, al mismo tiempo, estamos muertos en esta realidad. No es uno específico que recuerde, son todos, incluso los que no conozco; los que no salen en medios. Justo esos.

En 2009 tuve una pistola en mi cabeza 3 veces, tres robos distintos. Violencia. Mi celular valía un arma apuntándome, amenazándome con cerrar toda posibilidad de cambio. Ya era escandaloso en ese momento, pero también ya era parte de nosotros. En 2006, me acuerdo, hicimos “acostados por la vida”, ¿Se acuerdan? No, claro que no. Es otro recuerdo borrado, como todo. Pero la cosa fue así: Av. Francisco de Miranda, cuerpos en el piso por 5 minutos haciendo un reclamo silencioso a las muertes que teníamos ya en esa época. Fue por los Faddoul que todo comenzó. Tal vez debimos quedarnos ahí, acostados, protestando hasta tener una respuesta efectiva.

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27

Sep

Los que se quedan

A las 3:47 pm estaba, como siempre, llegando al Olímpico. La señal del celular, como siempre, era mala; así que me tocaba valerme de mi habilidad de ver para conseguir a Luis, Miguel, Jorge o alguno de la barra. Habían pasado muchos meses y la mayoría sabía que me había ido10646936_10154604159700497_3300951965742817702_n y que había regresado. Tenía demasiadas ganas de brincar en las gradas, escuchar las canciones nuevas, ver jugar al Rojo, recordar por qué me enamora.

Fue sabroso llegar a mi “lugar seguro” y reconocer tantos rostros de gente hermosa. Aunque la conversación siempre giraba en torno a los que se van y los que se quedan, los que ya no están porque ahora viven bajo un nuevo código de área, siempre están los que te llena de sonrisas.

«Chama, yo siempre supe que regresarías, eres de las que regresa. Yo, por ejemplo, soy de los que se queda. Puedo salir y chévere, pero esta es mi casa. Sí, estamos mal, pero yo trato de hacer mi parte. Estamos los que nos quedamos porque no nos da la gana regalar el país. Estoy seguro que el malandraje no durará para siempre». A eso respondí con una sonrisa y con un «yo no sé vivir en otra ciudad, capaz me voy el año que viene de nuevo, un tiempo, pero volveré. Alguien tiene que quedarse para recoger y limpiar».

Los últimos meses han sido rudos para todos. Uno de los chamos, por ejemplo, tuvo que dejar de estudiar porque después de “la salida” el trabajo de su papá disminuyó muchísimo y ahora la universidad está carísima. Todos han sido víctimas de la inseguridad, todos sufren porque los precios cada día son más absurdos, pero todos tienen algo en común: son de los que se quedan.

Creo que irse o quedarse es una decisión muy personal, jamás criticaré ni juzgaré a nadie por tomar esa decisión. Creo que uno debe estar donde debe estar y eso no lo decidimos nosotros, sino la circunstancia.

Ese mismo día vi algo hermoso, camisas de los ojos de Chávez y gorras del Comando Venezuela, juntos en la misma barra, unidos por un sentimiento: El Caracas Fútbol Club. Esos chamos conocen solo este sistema en el que hemos estado metidos por 15 años, pero esos chamos también entienden que ya es hora de convivir. Están cansados de las peleas radicales de ambos bandos, porque al final entienden que tienen más cosas en común.

Somos muchos los que regresamos, son más los que se quedan. Yo solo quiero pedirle, a todos –hasta a los que se van- es que no maltraten más al país, al otro. Que tengamos, todos, la suficiente capacidad de ponernos en los zapatos del otro, de sentir por el otro. Nuestro país necesita más empatía, y eso depende solo de nosotros.

El primer paso para creer que Venezuela puede ser mejor, es creerse que es posible. Yo estoy convencida de que es posible.

6

Sep

El 121 de Montevideo

Para ir a Ciudad Vieja desde Pocitos, te tomas el 121 en Av. Brasil, el 116 en Benito Blanco o el 60 en Rivera. En todos los casos, el viaje no dura más de treinta minutos si no te cruzas con hora pico (rush hour). Si esto te pasa, entonces probablemente tardes cuarenta minutos o tal vez cuarenta y cinco. Eso sucede desde hace unos años porque el parque automotor ha crecido en Montevideo.

