Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

4

Feb

Cuentos de metro y política

Vivo en Caracas, Venezuela. Hablo de Caracas porque hablo de lo que vivo. Viajo y vivo alrededor de la pobreza. Cuestiono la realidad. Pienso que, si en Caracas hay pobreza, en el resto del país debe haber más. Uso metro, autobuses y camino. Vivo en el Oeste. Tengo amigos en muchos lugares de la ciudad. De muchos lugares de la ciudad. Me gusta tener amigos.

En el metro puedes ver muchas realidades, además, por estaciones siempre podrás concluir qué encontrar más o menos arriba basándote, aunque suene clasista, en la gente que se monta. Es la realidad y eso no se puede negar.

Una muchacha de,aproximadamente,  21 años, se monta en el vagón a las 7:30 am, lleva consigo tres muchachos y un marido, todos le pesan. La niña, que debe tener un año y medio, está descalza. El niño de cinco años, tiene el rostro sucio, antes estuvo llorando. El otro, con una edad intermedia, tiene la camisa sucia, no tiene suéter y hace frío. El marido ve el celular, hay algo más importante ahí. Los cinco están sentados en tres asientos del metro. Es hora pico y hay retraso. Ellos son consecuencia de un sistema que, desde hace más de veinte años, no funciona. Nadie vela por ellos, no importan más allá del número. El número positivo en la estadística política, en la misión, en la pensión. Números, como todos, números.

Una señora que aparenta 80, pero seguro tiene 63, intenta sentarse. Los asientos azules, destinados para las personas de la tercera edad, están ocupados. Todos tiene mucha edad en el alma, que se refleja en las arrugas; menos edad en la cédula, pero esa ya no importa. Está cansada, se le nota, apenas son las 8:00 am. Nadie le da el puesto, tendrá que aguantarse. Los zapatos están desgastados, el vestido parece heredado. Ella es una pensión, un voto que pronto dejará de votar. Probablemente no escuche o lea poco, lo básico. Nadie vela por ella. Ni siquiera el que un asiento le puede dar.

Un señor y su hijo entran a las 9:13 am. El niño se queja por la hora. El papá, mientras mira el celular –un iPhone 5- le dice que deje el fastidio, lo dice de manera grosera. El niño sabe que llegará tarde a clase. La actitud de su papá le hace contestarle cualquier cosa que solo el padre, cargado de manera negativa, entiende y le responde con un lepe. Pegarle a los niños y no comprenderlos, también es una forma de violencia en contra de la sociedad. Nadie vela por ellos, el padre no vela por él, luego no entenderá qué pasó.

En mi país, como en muchos países, reina la desigualdad. Pero, ya va, la desigualdad no social, la desigualdad de niveles. Los que están arriba y gobiernan, ignoran a los que están abajo y sufren de las malas políticas. Los que están en medio, giran en torno a su cola como un perrito persiguiéndose, no son capaces de mirar arriba o abajo, de tender la mano para ayudar a los de abajo, o jalar a los de arriba. Cuando un país tiene buenos gobernantes, se vale olvidarse un poco de la política, pero cuando estos son malos, olvidarse sale caro.

La política, y esto debe quedar claro, define el día a día de todos los países. Ningún país desarrollado, lo es porque sus ciudadanos se auto-gestionaron. No. Pasa, aunque lo quieran negar, porque los honestos toman las riendas y no se dejan contaminar, porque entienden que en el juego se tiene que ir con calma, con inteligencia, con astucia y con sinceridad.

Los de arriba: la muchacha, la señora y el señor, ignoran esto. No los culpo, no se puede estar pendiente de estas “banalidades” cuando se tiene hambre o cuando no se está feliz y es ahí, justo en ese momento, en el que esta responsabilidad cae en los hombros de quienes sí pueden hacerlo.

Venezuela necesita… Necesita tantas cosas que mejor lo escribo en otro texto.