Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

17

Nov

Carta a los optimistas venezolanos

Hace años viajé a Cuba. He intentado escribir en vano sobre aquel viaje porque me duele, no por el pueblo cubano, sino por este. Tengo la necia manía de querer vivir lo que se defiende o se rechaza. Yo necesitaba ver La Habana, meterme en callejones, hablar con la gente, saber que el régimen cubano estaba mal, pero saberlo por mi experiencia. Manipular y ser manipulado es fácil, la única manera de evitarlo es atreviéndose a cuestionarlo todo y a vivir la historia.

En Cuba la gente es increíblemente simpática, es el Caribe. Beben ron, bailan salsa, caminan y se ríen de todo, siempre hay un chiste. También hay el cubano que quiere hacer plata a cuesta de engañar al turista, no lo juzgo; en más de 60 años no han visto otra cosa. En el malecón intentaron venderme un peso cubano con la cara del Ché en 5 dólares. El taxista, cuentapropista, nos cobró muy caro por llevarnos unas calles adelante. El cubano es vivo, se aprovecha, se ríe, joden. El cubano se parece tanto, pero tanto al venezolano. Por lo menos el cubano de La Habana, ese se parece al venezolano de Caracas.

Los cubanos jóvenes son víctima de las creencias de sus abuelos, una generación que creyó en las propuestas de un líder que venía a salvarlos, porque al final del día ellos querían ser salvados sin esfuerzo o sacrificio, querían un superhéroe que presionara un botón para arreglarlo todo. Fidel entendió eso. Los hijos de esos abuelos creyeron que alguien más los salvaría, los gringos, los europeos, alguien. Tenían la esperanza de que todo mejoraría, porque al final del día, el cubano es optimista, no se preocupa mucho por nada. Ahí tienen todo, la playa, el ron, la salsa. Todo lo demás es efímero porque la vida pasa y se acaba. Las sociedades se constituyen según su manera de concebir la vida. Para los cubanos la vida es la suya, la individual, no la de los demás. Cuando su vida se acabe, se acabó la de los demás. La trascendencia no es importante, porque igual todo cambia.

Venezuela es un país del Caribe. De toda América del Sur somos los mas caribeños. Tenemos cerveza en lugar de ron, pero la salsa sí la tenemos. Somos histéricos, esa fue la conclusión a la que llegaron unos amigos uruguayos en un programa de radio y concuerdo con ellos. En 2002 muchas cosas se dañaron, comenzó la histeria de una oposición que sin tener mucho conocimiento o análisis histórico se adelantó a lo que pasa hoy. Todo lo hicieron al revés. Sí, advertían lo que pasaría, pero la forma nunca fue la correcta. Muchos ignoraban la realidad de un país en crisis moral y social. Decían que ya estábamos en Cuba por el día y en la noche gastaban millones en una rumba. Para mi la coherencia es fundamental, sobre todo si se habla de política.

Aquí se hicieron las cosas mal y me da rabia que aún muchos no lo reconozcan, todavía hay mucho optimista allá afuera. El sol del caribe les llena la cabeza de falso optimismo, de no preocupación, de risita estúpida, de relajo. Hoy hay quienes están tratando de hacer las cosas bien, Capriles no es un santo, pero yo tampoco soy una santa… Pero para mi Capriles, hasta ahora, ha sido coherente en sus acciones y eso a mi me gusta.  Tenemos el líder que en Cuba no tuvieron. Fidel mató a quienes le podían hacer oposición, Camilo y el Ché fueron los primeros, o por lo menos esos creo. Aquí no está tan fácil. El venezolano es echador de broma, es vivo, es divertido, es “relajado”. Es que para el venezolano la vida dura solo un ratico y nadie entiende por qué hemos de estresarnos pensando en el mañana.

Maduro hace un poco más de una semana dio a entender que la manera de solucionar la inflación era decretando que así fuera. Los comerciantes tuvieron que bajar los precios, muchos ya dijeron que no abrirán más su negocio, muchas santamarías están abajo y así se quedarán. La Venezuela “tecnológica” que conocemos se acabará en enero. La Venezuela llena de marcas y ropa de moda, carros último modelo quedará en el pasado. La empresa privada terminará de quebrar en unos meses, eso creo, eso veo. La inversión se irá. Nadie quiere montar un negocio para que otro te lo quiebre. La Habana se instaló en Caracas.

En enero ese venezolano “común” que tiene un iPhone 5 sin saldo, que se viste de marca, que no lee ni media hoja de un libro sabrá qué se siente vivir más cerca de La Habana cuando se entere que ya hay un nuevo celular, pero que a Venezuela no llegará. Ese mismo que se endeuda para comprarse una pinta, que no se estresa porque la vida es un ratico, sentirá lo que se siente caminar por calles desiertas, sentirá lo que es quedarse sin trabajo porque el gobierno no se dará abasto. En enero, también, ese venezolano que gritaba desde hace años que estamos en una gran crisis económica, pero que luego gastaba millones en un restaurante, entenderá que ahora sí estamos mal. La crisis real aún no ha llegado. La historia de Pedrito y el Lobo se cumple, pero aún falta.

Los venezolanos, igual que los cubanos, son optimistas, chéveres, echadores de broma, siempre tienen un chiste… Pero ese chiste no es más que la máscara que se ponen para ocultar la falta de amor propio. Ese ego gigantesco que tienen ambos, los cubanos y los venezolanos, de creer que son los mejores del mundo, no es más que una manera de gritarle al mundo que necesitan cariño. No hay identidad propia, ni tampoco la habrá. No hay cariño propio, y tampoco lo habrá.

A los optimistas que creen que todavía se puede vivir normal en un país anormal solo les quiero decir que el gobierno y la política definen la vida de los ciudadanos, que la primera tarea es cambiar el sistema, que encerrarse en una burbuja los aisla un ratico de la realidad, pero no la cambia. Venezuela necesita más realismo y menos optimismo.

Todavía me duele escribir sobre mi viaje a Cuba, los cubanos son divinos, simpatiquísimos, amables. Los venezolanos también. Tal vez tengamos muchos más parecidos de los que creemos. Entre viveza y viveza siempre habrá alguien con exceso de optimismo que los engañe, es fácil engañar a quién no tiene criterio o pensamiento propio y no se tienen ninguno de esos cuando se vive a diario, cuando el “como vaya viniendo, vamos viendo” es la filosofía de vida.

Queda, entonces, la opción de aceptar que así somos y convivir con eso, trabajar en función a eso y no a función de otro ser. Creo que el problema es que siempre se trabaja pensando que la idiosincrasia se cambia por decreto.  Bastará reconocernos como somos para poder cambiar, pero mientras tengamos optimistas en exceso, aquella labor será complicada.