El conductor del autobús no suele estar acostumbrado a que lo saluden. Si lo haces, se extraña. Lo más probable es que no te salude, no lo tomes personal. Los conductores siempre están apurados por cubrir la ruta en el “tiempo asignado”, así que en el momento que note que el último pasajero esperando para subir despegue el pie del piso, este arrancará a toda marcha. Es por eso que debes estar bien agarrado, sino terminarás siendo disparado al otro lado del pasillo.

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4

Sep

Caracas, mi musa.

Sonrío mientras te miro, te huelo, te siento, te rozo. Estás casi igual que hace seis meses, pero con un caos distinto y los pelos más alborotados que nunca. Te movieron.

Estás hermosa, más que nunca, como siempre. Mi caos, mi Caracas… Mi eterna ella.

Te extrañé como quién extraña al amor de su vida. Como quién siente que la vida se le va en cada respiro. Te buscaba con desespero en esos momentos en los que una risa tonta hubiese sido la salvación. No te encontré. Estabas lejos, a miles de kilómetros de distancia.

Estábamos separadas y los abrazos invisibles eran un sueño casi imposible, el olor del café, la mira da de El Ávila. Tu infinito cielo azul.

El desorden que inspira creación. La desidia que indigna y promueve un cambio. El tiempo detenido y al mismo tiempo acelerado.

Las sonrisas tontas de quienes, en silencio, miran algo que ha llamado la atención. La vida que se va en cada paso lleno de miedos, la noche oscura y sola de tus calles sucias. Es ese “algo” que tienes que embruja. Un canto de sirenas al que acudimos a sabiendas de lo que nos puede ocurrir. Eres tú y nadie más, Caracas de mis amores.

Mi relación tóxica. Mi motivo de risas a gritos y llantos desconsolados. Mi dolor y mi alegría, mi Caracas compartida.

Te extrañé, Caracas.

27

Aug

Chau, Chau Uruguay

10354240_10154489163230497_1933614823171576121_nEran las 8:35 am cuando abrí los ojos. Tenía mensajes de uno de mis jefes, de mi noséquésomos, y un par de mails. La alarma de la agenda decía “hoy tienes que ir a migraciones”. Hacía frío, el día estaba gris, tenía ganas de tele-transportarme a Morrocoy, pero tenía que pararme. No me lavé el cabello, me bañé rápido y salí. Audífonos, bufanda, dos suéteres, abrigo, una camisa, dos pares de medias y el libro que Leila me había regalado el lunes.

Leila Macor es una genia periodista que vive en Uruguay desde hace años, el lunes fui a verla y a despedirme de ella. A decirle, entre cafés que yo estaba harta del gris, del frío, de la no-inspiración, de todo. Le dije también que me había sentido estafada y víctima de una publicidad engañosa. Ella se disculpó porque era parte de las que le hacía publicidad al paisito. Entre charla y charla, me regaló uno de sus libros, el que me falta que no se consigue en Venezuela.

Lamentablemente estamos bien” es una serie de artículos de Leila donde expone la uruguayidad. Capaz que venderlo en Caracas no sea buena opción.

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23

Aug

Sofía.

No te conozco, pero estoy segura que eres hermosa. Tienes un nombre hermoso y debes tener una mirada tierna, inocente. Naciste en un lindo país, en un momento pésimo. No tienes la culpa, tampoco tus papás. Nunca te vi, no sé si lo haré. De hecho, tu nombre lo supe mucho después de saber el nombre del fármaco que necesitabas, dónde y cómo lo vendían y si se podía conseguir en Uruguay sin récipe.

Sofía, sabiduría; eso significa tu nombre, sé que algún día lo sabrás. Debes ser chiquita, tierna, calentita. Aun no lo sabes, pero algún día te contarán que te enfermaste. Tuviste hipertensión pulmonar en una Venezuela carente de medicinas, tus papás y sus amigos pusieron en Twitter que necesitabas una, iloprost. Muchos decidimos tomar la iniciativa, que iba desde colocar un tuit hasta recorrer farmacias y consultar a médicos, solo para poder salvarte. Casi ninguno de nosotros te conoce.

Tampoco conozco a tus papás. No sé qué hacen, dónde viven, nunca escuché de ellos. No sé sus nombres. Sé que ellos, como miles de padres en Venezuela, se sintieron desesperados ante la imposibilidad de conseguir una medicina que necesitabas para vivir. Tus papás te aman, y un montón de gente que no te conoce, se preocupa por ti, Sofía.

