Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

15

Jan

Todos víctimas. Todos cómplices.

Una cadena de farmacias es atacada sin control, a través de una red social, por la sencilla razón de buscar una manera efectiva de garantizar los productos a sus clientes. Cientos de personas afirman que nunca más comprarán en ese lugar porque se arrodillaron al “régimen”. Un supermercado grande es víctima de ataques cuando uno de sus empleados no supo manejar una situación con un fotógrafo que quiso hacer fotos, pero que nunca pidió autorización (al final del día, es un lugar privado con un servicio público, pero privado al fin). Miles de personas atacan al gobernador de un estado porque pronuncia la frase “hablar con nuestros hermanos chavistas que fueron defraudados”. Otras tantas atacan a un diputado que despide a un compañero de “trabajo” después de una muerte muy violenta. Otros miles atacan a la esposa de un preso político por no tener la capacidad de dar en el clavo con el “discurso”, aunque si consiguiera ese martillo… También sería atacada. Todos víctimas. Todos cómplices.

La historia no comenzó hace quince años, tampoco hace dos. Comenzó hace mucho, cuando todos decidieron que estaban por encima de todos por ser venezolanos y tener petróleo. Un día, en medio del “’tá barato, dame dos” nos acostamos a dormir con una borrachera y aún no superamos la resaca. Juzgar sin pruebas, tomar la batuta de la moralidad absurda, la superioridad por encima de todo. Los puristas que jamás han dicho una mala palabra. Todos víctimas. Todos cómplices.

Sin darnos cuenta, caímos todos en el juego… Hasta “ellos”, los que gobiernan, mejor: los que lo intentan. Un sistema macabro de odios sin sentido, de comentarios a la ligera. Todos usamos la palabra “fascistas” como si fuese “casa”, todos decidimos odiar a alguien, sin conocerlo. Todos estamos siendo víctimas. Y también cómplices.

La señora que hace cola para la leche, es criticada y enviada al paredón. Pasa lo mismo con el que no hace cola, con el que protesta y con el que no, con el que se queda y con el que se va. Nadie se pone en los pies de nadie, y peor aún: Pocos le reclaman de forma acertada al verdadero responsable. La prepotencia de una frase como “el lado correcto de la historia” o la barbaridad de creerle a un “profeta” y seguirlo, o poner salsa para “protestar”, son parte de ese macabro sistema donde todos somos víctimas, y también todos somos cómplices.

¿Dónde quedaron las ganas de hacer una política diferente? ¿A dónde se fue eso de “incluir al otro”?  Todos creen tener la razón, todos quieren imponer su posición. Olvidamos el diálogo, peor aún: Lo condenamos. No olvidamos lo que debemos, perdonamos lo que no.

Mientras todos somos víctimas y todos somos cómplices, unos pocos se ríen y se divierten… O tal vez se angustian porque tampoco saben dónde está el foco, la solución. Porque hasta el queso pa’ la tostada, escasea.

En Venezuela, todos somos víctima, pero también todos somos cómplices.