Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

24

Mar

Estar molesto

Cuando estás molesto todo suena más fuerte. No importan con cuanto cuidado cierres la puerta, siempre parecerá que la tiraste como forma de desahogo. La cartera cuyo broche no suena, hará todo lo posible por hacer un estruendo. El chicle se percibe desde la entrada del apartamento porque ese silencio de la molestia, de la rabia, potencia hasta el paso de las hormigas.

Pero también pasa que, cuando se está molesto, puede haber un gran silencio en la ciudad. Ninguna de las personas implicadas en la molestia habla y es como si aquel espacio urbano entendiera que es mejor no decir nada, no respirar fuerte, no pensar siquiera.

Además, el simple hecho estar molesto hace que, de a ratos, no te provoque ni hablar; o hablar demasiado. Siempre dependerá, como todo, desde el lado del río que veas la piedra.

Estar molesto siempre nubla la vista, debe ser parte de ese silencio auto-impuesto. Ese que genera que la cabeza se llene de pensamientos que no puedes sacar porque algo –que no sabes qué coño es- te impide sacarlos.

Cuando yo estoy molesta intento no hacer ruido y grito. Intento que nada suene, pero es imposible. Intento no golpearme con nada, pero la malcriadez del cuerpo puede más que la supuesta serenidad de la mente.

En fin, estar molesto está bien, hacer silencio también.