No te quiero prometer un mejor futuro, sé que somos muchos los que seguimos peleando porque lo tengas. No te quiero decir, tampoco, que el futuro es oscuro y que cada vez estará todo peor. Sé que lo vamos a lograr, Sofía. Sé que tendrás un mejor futuro.

Tú no me conoces, y probablemente nunca lo hagas. Yo a ti tampoco, pero hoy te quise escribir, Sofía.

 

(Sofía es una bebé recién nacida que necesitaba una medicina en ampollas para que le hicieran un examen o neubulizaran. Me hicieron una mención en Twitter y luego me enteré que un amigo conoce al papá. Hoy estuve buscando la manera de conseguirle la ampolla en Montevideo o Uruguay en general, hasta que me avisaron que ya la habían conseguido. Es la historia de muchos, pero esta vez con un nombre).

18

Aug

Regreso a Caracas

En dos semanas y aproximadamente cinco horas me monto en un avión de vuelta a Caracas. Sí, ya sé que tienen muchas cosas que advertirme, o como me dijo mi amigo Guille “idealizo demasiado a Caracas” y estoy loca por estar feliz de volver. Han sido cinco, casi seis meses, de terremotos emocionales entre el “me quedo” y el bendito “me regreso”, meses de cuestionarme cada decisión, cada paso. De pelear con CADIVI, de contar cada moneda. También de aprender, de conocer gente increíble, de llevarme golpes duros, de levantarme de nuevo y volver a comenzar, porque el juego solo se acaba cuando dejas de respirar. Han sido buenos meses.

En dos semanas piso Caracas de nuevo. Una hermosa ciudad más golpeada, más cara, más violenta, con más odio, pero también con gente haciendo cosas increíbles porque el tablero que les tocó es ese y no lo pueden cambiar por otro, así que decidieron cambiarlo desde adentro. Yo regreso, tal vez por pocos meses, pero regreso a jugar en el tablero de esos que día a día se despiertan pensando cómo cambiar algo para que el país mejore, esos que no temen a los barrios y al trabajo social, esos que sacrifican fines de semana de playa por algo que es más grande que ellos y su deseo de juventud.

Me regreso a Caracas con ganas locas de comer en los chinos, de subir al Ávila, de escuchar a mi gente. De sentir un poco de caos, ese que a veces se nos va de las manos. De sentir el calor del venezolano, el sonido de la música, el color de los paisajes. Me regreso un poco en contra de la voluntad de mi mamá, así como cuando me monté en el avión para Montevideo, lo hice en contra de la mía. Me regreso para luchar, como siempre, aunque sea por pocos meses porque probablemente el universo tenga otro plan para mí. Y sé que es así.

Regreso convencida de que tenemos la mejor gente del mundo, que a pesar de nuestro sentido del humor somos increíblemente humanos, que el “al mal tiempo, buena cara” no es una forma de tapar los problemas, sino una actitud de vida que nos hace ser únicos. Que tenemos el mejor ron y que el potencial de nuestra gente está ahí, sé que pronto todo cambiará y que estaremos mejor. Sé que todos haremos lo posible por tener un país de primera. Sé que lo vamos a lograr.

Así que, en dos semanas y un poco más de cinco horas, me monto en un avioncito y comienza ese sustico de nuevo.

Que te roben todo, pero nunca la esperanza. Si la desesperanza gana, ganan ellos.

5

Aug

La banalización de la política a través de las redes sociales

Hace más de seis años que estoy en las redes sociales y, desde el momento, comencé a ver cuál era el comportamiento de la gente y los políticos frente a distintas situaciones. Desde el último año para acá, el auge de las redes sociales ha ido incrementando y los políticos han debido enfocarse mucho más en qué dicen, cómo lo dicen y cuándo a través de todas sus redes sociales.

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31

Jul

Recuerdos del himno nacional.

Era un poco más de la 1 am cuando nos montamos de vuelta en el carro. Afuera la temperatura era de 4 grados, veníamos de una peña llena de canciones tradicionales uruguayas. Mi cabeza comenzó a recordar nuestras canciones, esas que cuando estás fuera suenan más bonito. No recuerdo bien por qué comenzó toda la historia, pero mi amigo cantaba el himno de Paraguay, donde vivió muchos años. Me hicieron una petición sencilla: Cántanos tu himno.

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