Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

7

Oct

Lo que aprendí de la muerte.

Año: 2014.

Situación: País en crisis.

Dato: Todos están armados.

Venezuela.

Cuando comencé a escribir esto me frené después del nombre del país. Ha sido un año lleno de sangre conocida, escandalosa, ruidosa. Sangre de muertes violentas que solo sirve, como dice Willy, para recordarnos que estamos vivos y que, al mismo tiempo, estamos muertos en esta realidad. No es uno específico que recuerde, son todos, incluso los que no conozco; los que no salen en medios. Justo esos.

En 2009 tuve una pistola en mi cabeza 3 veces, tres robos distintos. Violencia. Mi celular valía un arma apuntándome, amenazándome con cerrar toda posibilidad de cambio. Ya era escandaloso en ese momento, pero también ya era parte de nosotros. En 2006, me acuerdo, hicimos “acostados por la vida”, ¿Se acuerdan? No, claro que no. Es otro recuerdo borrado, como todo. Pero la cosa fue así: Av. Francisco de Miranda, cuerpos en el piso por 5 minutos haciendo un reclamo silencioso a las muertes que teníamos ya en esa época. Fue por los Faddoul que todo comenzó. Tal vez debimos quedarnos ahí, acostados, protestando hasta tener una respuesta efectiva.

2013, el número 25mil me parece ruidosísimo. Un grito de desesperación, de un país en una guerra silenciosa donde cada día hay más gente armada. Un escándalo que en cualquier momento dejará de ser controlado en paredes de corcho. Hoy, en Quinta Crespo, casi se sale de control. Casi.

Gritos. Empujones. Insultos, y la palabra “venganza” como parte del vocabulario de quienes nos gobiernan. “Rechazamos la violencia” es lo que dice la oposición, pero para el gobierno “no es suficiente”. La contradicción nos gobierna.

Miedo de palabras malinterpretadas, de triangulaciones macabras. Miedo de pensar, de sentir, de gritar, de reclamar. Mucho más miedo de exigir.

La verdad es que no aprendí mucho de la muerte, solo una cosa sé: Debes tener cuidado porque el juego en la ruleta rusa no lo controla nadie.

Cambio. Esperanza. Ganas. Eso es lo que nos mueve. Y nos seguirá moviendo, porque esto no es justo y porque, mientras haya ganas, seguiremos. Siempre, seguiremos…