Laura Solórzano

Escribir es estructurar la vida

19

Mar

El 12 de febrero me dolió el himno nacional.

El 12 de febrero yo no quería marchar. No estaba de acuerdo y así lo había escrito. Un noséqué en la barriga me decía que algo pasaría, pero tal vez era exageración mía. Veía Twitter, hablaba con mis amigos que marchaban. Dos días antes me había peleado con unos amigos de Voluntad Popular por la marcha. Pero la curiosidad pudo más, las ganas de estar, de vivirlo, de verlo con mis propios ojos. Me paré de la silla en la oficina, agarré un mototaxi y me fui a Plaza Venezuela. Me encontré a Willy, marchamos juntos, conocí a Emi. El destino une puntos, la clave es leerlos a tiempo.

Cuando llegamos al Ministerio Público, había mucha tensión. Los discursos fueron fuertes, incendiarios. Los chamos se subían a los árboles. Veía a mis amigos de lejos. No me gustan las multitudes, me dan miedo, me generan ansiedad, por eso casi no marcho, ni voy a conciertos, ni a discotecas. No me gustan. No puedo evitarlo. Hablé con Héctor, le dije que no me esperar. Hablé con Andrés, le dije que no lo esperaría. Hablé con Miguel, no recuerdo si le dije que iría.

En el momento que Willy y Emi decidieron que era hora de irnos, sonaba el himno nacional. Unas lágrimas me corrieron por el rostro, ahorita las puedo sentir, calientes, en medio del calor. Yo tenía la camisa del Caracas o la de la Vinotinto, no recuerdo. Son camisas neutrales. El himno me dolió ese día. Caminamos, vimos el metro cerrado, eso siempre lo hacen. Agarramos un taxi. Mi celular volvió a tener señal. Héctor me escribió: Lau, aquí va a haber peo. Yo me reí, le dije que acababa de salir, que todo estaba bien, que se fuera a su casa.

En el taxi abrí Twitter. Vi Valencia, Táchira, Mérida. Había candela en todos lados, heridos, represión. “Lau, todo está más tenso” eso o algo parecido me dijo Héctor, le pedí que me contara. Me contó. Llegué a mi oficina. No le dije a mi hermano que estaba marchando. Comí. Abrí Twitter. Un muerto. Me escribió Héctor: un muerto, un muerto, mataron a un chamo. Le escribí a Andrés para que supiese que me había ido. Le escribí a Miguel para saber dónde estaba. Yo no me creía lo del muerto. Se lo escribí. Lo volví a confirmar.

Otro muerto. Un colectivo. Me tenía que ir. No sabía cómo. Cerré todo. Caminé. El metro estaba colapsado. Salí. Volví a entrar al metro. Volví a salir. Agarré moto. Qué carajo. “Autopista pana, hay peos en el centro”. Digo groserías, pero ese no es el punto. Llegué a mi casa. Todo normal. A mi mamá la habían robado. Me llamó Héctor: Metieron preso a Ángel. Le escribí a Ana para que me diera en número de un abogado. Llamé a Gonzalo. Le escribí a Miguel lo que pasaba. Tuité sobre mi mamá. Le dije a una periodista que no podía ponerlo en una nota. Llamé a cuatro abogados. Le escribí a Melanio por Twitter. Me dio su número. Hablamos. Pedí nombres, muchos nombres por Twitter. Los anoté en mi cuaderno.

Detuvieron a Jesús. Me escribió Moisés. Lo tuitié. Miguel fue. Lo llamé.

No recuerdo haber dormido esa noche. Ni la noche siguiente, ni la siguiente. No recuerdo en qué momento comenzó esta locura. No recuerdo por qué usé ese cuaderno y no otro. Por qué llamé a un abogado y no a otro. No entiendo por qué estaba preso Ángel y no el que robó a mi mamá. Fueron dos cosas, mías, que me tocaron. Mi mamá. Mi amigo. Mi país.

Ahora solo recuerdo que el himno, cantado por la gente, ese día me dolió.